Alejandro Civantos
Mr.
Natural y sus siete líricas lascivas
(Coro para
tragedia en dos cactus)
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Para venir a parar en esto que era Quico Andrade había arrastrado consigo puñados de enquistada infancia de niño gordito y gafudo, atarugado por el acné y del que todos se reían. Y también la baraúnda soez de unos padres crueles, la brusca sequedad del cielo de un país latino que hacía daño a su piel, y la continua llantina de sus ojos amoscados, ya irremediables en la costumbre del parpadeo y la bruma. Es cierto que, encerrado en su cuarto, se vengaba de nosotros escribiendo cosas terribles en pedacitos de papel reciclado, o escuchando discos rarísimos para sentirse bien lejos de nuestras preocupaciones por el futuro tan currado. Pero en la calle, en el patio de la escuela, Quico volvía a sus ojos de cordero degollado y a disculparse todo el rato por su barriga y sus granos y hasta por el color horrendo de sus calzones. Como es lógico sus exposiciones al sol fueron reduciéndose tanto que sólo de refilón le vimos licenciarse, adelgazar un poco (aunque no lo suficiente como para que alguien pudiera olvidar su ignominiosa obesidad de Quico Andrade) y ocultar el acné con una perilla bobalicona. El pobretón de Andrade parecía haber comprendido que sólo en su cuarto jugaba bien el papel de vengador y alzaba el puño y gritaba “os vais a cagar” y todo eso; allí cobraba su singularidad. En la calle todo se le venía abajo cayéndosele encima con el estrépito de un camión descargando chatarra. Cuando empezó a salir con Sandra Barranco a todos nos dio un vuelco nuestra almita canalla: era como si Quico se hubiera al fin decidido a sacar la insurrección fuera de su cuarto y viniera a partirnos las cacas en plenas narices. No es que Sandra fuera una vampiresa freaky ni una walkiria renana, entonces quizá hubiéramos entendido algo. Era su rostro, sus labios, su pelito corto, su piel como de durazno (insistía Paco de la Costa, que había salido con ella en segundo): todo su cuerpo estaba pidiendo a voces que lo cuidaran, que le dieran protección. Y, sinceramente, cualquier persona del mundo hubiera podido hacerlo con un resto de dignidad; todos menos Quico Andrade, que se arrastraba fatigosamente por el mundo pidiendo perdón desde que era un chavalito de parvulario. Así, primaverales y rosados, paseaban por la tapiada repleta de moreras y pelusa amarilla, y ella le mesaba la barbita oxidada, y verlos era la confirmación del absoluto desquicie del mundo, la revolcada de las leyes de la naturaleza. Paco propuso incluso que nos constituyéramos en Comité Consecuente y fuéramos a informarle a la Barranco de las verdades, pero todos notamos su rencor amontonado y yo mismo voté por darle a Quico una oportunidad. Contra todo pronóstico, la relación duró. Aunque los ingresos de Andrade eran bastante dudosos, no tardó en darle la portalada a sus padres, y ella, pretextando la importancia de una especialidad medio surrealista, obtuvo la aprobación de los suyos para irse a estudiar a la capital. Los dos se fueron en el mismo autobús y las nubes aquel día tenían forma de angelotes gordos fumando canutos. Paco se llevó enfurruñado varios días, quejándose como un mutilado, y Azpitarte, que siempre había sido el más poético, dijo no sé qué de los sentimientos y las esponjas de baño, siempre ásperas y con agujeritos y con bichitos infames, pero cuando les cae el chorro de gel en seguida respiran espumosas y espléndidas, como si para todo fuera el primer día. Algo así. En una gran ciudad de interior, con sus coches multados y sus kioscos, y sus chinos cruzando infinitamente los mismos semáforos, y con sus parejas jalando enchiladas y burritos tras las cristaleras de los mejicanos, vivieron cuatro años Quico y Sandra. Al principio aún especulábamos su destino mirando pensativos los autobuses y las nubes, con el cigarro en la boca. Nos hacíamos a un Andrade confiado al abrazo y a la barbacoa, dejándose sacar granos de la espalda. Su infancia de gordo Andrade aún nos sacudía sin violencia. Luego, poco a poco, y casi sin darnos cuenta, le perdonamos la vida. Llegó un momento que hasta lo olvidamos; a él y a su mensaje. Portillo, que se tocaba por línea materna con una tía de Sandra, nos aventó un día con que el gordo trabajaba diseñando páginas webs y que Sandra había agarrado una colocación de recepcionista en un hotel que quitaba el hipo, y los dos tan