septiembre 2003
portada
Ronda, Ciudad de Cetrería
Carlos Parejo, Geógrafo

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En
el itinerario habitual de los viajeros románticos por Andalucía
figuraban sus grandes ciudades históricas (Córdoba, Sevilla, Cádiz, Málaga,
Granada,...) y, junto a ellas, Ronda. ¿ Qué atraía al viajero romántico
a esta pequeña ciudad, tan difícilmente accesible en otros tiempos? Ronda era para los viajeros románticos un lugar insólito, y desplazarse hasta ella constituía una experiencia aventurera que servía para descubrir algunos de los elementos “atávicos” de la cultura del Sur de Europa, que ya habían desaparecido en sus países de origen. Por el camino se corría el riesgo de encontrarse con bandoleros y contrabandistas, que vivían salvajemente en el campo, al margen de la ley. En la ciudad se podía disfrutar, casi como en ninguna otra, de la épica más castiza del toreo. Su coso taurino, todo en piedra, es de los más antiguos, señeros y originales de España. Un gran número de libros ha tratado estos clásicos temas “rondeños”; incluso, el turista que hoy llega a la ciudad puede visitar la espléndidamente conservada plaza de toros, antaño tan famosa, o el museo del bandolero, donde se recogen los recuerdos de su época floreciente. Hoy
día estas señas de identidad han quedado en el recuerdo o, al menos,
atenuadas en la vida cotidiana de sus habitantes. Sin embargo, Ronda sigue
siendo una ciudad con una atracción “singular”, que hace que miles
de turistas españoles y del resto del Mundo la visiten anualmente. ¿Cuáles
son las claves de la permanencia de su potente imán para el viajero? En
estas líneas intentaremos desentrañar algunas de ellas, quizás no
todas. En
primer lugar, la ciudad de Ronda siempre ha llamado desde lejos la
atención del viajero por su emplazamiento encumbrado e inaccesible. Durante
la dominación árabe, Ronda era una ciudad inexpugnable, merced a una
bien desarrollada línea de murallas y torres defensivas, que la
rodeaban por doquier. Los geógrafos y viajeros de la época la describían
así: “Egregia
y encumbrada ciudad a la que las nubes sirven de turbante, y de
talabarte sus torreones”. Abu-l-Fida. Geógrafo árabe. Siglo XIV. “Ciudad
inaccesible, pues sus almenas se avecindaban con los astros, mientras
que a sus pies descendían los manantiales de impetuoso curso, cuyo
estruendo semejaba tempestades y truenos que, a modo de serpientes ceñían
los costados del castillo...” Ibn Jaquan. Geógrafo árabe. Siglo XIV. Este
elogio de la “Ronda del aire” y “encumbrada” se repite con
posterioridad en muchos otros literatos y viajeros. Si bien, Ronda no
será nunca la misma. A
la ciudad cerrada, amurallada y bien pertrechada de la época árabe le
sucede una ciudad más abierta y hospitalaria, que se hará mercantil y
burguesa en los siglos XVI y XVII; romántica y aventurera en los siglos
XVIII y XIX; torera y rincón de exiliados o viajeros bohemios en la
primera mitad del siglo XX, y, en los últimos años, destino turístico
masivo de los visitantes de la Costa del Sol. El
escritor local Vicente Espinel será uno de los primeros en elogiar el
aspecto encumbrado de la ciudad. “Está
edificada en un risco tan alto que yo doy fe que, haciendo sol en la
ciudad, en la profundidad, que está dentro de ella misma, entre dos peñas
tajada, estaba lloviendo en unos molinos y batanes de donde subían
hombres mojados” Espinel, Vicente. Vida de Marcos de Obregón. 1694.
