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Benjamín Castillo.

Artista, Creación y Realidad

Desde la ejecución de una obra hasta el espectador se registran en la mente del artista toda suerte de inquietudes que responden a estímulos de carácter muy personal. En la gestación de la obra ya aparecen factores que pueden ser calificados como patológicos. Y no me refiero a la consabida mitología que presenta al artista como a un enajenado mental que aún no ha superado el período infantil en la constitución de su persona. Quiero decir simplemente, que en el artista como ser humano concentrado, vuelto hacia sí mismo en el acto de la creación, se pueden detectar desconexiones patentes en su relación con el mundo que le rodea. Al fin y al cabo, una condición intrínseca de lo patológico es la falta de adaptación entre el sujeto sometido a la patología y su entorno. Su método, lejos de ser analítico, por mucha teoría que se haya vertido sobre ello, actúa siempre como adición al entorno. Al menos, el resultado de sus métodos no es precisamente una reducción analítica de la realidad sino un nuevo objeto impregnado e impregnante del concepto que lo origina.

El creador como un sujeto activo no necesita, ni se llega a plantear la novedad formal de su obra. Registra un objeto que pertenece a un universo nuevo que lejos de ser original por su forma es más bien extraordinario por lo que tiene de personal. Todo artista es un creador de universos. Expone su obra como muestra de una dimensión personal y busca ser comprendido entre los demás desde la paradoja. Es por ello, que todos los grandes artistas reconocidos han buscado elementos de la antigüedad para comunicar y articular sus obras que, a su vez, son el producto de una concepción personal. Crear, entonces, es sinónimo de pegar, de copiar según un esquema personal que exige una distancia y un acercamiento a la vez a los universos conocidos. Este difícil equilibrio es un síntoma de la lucha interna  que afecta a la mente del artista en el sentido patológico que se anuncia arriba.

 

 



 

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