felices, con su horario conjuntado, y sus citas en los bares para esperarse a la salida del trabajo, y sus picos a contraluz en los pálidos neones de El Corte Inglés. Un poco nos emocionamos, y el que más Paco de la Costa, que por entonces ya se pescaba unas monas de lo lindo en las cervecerías del Viapol. Pasito a pasito Quico fue sólo un momento dulce de nuestra infancia, el último motivo de risa en nuestras conversaciones adolescentes, cuando siempre acabábamos masturbándonos y jugando a apostar quién acababa antes, mientras aún algo nos escocía su soledad y su barriga, allí, en los pisos de la bodega, sonando vuelta y vuelta sus vinilos antiguos y haciendo temblar el mundo con sus relatos atroces. Al año más o menos de aquel autobús que nos arrancó para siempre a Quico, el suizo pringó a la novia y tuvieron que casarse. Y fue al poco que Azpitarte chapaba las oposiciones al Ayuntamiento y por las tardes se trajinaba con los requisos para que pudiéramos liarnos porros en lo de Salva. No sé si eso fue antes o después de que Garrancha enfilara para la vendimia un polvoriento atardecer de Mayo y jamás lo volviéramos a ver. Sólo muy de tarde, cuando la conversación se moría, alguno se acordaba de Quico Andrade y de su mirada, pero era poco, porque enseguida venía la hipoteca, y la I.T.V., y la alopecia, y luego el comedor de los niños y después la mezquindad del régimen de visitas y toda la usura del mundo. En una de éstas, en casa de Azpitarte, nos enteramos de que Paco había terminado por reventar en un tugurio de la costa y a su mujer le subió alto la cólera y yo mismo tuve que acudir a su casa para consolarla. Lo de Paco fue un poco el hacernos grandes y cada cual se lo tomó a su manera. Al que más seguí viendo fue a Portillo, que agarró una beca de estudios y acabó corrector de estilo para libros de medicina. A veces, en su buhardilla, nos jalábamos algún porro pocho de los que pasaban en el puerto, y nos recordábamos los viejos tiempos. Tenía la impresión de que los viejos tiempos eran lo único que me vinculaba a él, pero también fingía y terminaba por darme igual no reconocerme en absoluto en nuestros cada vez más fabulosos relatos. A menudo miraba de reojo hacia el parque y me decía que le hubiera gustado viajar y ponerse vaqueros y camisetas estrechas, y acabar su novela, pero bien tarde se le había hecho ya para todo. Se miraba de reojo en la ventana y fumaba con desgana, argumentando su miseria. Cuando me dijo que a Salva le habían embargado el bareto una buena mañana y que él se negó a fondearlo le vi tentar la lágrima a Portillo. Por la primavera me topé con Azpitarte a la salida de un cine. Estaba relamido y triunfal con su hijita de la mano. Nos estuvimos de chanza un poco mientras la gente pasaba mirándonos y al fin decidimos convidarnos en una freiduría de por allí cerca. Me hablaba feliz de su ascenso, y de su chalet casi a punto y del sol plomizo del lugar donde veraneaba. Soltaba trapo rápido y desordenado, un poco con enojo al ver tan cerca a la niñita, encaramada a un taburete con su botella de Fanta en la mano. Nos fuimos casi al cierre, cuando el camarero, angustiado, tamborileaba con los dedos en la persiana a medio bajar. Y fue ya en la calle, bajo una farola empedrada de mosquitos, que Azpitarte me dio la agarrada del brazo para decirme que un día se encontró en el tren con Quico Andrade. De veras que parecía otro, me decía con afectación de fisionomista, allí, seco, aferrado a su asiento, mirando con desprecio al chico de las tortas y haciendo bromas soeces a las azafatas. No habló ni de su colección de discos ni de sus poemas vengativos, se quedó allí, huraño, con los ojos clavados en la revista pornográfica de su compañero de asiento, resoplando con fatiga. Sólo si insistías con fijeza le percibías una chispita pequeña de su vieja mirada suplicante. También me contó Azpitarte que la Barranco le había partido el corazón por mil partes con su sucio juego del misito gatito, y que fue ella quien le vendió fácil la mentira del te quiero, gordinflón, y sin ti soy apenas nada, para luego arrastrarlo por el lodazal más sórdido, y que fue sólo que se llevó con él cuatro años amarteladita para agujerearle la autoestima. Esto se lo creí a medias; después de todo, y por más que su chiquita le tironeara de la chaqueta pidiendo retorno, Azpitarte siempre había sido el más lírico de la pandilla.
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