A
él le seguirán las descripciones de numerosos viajeros románticos
franceses y, sobre todo, ingleses, que aprovecharán su fácil acceso,
tras dos jornadas de viaje, desde la colonia de Gibraltar. “Más
parece un nido de águilas que una morada de seres humanos”. Calvert, Albert. F. Southern Spain. A & C. Black. London. 1908. “Ronda es una ciudad colgada del cielo sobre una montaña partida en dos por obra de los dioses” Starkie, Walter. Don Gitano. 1937. Diputación Provincial de Granada. 1985. A
principios del siglo veinte el escritor alemán Reiner Maria Rilke pasará
en Ronda varios meses de retiro espiritual, describiendo en su
“epistolario” esta original posición de la ciudad: “No hay cosa más inesperada en el mundo que esta ciudad española, montañosa y salvaje... usted debe imaginar un conjunto escarpado y tenaz soportando, por así decirlo, una ciudad muy blanca coronada de algunas iglesias rojizas de robusta fábrica”. “ esta ciudad encaramada sobre altozanos inaccesibles y reflejando, como nubes, todo lo que pasa en el aire... no sé qué unidad de tierra y cielo, como en un artesonado, en que todo parece hecho de la misma materia más o menos clara, más o menos ahondada, tallada y trabajada en mil trozos diferentes y elegidos con el gusto más osado y más seguro que se pueda imaginar” “Ronda
es... como un gigante hecho de rocas que soporta sobre sus espaldas una
pequeña ciudad, blanqueada y reblanqueada de cal, y que, con ella a
cuestas, avanza un paso sobre la otra orilla de un delgado riachuelo,
exactamente igual que San Cristóbal con el niño Jesús”. Rilke, Reiner M. Epistolario Ronda. 1912-1913 Imprenta Galindo. Ronda. 1993. El
escritor costumbrista Ricardo León situará aquí el escenario de su
novela “Alcalá de los Zegríes”, en la que figura esta panorámica
de Ronda: “(Ronda) descubre, alzando la frente desde el ancho valle, las adultas y encumbradas peñas, coronadas de torres y caseríos, y aquel gallardo puente que dibuja en el hueco de la sima el brioso arranque de sus arcos, y aquel brioso río que salta de roca en roca, y aquellos abismos bordeados de encinas y de robles, se adivina al punto en el semblante firme y aguileño de la ciudad, el alma de un pueblo brusco y fuerte, pagado de sus riscos y blasones. León, Ricardo. Alcalá de los Zegríes. A
mediados del siglo veinte el emplazamiento de Ronda se convierte en
“motivo poético” para varios autores: “En el centro aprieta Ronda su ciudadela exaltada organizando el silencio de una creación cerrada, blanca espuma sobre tierra violenta de murallas”. Ridruejo, Dionisio. Cancionero en Ronda. 1942-1943. Ediciones Clásicos Castalia. Madrid. 1993. “Tú,
la más desgarrada y suspendida; a
la orilla del aire; tú, del viento; tú
que quebrantas moles con aliento...” Salas
y Guitior, José. Los ojos deseados. El arroyo de los ángeles. Málaga.1953. “Ahí
está, en su circo montañoso, como un castillo de cuento, alto,
inexpugnable y hermoso... La ciudad se identifica con la montaña en
muchos momentos, a pesar de la precisa geometría de sus torres”. Souvirón,
José María. Málaga y la Costa del Sol. Editorial Noguer. Barcelona.
1964. El
Barrio o la Ciudad. Tras
la descripción preliminar de su emplazamiento y situación, observada
desde lejos, entremos por su lado sur; pasemos la antigua puerta mora de
Almocabar, y penetremos en la parte antigua de Ronda, a la que los rondeños
llaman “La Ciudad” o “El Barrio”. Conforme
nos acercamos desde cualquier lugar, resalta el original emplazamiento
de la ciudad primitiva, rodeada por los precipicios más inexpugnables
en que se asienta el conjunto de la urbe. Dos autores han dejado volar
la imaginación contemplando este sector de la ciudad desde afuera: “aquel puñado de casas blancas, trepando por las espaldas de la alcazaba en ruinas y tomando el sol en la amarilla calavera del gigante muerto. Y había algunas tan osadas que, empinándose un poco sobre los cimientos, miraban, con los ojos de sus puertas y ventanas, a los hondísimos tajos del peñón, recreando al oído la música del agua que en el abismo caía. Otras cabalgaban sobre las vértebras de la roca, semejantes a pajaritas de papel, y no faltaban otras, todavía más temerarias, colgadas materialmente como niños, y sostenidas en el aire por un milagro de Dios...” León, Ricardo. Alcalá de los Zegríes. “Enmarca su especial atractivo su inverosímil emplazamiento... Al abismo que por doquier la ciñe y estrecha, se asoman sus casas. Contempladas desde el Tajo parecen colgadas en el vacío en inquietante verticalidad. “Ronda del Aire”. Sobre las adustas peñas y agrestes riscos, siente la llamada de la profunda sima y tiende sus alas en vuelo eternizado en la piedra entre graznidos de grajos, zureos de palomas montaraces y la milenaria porfía del río que se debate entre el roquedal del fondo o se precipita en cascadas” Tornay Román, Francisco. Ronda. Situación, historia y monumentos.Comerc-5. Barcelona. 1978. Adentrémonos,
pues, en uno de los cascos históricos mejor conservados de Andalucía y
España. Su tejido urbano ha variado poco en lo esencial desde tiempos
moros a nuestros días. Alrededor de un millar de casas, y decenas de
palacios, conventos, capillas e iglesias, se disponen aquí y allá
sobre una trama urbana tan irregular e intrincada, que semeja las venas
del cuerpo humano. No
es, sin embargo, un casco histórico eminentemente monumental. En él,
junto a las grandes edificaciones palaciegas y religiosas, encontramos
multitud de casas de traza árabe, que llaman poderosamente la atención
por su uniformidad. Son todas ellas viviendas de bajo tamaño,
de entre una y tres plantas. Ningún cataclismo especulativo ha
alterado en los dos últimos siglos su aparente homogeneidad. Se
encuentra a salvo de esas intrusiones de edificaciones altas que rompen
su perspectiva, tan frecuentes en otras ciudades andaluzas y españolas.
