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"Arrieta.- (Grave.)
Conozco bien los excesos del fanatismo. También sufrimos los del nuestro en
el trienio liberal. Hoy nos dicen masones a los vencidos; mañana se lo dirán
a gentes como usted.
Duaso.-(Altivo.) ¿Quienes?
Arrieta.-Los más fanáticos. Pelearán contra ustedes y tal vez contra el
mismo rey...
Duaso.-¿Qué dice, hijo?
Arrieta.-Lo preveo. El rey fundará Escuelas de Tauromaquia y cerrará
Universidades. Mas quizá no le valga y le llamen masón los exaltados. Hay un
tumor tremendo en nuestro país y todos queremos ser cirujanos implacables. La
sangre ha corrido y tornará a correr, pero el tumor no cura. Me pregunto si
algún día vendrán médicos que lo curen, o si los sanguinarios cirujanos
seguirán haciéndonos pedazos.
Duaso.-(Suspira.)[Su pregunta equivale a mi afirmación...]El hombre es
pecador. Seamos, pues, humildes y salvemos a Goya.
Arrieta.-Usted lo salvará. Pero yo no estaré contento.
Duaso.-¿Por qué no?
Arrieta.-Para que viva Goya acaso destruyamos a Goya.
Duaso.- Explíquese.
Arrieta.-Bajo la amenaza del hombre a quien ha insultado, Goya vive a caballo
entre el terror y la insania. Y en ese extraño forcejeo de su alma, yo, un
hombre mediocre, estimulo el terror de un titán para que deje de serlo.
Duaso.-Por su salud.
Arrieta.-Y por su vida. ¡Porque soy médico! Y además, ya no es un gran
pintor, sino un viejo que emborrona paredes. [Yo quiero que su miedo le salve,
para que viva tranquilo sus últimos días como un abuelo que babea con sus
nietecitos.]
Duaso.-Entonces...
Arrieta.-¡Eso quiero creer, pero no estoy cierto!¿Y si esos adefesios que
pinta en los muros fueran grandes obras?¿Y si la locura fuera su fuerza?[¿No
querré que un gigante se vuelva un pigmeo porque yo soy un pigmeo?]
Duaso.-Usted cumple con su deber como yo con el mío.
Arrieta.-(Lo mira intensamente.) Si yo fuera usted, padre Duaso,
tampoco estaría tranquilo.
Duaso.-¿Cómo?
Arrieta.-Yo elegí vivir en la vergüenza y por eso elegí el silencio. Voy a
romperlo con usted porque me consta su hombría de bien...y porque ya estoy
marcado.
Duaso.-(Frío.)Pondere sus palabras, hijo mío.
Arrieta.-Supongamos, padre Duaso..., no es más que una suposición..., que Su
Majestad vacilase en dar la campanada de ejecutar a don Francisco. Es un
maestro afamado, no se distinguió en la política...
Duaso.-Ello demostraría que don Fernando no carece de benignidad.
Arrieta.-O de cautela. Y supongamos que, sin decidirse a una sanción tan
sonada, quisiera el rey vengarse de su pintor...(Gesto de disgusto de Duaso
por el verbo, que Arrieta desdeña.)Que el altivo Goya le suplique gracia
entre lágrimas y se retracte como el pobre Riego complacería de momento a Su
Majestad...Otro hombre, diría, que deja de serlo.
Duaso.-Doctor Arrieta, no puedo permitirle...
Arrieta.-(Tajante.)Entonces me callo.
(Pausa.)
Duaso.-Perdone, continúe.
Arrieta.-Gracias... Pienso que al no asomar Goya por palacio, no le sería
difícil al rey enviar a un hombre que se lo sugiera. (Duaso se inmuta)
Entiéndame, padre; un hombre deseoso de ayudar a un amigo que, sin
advertirlo, colabora en el propósito regio: que el aragonés díscolo y
entero se vuelva una piltrafa temblorosa.
Duaso.-¡Usted se contradice!
Arrieta.-¡No! Si Goya accede, demostrará que teme; si no accede, temerá.
Duaso.-¡No interpreta bien los hechos!
Arrieta.-¿Conocía usted la existencia de esa carta de Goya?
Duaso.-¡Dios es testigo de que no!
Arrieta.-Le creo. ¿Me equivoco igualmente si pienso que el rey ha hablado a
usted de Goya?
Duaso.-(Titubea.)No voy a contestar a más preguntas.
Arrieta.-Toléreme todavía unas palabras. Me ha llegado un rumor que confirma
la bondad de su corazón, padre Duaso.
Duaso.-¿Qué rumor?
Arrieta.-Que usted oculta ya, en esta casa, a algunos paisanos suyos en
peligro.
Duaso.-¿Se dice eso?
Arrieta.-Es la triste gaceta de los vencidos, susurrada entre gente segura. No
quiero saber si ese rumor es cierto; si Goya viene a su casa, lo será. Pero
usted es un sacerdote leal al trono...Es increíble que el padre Duaso acoja a
nadie, hoy o mañana, sin contar de antemano con la tolerancia regia. ¿O
yerro?
Duaso.-(Después de un momento.) Por caridad, ahórreme sus preguntas.
Arrieta.-No volveré a preguntar. Le expondré, tan sólo, mi peor sospecha...
Usted prometió visitar hoy a nuestro amigo. Yo no le pregunto porqué
después de las ocho y de ningún modo antes...(Duaso lo mira con creciente
desasosiego.) Pero dudo de si no estaremos cometiendo un error
irreparable... al no apresurar la visita a Goya sin aguardar a que den las
ocho. (Duaso saca su reloj y medita, nervioso.)Pero si usted no debe ir
antes de esa hora...(Aún con el reloj en la mano, Duaso se levanta
y mira a Arrieta; el temor invade su faz. Arrieta se levanta
también.)Padre Duaso, si usted hubiera sido peón de algún juego, no
olvide que puede haber otros peones.
(Muy afectado y caviloso, Duaso deniega para sí con brusquedad,
como quien se advierte caído en una trampa inesperada.)
Duaso.-Nadie va a jugar con el padre Duaso. A buen trote podremos llegar a la
quinta a las siete y media. Tomemos mi coche. (Guarda su reloj y, de nuevo,
sereno, se encamina a la derecha.) [Sígame, doctor.](Arrieta lo
acompaña y la luz los sigue. Duaso se detiene antes de salir.)
Esas pinturas de la quinta... ¿son realmente malas?
[...]"
BUERO VALLEJO,
Antonio: El Tragaluz-El sueño de la razón. Ed. Espasa-Calpe. Col.
Austral.
Madrid, 1967,1970 (8ªEd.,1983) págs. 190-193.
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