Y
no es sólo su apariencia externa; muchas viviendas conservan la
organización primitiva o árabe de sus espacios internos, cuya
finalidad principal era preservar
la intimidad de sus habitantes. Las puertas de entrada se abren en
recodo a un zaguán o vestíbulo, que evita las miradas desde el
exterior. La vida se ordena en torno a los patios y jardines interiores,
donde son habituales las fuentes, y en los que sus moradores disfrutan
privadamente del aire y la iluminación exterior. Por ello, las viviendas
tienen escasos vanos a la calle (además de la puerta de entrada, algún
ventanal alto en su larga y amplia fachada); el resto de las fachadas
pertenecen al reino de la blancura que da el encalado. Las
fachadas encaladas proporcionan un amable resplandor a sus calles,
callejas y plazas, le otorgan una luz especial, tal como supieron ver
acertadamente el poeta Luis Cernuda y el viajero Luis Bello: “... la luz romántica de Cádiz... su encanto es el mismo de Ronda... Es una luz que no fulge desde arriba, sino que hiere de soslayo, tal un adiós sin fuerza ya... Vibra en Ronda el mismo aire pretérito que se halla en Cádiz” Cernuda, Luis. Divagación sobre la Andalucía romántica. Revista Cruz y Raya. Madrid. 1935. “Por
los cuatro lados se asoma a ella la historia en sus posturas más
apacibles y graciosas. Ningún monumento tiene cara severa ni amenaza
aplastarnos con su desmedida pesadumbre; al contrario, todos procuran
alinearse bajo la maravillosa luz de Ronda con sonriente amabilidad” Bello,
Luis. 1929. Viaje por las escuelas de Andalucía. Consejería de Educación
y Ciencia. Junta de Andalucía. Sevilla. 1998. ¿
Cómo ha sido posible la supervivencia, con tan pocos cambios, de la
ciudad árabe? Tras
la conquista de Ronda por las tropas cristianas se produjeron algunos
pequeños cambios que no alteraron en lo esencial la fisonomía de “La
Ciudad”. Se eliminaron algunos adarves o calles ciegas, y los
voladizos que hacían excesivamente lóbregas algunas calles y
perjudicaban su salubridad. Se abrieron nuevos vanos en algunas
fachadas. El único cambio significativo dignificó aún más la escena
urbana: Los
nuevos pobladores castellanos dotaron a “La Ciudad” de un aire “señorial”.
Dejó de estar habitadas por todos los grupos sociales; las casas
y palacios principales se repartieron entre los “capitanes
castellanos” que participaron en la conquista,
que se convierten también en los propietarios de las principales
tierras de los contornos. Estos, como símbolo de ostentación y poder,
dotan a las puertas de entrada a sus viviendas de portadas cada vez más
ricas y monumentales, donde se alude a los “blasones” de la clase
noble que las habita. Portadas de estilo renacentista, plateresco,
barroco o mudéjar, que se integran armónicamente en el paisaje urbano. A
diferencia de otros cascos históricos andaluces y españoles, durante
los siglos XIX y XX “La Ciudad” permanece casi inalterable. Este
fenómeno se explica, sobre todo, porque la “Ciudad” no tenía
espacios propios en donde seguir creciendo; los principales crecimientos
urbanos de Ronda se fueron produciendo en los sectores noroeste y este,
una vez que se abrió el “Puente Nuevo” a finales del siglo XVIII al
otro lado del “Tajo”. Así pues, el Monumento más alabado de Ronda,
su “Puente Nuevo”, es, en gran medida, el “mejor aliado” para
que su núcleo primitivo se haya conservado intacto hasta nuestros días. Al
otro lado del “Puente Nuevo” se alza el barrio del “Mercadillo”,
con una trama urbana en damero, más racionalista de acuerdo con los
principios de la “Ilustración” de los siglos XVIII y XIX. En él se
asentarán la burguesía comercial y los grupos más populares, mientras
que la “Ciudad” quedará para la Aristocracia. Su
historia reciente alternará luces y sombras. Por un lado, se irá
despoblando y algunos de sus edificios se abandonarán y quedarán en
ruinas. Sin embargo, también mejorara su calidad de vida. Las calles se
dotarán de empedrado, alcantarillado y alumbrado público (sus clásicas
farolas forjadas en hierro). El Consistorio cuidará de que se emprendan
obras de rehabilitación de numerosas viviendas y edificios, que no
desentonen con la imagen heredada. Algunas casas se reformarán con
nuevos estilos de marcado
carácter historicista o se pintarán con colores claros diferentes según
las plantas. Y así llegaremos a nuestros días, en que el Ayuntamiento
sigue apostando por mantener la vida social de esta parte de Ronda,
instalando nuevos usos acordes con su ambiente cuidado y noble (el
propio Ayuntamiento, museos, centros de enseñanza...) Si
la Edad Moderna incorporó los escudos y blasones a la estética de la
“Ciudad”, en los dos siglos siguientes adquieren gran profusión los
enrejados de hierro en los nuevos miradores, balcones y ventanas de que
se dotan las casas; para ello se aprovecha la tradición secular de
Ronda en la artesanía del forjado en hierro. La decoración de estas
rejerías es, en general, de gran austeridad y delicadeza, con motivos
clásicos en su mayor parte (volutas, roleos, etc.). El filósofo
Eugenio Dors y nuevamente el poeta Luis Cernuda alabaron estas rejas,
cuando visitaron Ronda allá por los años treinta: “Las casitas de estas calles de Ronda, con sus cierres en la planta baja, parece que crían barrigas. Otras tienen los cierres altos e inclinan la frente. De uno a otro lado de la calle diríase que se quieren acercar, para comunicarse una confidencia maliciosa, sobre el transeúnte que pasa” D´ors. Eugenio. Cuando ya esté tranquilo. Editorial Renacimiento. Madrid. 1935. “Extasiado ante la extraña reja de un balcón; toda cerrada y sin embargo abierta, porque no tiene cristales; de techo curvo, con una corona en el remate, como un historiado lecho principesco. Más que balcón parecía un tocador galante; pero donde las curvas pudieran sugerir ideas muelles, la materia, el hierro desnudo, hablaba de algo muy distinto. Era la imagen misma de Andalucía, lánguida y fuerte como un árabe voluptuoso”. Cernuda, Luis. Divagación sobre la Andalucía romántica. Revista Cruz y Raya. Madrid. 1935. “La
Ciudad” tiene, sin duda, un encanto “mágico”, ya que parece que
en ella se hubiera detenido el tiempo; es, quizás, la “Ronda
eterna”: “No queda el oro ni el moro, pero campea en la cal el renaciente decoro del portal. Mudéjares penitentes, en el laberinto oscuro, compran aires suficientes para la sombra del muro. Y manteniendo el empaque de la mansa soledad, aun con sus torres da jaque la ciudad. Valles, montañas, poblados le rinden toda ufanía, aunque enreje, silenciados, bastiones que ayer servía. ¡ Oh, perfume de arrayanes en clausura de cristianos ¡ ronda de los capitanes castellanos”. Ridruejo, Dionisio. Cancionero en Ronda. 1942-1943. Editorial Clásicos Castalia. Madrid. 1981. “(La Ciudad) recogida, íntima, hay en todas las casas, en las puertas, en los techos, en los rincones, cierto aire de vetustez, de inmovilidad. Hondos zaguanes que se abren sobre patios andaluces, rejas y balconadas labradas primorosamente en hierro forjado, casones enormes con aire de deshabitadas, portalones destartalados, calles solitarias que nadie cruza... Nostálgica, melancólica y silente, la invade una desolada tristeza. Todo está en profundo reposo. El tiempo parece haberse remansado en un sosiego secular” Tornay Román, Francisco. Ronda. Situación, historia y monumentos. Comerc-5. Barcelona. 1978. Para algunos viajeros de principios del siglo veinte, “El Barrio” los devolvía a la “Ronda musulmana”, tan similar a las ciudades del norte de Africa: “sus estrechas, tortuosas y empinadas callejuelas, sus casas de fachadas casi lisas, interrumpidas por muy pocas ventanas y, sobre todo, su carencia de alumbrado público que, sumiéndolas en vagas tinieblas, le da un parecido exacto con los actuales pueblos marroquíes”. Cascales
Muñoz. Excursiones por Andalucía. El Noticiero de Madrid.1921. La
abundancia de casas nobles, palacios, iglesias, capillas y conventos de
la “Ciudad” ha sido también interpretada como señal indiscutible
de la síntesis estética y espiritual de españolidad y andalucismo que
significa la arquitectura de Ronda: “Se
internó por las callejuelas altas de la Ciudad... había perdido el
albedrío, el color, el carácter de Ronda, podía más que su propósito
de ver las cosas como son. .. respiraba arte en cualquiera de sus
piedras y aún en su más humilde paredón encalado ¿ Cómo apreciar
con arreglo a la norma europea, por consiguiente extraña, la cultura
honda e indefinida de esta ciudad original? Bello, Luis. 1929. Viaje por las escuelas de Andalucía. Consejería de Educación y Ciencia. Junta de Andalucía. Sevilla. 1998. “Cada
casa es una evocación, cada ventana una muestra de gracia arquitectónica,
cada patio un breve paraíso de estirpe oriental, pero todo tan “españolizado”
que pocas ciudades hay tan andaluzas como ésta”. Souvirón,
José María. Málaga y la Costa del Sol. Editorial Noguer. Barcelona.
1964. Una de las cosas que permite ser español es la posibilidad de estar un día en un palacio... Y Ronda es una ciudad llena de palacios... La mole de un palacio con barbacana, la grandeza del sol oculto tras la pared, el remontar la mirada desde las nubes hasta los siglos de oro, inaccesibles, el bajarla hasta el abismo... ser español...” Carande, Bernardo Víctor. Viaje y estancia andaluza. Caja Rural Provincial de Sevilla. 1981.
“y Ronda, con las viejas ventanas de las posadas, los ojos que espían ocultos detrás de las celosías para que su amante bese los barrotes de hierro, y las tabernas de puertas entornadas en la noche... y las gloriosas puesta del sol, y las higueras en los jardines de la Alameda; si, y todas las extrañas callejuelas y las casas rosadas y azules, y amarillas...” Joyce, James. Ulíses. Los
puentes Pasemos
al tercer elemento que da personalidad a Ronda. Abandonamos momentáneamente
“La Ciudad” como se haría antiguamente, por su vertiente menos
abrupta. En ella encontramos escalonados, de menor a mayor altura, los
tres puentes (el romano, el árabe y el cristiano) que se han construido
a través de la historia, para subir al empinado sector de “La
Ciudad” por su vertiente más fácil. Muchas
ciudades del mundo pueden presumir de vistosos y elegantes puentes para
cruzar los grandes ríos que separan sus barrios (Roma, París,
Sevilla,...), pero en muy pocas se dan una conjunción de factores (río
humilde pero con notables crecidas, que discurre por un desfiladero
hondo y abrupto, fuertes pendientes entre el extrarradio y la ciudad
primitiva...) que, como en el caso de Ronda, hagan tan difíciles estas
obras de ingeniería. Sin
embargo, en Ronda se han elevado tres puentes que han resuelto
el reto que planteaba la naturaleza difícil del terreno
eficazmente y, a la vez, con gran armonía y belleza. Los
dos primeros puentes (los denominados romano y árabe) se diseñaron
para entrar en “La
Ciudad”, atravesando el “Tajo” por su lado menos elevado y
quebrado. Sin embargo, al verse afectados estos puentes por las crecidas
del río y ser poco transitables para los carruajes - debido a sus
fuertes pendientes -, no constituyeron soluciones definitivas, aunque
hoy día siguen siendo usados para el paseo a pie. Las
necesidades de expansión de la ciudad de Ronda llevaron a plantearse en
el periodo de la Ilustración (siglo XVIII) un “Puente Nuevo”, justo
por donde “El Tajo” alcanza su mayor pendiente y altitud. De esta
manera la parte antigua de Ronda ha podido comunicarse con el exterior a
través de una vía de menor pendiente y, además, el tejido urbano se
ha expandido rápidamente más allá del solar ocupado por la antigua
“Medina árabe”. Durante más de medio siglo se realizaron dos
intentos de puente. Sólo el último de ellos prosperó, tras diversas
reformas, y se consolidó como tal hasta nuestros días. Los
puentes de Ronda forman una original perspectiva al escalonarse desde el
más antiguo y pequeño (situado a menor altura) hasta el más moderno y
monumental (en la zona más alta), salvando con distintas formas y técnicas
constructivas el obstáculo del desfiladero del río Guadalevín. Además,
el uso de materiales de la tierra (piedra, tierra cocida y sillerías)
le da texturas y colores diferentes a cada uno, que se integran armónicamente
con el caserío primitivo y con la naturaleza agreste y bravía del
“Tajo” por donde discurre el río: “El puente de los romanos es concorvado y pequeño, de piedra que va a ceniza por las riberas del tiempo... El de los moros es alto hacia la puerta, esqueleto de tierra cocida, viva por la constancia del riego, igual que los labradores que se cuecen repitiendo la arruga por donde mojan lo que amaron y perdieron. El puente cristiano allana lo almenado en lo somero y es grande en sus arquerías de sillar rubio y con peso para que el dominio goce, junto al penúltimo cielo, la vista del campo unido con el puro pensamiento” Ridruejo, Dionisio. Cancionero en Ronda. 1942-1943. Ediciones Castalia. Madrid. 1981. El
Tajo. Recorridos los dos primeros puentes, o si se quiere más directamente, dejando atrás la parte antigua de Ronda, cualquier visitante que acude por primera vez a este lugar acaba parándose en seco y exclamando un grito de sorpresa cuando se encuentra encima de su monumento más famoso: el “Puente Nuevo” sobre el “Tajo. Dos cualidades tienen aquí el “Tajo” y el “Puente Nuevo”, que hacen que haya un espectáculo inagotable para la mirada: sus numerosas y renovadas perspectivas o puntos de vista; y su enorme capacidad de sugerir, de hacer que la imaginación humana idee múltiples comparaciones y símiles sobre su formación y su fisonomía. ¿
Cuál es su origen? La perfección de su hendidura se ha atribuido a
todo tipo de causas y agentes. Los
viajeros opinan y no se ponen de acuerdo; que si
parece obra humana, de un héroe mitológico, o de la
providencia: “un
corte tan recto, que podría estar hecho por el hombre”,
“parece partido por la cimitarra
de un héroe como Roldán”
“un
tajo hendido sólo para tan pequeño río, ofrece un paso no menos
extraordinario que el que ofreció el mar rojo al pueblo judío”
Otros
visitantes han optado por compararlo con “tajos similares” de otras
regiones españolas o países europeos:
“El dicho cañón compite por
momento con las hoces del Júcar y del Huécar”, “ Ronda es como
Cuenca” “ Ronda es la Tívoli de Andalucía” Los
transeúntes más positivistas lo atribuyen a erupciones volcánicas,
terremotos y, en este caso aciertan, a la paciente labor de las aguas
sobre la dura roca. “es la paciente obra del arroyo, o bien de la rápida
convulsión terrestre” El “Tajo” tiene en la ciudad de Ronda diferentes perspectivas “desde arriba” y “desde abajo”. Incluso, desde arriba lo podemos observar debajo del Puente Nuevo, o a sus lados, en las balconadas creadas en los paseos y en la alameda que ciñen este precipicio por el oeste. Desde
justo encima del “Tajo” todo se percibe distinto, como si nos hubiéramos
alejado del ambiente urbano: “Llega el viento y adelgaza en la sima su grito mensajero mientras en las alturas almenas con silencio de cal brillante escuchan –nacer, morir- el eco” Ridruejo, Dionisio. Cancionero en Ronda. 1942-1943. Ediciones Castalia. Madrid. 1981. “todo parece más hondo y lento. El ruido del agua remota, el eco de alguna voz, ese rumorcillo del aire en los oídos, se tornan inverosímiles, y se diría que la realidad adquiere matices de fantasía” Souvirón, José María, Ronda y la Costa del Sol. Editorial Noguer. Barcelona. 1964 ¿
Qué sensaciones nos absorben?. Ante todo, una grata sensación de “vértigo
asegurado”, tal vez, una emoción aventurera y romántica. “Quién
se detenga aquí, por fuerza ha de sentir el artificio de la máquina
que lo sostiene, y ese amago de pavor o de vértigo lleva ya en sí una
emoción de naturaleza romántica. En general, el “abismo” es romántico...
El abismo, por sí sólo, es geología. El salto de agua, con su fábrica
al pie, ya es industria. Pero con un castillo en ruinas o una ciudad
dormida... nos deja caer en el más ingenuo siglo XIX... Por eso, el
puente del Tajo está traspasado de romanticismo.” Bello,
Luis. 1929. Viaje por las escuelas de Andalucía. Consejería de Educación
y Ciencia. Junta de Andalucía. Sevilla. 1998. “Necesitaba
Ronda algo que afilase, modernizándole, su gastado perfil romántico. Y
eso lo consiguieron con este balcón maravilloso, que la baña en el
nuevo romanticismo fascinante de un peligroso raid aéreo... “ Pérez
Clotet, Pedro. Bajo tu voz amiga. Colección Isla. 1949. Salvador Repeto.
Cádiz. ¿ En qué se deleita nuestra vista? Si miramos hacia el aire, en el panorama de las aves volando alrededor de las paredes del acantilado. A este respecto hay que mencionar el tétrico espectáculo que resultaría la antigua costumbre de verter por el “Tajo” los cadáveres de los caballos muertos durante las corridas de toros, para festín de las águilas de la Serranía. En nuestros días, sólo concurren aves más modestas y pequeñas: “Veo las grajas sobrevolar la profundidad... la chova piquigualda sobre los tajos, de pico amarillo y menuda, la grajilla, más corpulenta, de pómulos grisáceos y pico negro, y la urraca. Muy alto planea otra ave majestuosa...” Carande,
Bernardo Víctor. Viaje y estancia andaluza. Caja Rural Provincial de
Sevilla.1981. Hacia los lados del “Tajo”, dominan nuestra atención las originales y extrañas formas del acantilado: “¿
Quién descargó el formidable golpe en las entrañas del mioceno?
Abiertas las vísceras terráqueas en gigantesca autopsia, nos
sentiremos visitantes de un inmenso quirófano en cuya mesa se encuentra
a 320 metros bajo nosotros la madre tierra” Si dirigimos la vista hacia el fondo acuden a nosotros sensaciones tranquilas y relajantes, opuestas a las del cataclismo geológico de las alturas: provienen del suave fluir del agua entre los molinos, las acequias y los campos cercanos, - que de tan chicos parecen como de juguete -, de seguir al río alejándose por su fértil vega, y del soberbio anfiteatro de montañas que cierra el panorama: “El
pequeño río se lanza hacia el valle en una sucesión de extraños
saltos. A los lados una serie de sinuosos caminos bajan hasta varios
molinos de agua, diminutos pero muy ocupados. Cada uno parece hecho para
una viñeta – anidados bajo las rocas, cubiertos de helechos salvajes,
y salpicados por una ducha de diamantinas gotas de la mejor agua”. Clark,
William George. Gazpacho o meses de verano en España. 1849. Editorial
Comares. Albolote. Granada. 1996.
Starkie,
Walter. Don Gitano. 1937. Diputación Provincial de Granada. 1985. Desde
abajo, el “Tajo” parece distinto. Lo que hasta ahora ha sido mirar
desde una estrella o una nube se vuelve contemplación desde una sima
abierta y expansiva, según José María Souvirón: “La
vista desde abajo es grandiosa... La enorme roca coronada por pardas
murallas, torres ruinosas y casitas blancas, achicadas por la distancia
y el contraste hasta parecer juguetes de niño, - la cascada reluciendo
brillante en comparación con la oscura cañada de donde mana, y por
encima de todo, el puente rivalizando en esplendor con la naturaleza Clark,
William George. Gazpacho o meses de verano en España. 1849. Editorial
Comares. Albolote. Granada. 1996. “Mirando
hacia arriba... el puente aparece como suspendido entre las nubes. El
arco que enlaza ambos lados del Tajo cuelga a unos seiscientos pies de
altura, como aquél del Corán entre el cielo y el infierno profundo. Al
río, negro como el Estigio, se le siente luchar, pero no se le ve entre
las frías sombras de su prisión de roca...” Gamir,
Alfonso. Ronda Mora y cristiana. Colección Almocabar. Ronda. 1957. El
Valle (impresiones desde el Tajo): La contemplación de la naturaleza circundante desde el “Tajo”, la “Alameda” o a través de los “Paseos” de cornisa que llegan hasta el “Hotel Reina Victoria”, hacen que la estancia en Ronda sea especialmente emotiva en otoño e invierno. Entonces se produce un misterioso juego de las nubes con la tierra callada y los montes. El pintor francés Gustavo Doré, en su visita a Ronda con Charles Davillier, se inspiró en este escenario para pintar el “Infierno” del libro de Dante: “Amenazaba
borrasca... El Tajo admitía la práctica de todos los vientos del
Cielo. Esa noche, los vientos y yo fuimos los únicos acompañantes. La
luz de una luna menguante cayó sobre los pináculos rocosos de las
colinas de enfrente, mostrándolas como restos de una ciudad encantada,
en medio se extendía el valle – un abismo de intensa oscuridad. Nunca
la naturaleza me ofreció una vista que se pareciese tanto a una pintura
de Martin. Las nubes pasaban borrando la luna del cielo, las montañas
de la tierra, y los castillos del aire.” Clark,
William George. Gazpacho o meses de verano en España. 1849. Editorial
Comares. Albolote. Granada. 1996.
“Las nubes, frecuentes en esta estación, contribuyen a aumentar todavía la grandeza de la montaña: se diría que la hacen pensar. A veces un nubarrón adormecido se olvida en el regazo de los montes como un nido de ángeles, los cuales, espantados de encontrarse tan bajo, se escapan con el alba” Rilke, Reiner M. Epistolario Ronda. 1912-1913 Imprenta Galindo. Ronda. 1993. “Me asomo al mundo por el aire frío, diafanizado en un cristal de hielo. al mundo vasto, confinado y solo donde la soledad se me derrama en forma de pintura. Alamedas y huertos diminutos lamidos por la orla del río calmo; casas esparcidas con cipreses, atadas con senderos como un belén soñado....” Ridruejo, Dionisio. Cancionero en Ronda. 1942-1943. Ediciones Castalia. Madrid. 1981. “ A primeras horas de la tarde se desencadena la tormenta... quedó atónito ante la grandeza natural del espectáculo: las cinco cimas de Grazalema y las Sierras de Libar, Ronda, Estepona y Tolox, a truenos y relámpagos, interpretan su papel por el anfiteatro” Carande,
Bernardo Víctor. Viaje y estancia andaluza. Caja Rural Provincial de
Sevilla.1981. Otro
momento especial es la contemplación desde la atalaya de Ronda de la
naturaleza aparentemente dormida del Valle durante las noches: “De noche, parecía encontrarme suspendido en el espacio sobre el mundo, bajo miradas de estrellas... no experimentaba la sensación de vértigo... me diluía en la inmensidad” Starkie, Walter. Don Gitano. 1937. Diputación Provincial de Granada. 1985. “Languidecen las cosas, los montes van al cielo, la serranía es toda, niebla, congoja y miedo””
“En la vasta noche de luna despierta bruñe y palpa un aire de metal la tierra. El cielo está claro, alto y sin estrellas; La forma en los montes es sólo de piedra potente: en la sombra Las faldas inciertas, frescas como en armas las desnudas crestas. Por un hilo de agua el valle aletea, los olivos sólo su sombra apacientan, la labrada arcilla resplandece yerta. El espacio es todo un espejo y sueña...” Ridruejo, Dionisio. Cancionero en Ronda. 1942-1943. Ediciones Castalia. Madrid. 1981. A
modo de conclusión: Una de las claves para entender el paisaje de Ronda es la relación armónica y casi perfecta que han mantenido su ciudad histórica y la naturaleza que la rodea, conservándose ambas casi intactas a los avatares del progreso. A diferencia de tantos cascos históricos de otras ciudades andaluzas y españolas, la parte más antigua de Ronda y los campos de su entorno no han quedado encerrados y absorbidos por los modernos crecimientos urbanos. Los nuevos bloques de pisos, las segundas residencias y los polígonos industriales, que tanto afean las perspectivas de otras poblaciones, ocupan un discreto lugar en una esquina de la periferia urbana, ocultos a las principales líneas visuales que se contemplan desde el Tajo y la “Ciudad”. Es más, desde el Tajo y los paseos de cornisa que llevan hasta el Hotel Reina Victoria, se despliegan ante nuestra vista los campos y montes del vasto anfiteatro en que está situada Ronda, sin la contaminación de artefactos e infraestructuras urbanas tan común a tantos lugares de la geografía andaluza. La segunda clave podría ser la mágica yuxtaposición, en el ámbito territorial tan reducido y quebrado en que está enclavada, de numerosos monumentos, edificaciones y tramas urbanas correspondientes a tan distintas épocas históricas. En un breve lapso de tiempo y espacio podemos recorrer los restos de sus torres y murallas medievales; sus tres puentes romano, árabe y cristiano; jardines de origen árabe, renacentista o de inspiración modernista; varias decenas de palacios, conventos, iglesias y capillas donde se mezclan las influencias de los diferentes estilos del arte español, desde el mudéjar al historicismo de principios del siglo veinte, pasando por los estilos plateresco, barroco, neoclásico, etc.; Retroceder a tiempos moros recorriendo el laberinto de calles de su parte más antigua; o a su periodo de esplendor “costumbrista”, visitando su Plaza de Toros o el Museo del Bandolero; o bien a principios del siglo veinte, recreando la atmósfera de los viajeros románticos con la vetusta y elegante arquitectura inglesa del Hotel Reina Victoria y los paseos por su Alameda. En definitiva, Ronda conserva un paisaje urbano que constituye una de las mejores síntesis plásticas de lo que ha sido la historia de Andalucía y España a través de los siglos. “Ronda
es uno de los ámbitos construidos más preciosos de España... Una de
esas ciudades “Santuarios”, o sea, un lugar preservado de lo que se
destruye, con su riqueza a salvo. Y esa riqueza es muy sedimental; ha
crecido o se ha acumulado con muy buen orden, ganando siempre,
componiendo una figura en la que pocas cosas desentonan”. Ridruejo,
Dionisio. Casi unas memorias. Editorial Planeta. Barcelona.1976.
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