agosto
2003
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relatos

EL BAR
El
bar es el mismo. La mesa también. Sin dejar de mirarlo le pregunta:
“¿Viene seguido a este bar?”
“A veces.” “Parece un “habitué”, sin embargo”,
dice ella con voz
heroica. “Parezco...parezco”, se queja él mientras lucha
por desentenderse de esta ocasional interlocutora que lo atrae como
suelen atraer los aromas precarios. Comienza a latirle la clásica
lucha interna: compasión versus impaciencia. Y la curiosidad de
seguir indagando ese olor liviano, ácido y floral, olor que asoma y
que suele quedar en promesa.
Esa
mujer elástica y liviana había rondado las mesas con la empecinada
tozudez de un chico
malcriado, esperando que alguien le
cediera lugar. Fórmula mágica que le permitiría salirse con
la suya. A esa hora era casi imposible encontrar una mesa libre en
aquel bar tocado por la moda. Impávida, aceptó sin rezongo, todas
las miradas sobre su
escueta figura, y aunque le demandó un tiempo pararse justo
frente a él, es casi seguro que aquella decisión la había
tomado mucho antes de entrar al bar.
Antes de aquel día. Él bajó el libro y se sobresaltó al
encontrarse, imprevistamente, con
alguien que lo miraba con sigilosa insistencia. “¿Qué hace ahí
parada, mirándome?”, preguntó como un atolondrado. El mozo, sin
dejar de mirarla, vino en
su ayuda: “¿Necesita algo más, señor?”. Él negó con la
cabeza. Ella corrió la silla con cuidado. Él sólo atinaba a mirarla
aceptando el acontecimiento, de por sí insólito, con pasivo
fatalismo. Era otro hombre. Desde tiempo atrás había perdido cierto
reconocimiento social y económico. Fiel a la Empresa por treinta años,
la pérdida del trabajo horadó su humor, depositándolo como un nuevo
paria. Joven para jubilarse, viejo para ciertas funciones. Un
reticente, aunque indefectible escepticismo, comenzó a instalársele.
En el bar, todos los días, rumiaba su resentimiento, reteniéndolo en
su pecho, ceñido por el odio.
Sentada
frente a él, despreocupada, indiferente, ella se puso a mirar la
calle ruidosa. Él vigilaba sus movimientos detrás de la lectura. La
escena bordeaba el absurdo. El incipiente diálogo se había
interrumpido casi en el mismo momento de comenzar. Ella se encargó de
reanudarlo. “¿Qué lee?”, desembuchó, sin preámbulos. “Proust”,
la respuesta de él le rebotó, cortante. “Y, ¿de qué trata?”,
machacó ella. No estaba de humor como para alentar una charla, así
que trató de sacársela de encima con otra pregunta. Pero ella
importunó, “Ese Proust, ¿de qué escribe?” “Escribió”. “¿Murió?”
Silencio. Vuelve a la carga, “y ¿en qué parte va?” Fastidio.
“Mire”, rezongó él, “voy en la parte en que uno de los
personajes no sabe si dejar paso a la alegría, o enfrascarse en la
tristeza por la muerte de su señora esposa, ¿le dice algo? ¿Satisfecha?”
Y cerró su libro con cierta petulancia. Ella le sonrió con
sospechosa cortesía, “alegría, tristeza, muerte. ¿Siempre lee
sobre la muerte?” Sin darse
cuenta estaba ya envuelto en la conversación
con esa extraña a la que prejuzgaba
ignorante. “No es que yo lo elija”, dijo él con presunción,
“la literatura está llena de muertes. ¡Qué digo!, la vida está
llena de muerte!” Eran,
pese a sus diferencias, dos
en busca de un mundo para meterse dentro de él. Pero el mundo de
afuera los compelía a estar en guardia. “¿Va a tomar algo, la señora?”
el mozo hizo notar su inoportuna presencia. “Agua mineral sin
gas”, dijo ella sin devolverle la mirada. Afuera, la gente y los
autos se movían con un vértigo abusivo. “Otros mundos”, pensó
él. Quizás ella pensó lo mismo. Redondos, los ojos abovedaban su
cara esquelética. Intentó sorprenderlo: “¿sueña?”
“Si.” “¿Alguno
de sus sueños se le repiten?”
Molesto, miró hacia fuera, hacia los otros mundos.
“Algunos”, dijo al fin. “¿Cuáles?” No
supo qué contestarle. “El
sueño”, dijo ella con aire doctoral, “no es el mensaje esperado y
temido del oráculo. El sueño, noche a noche, sale en busca de sus víctimas.
Mire, cierta vez, un señor chino soñó que era mariposa, y cuando
despertó no sabía si, esa mañana, era un hombre que había soñado
ser una mariposa; o una mariposa que se había pasado la noche soñando
que era un hombre. ¿Alcanza a darse cuenta? El sueño confunde; no es
más que la realidad destartalada.” Silencio. Largo y
oneroso. Él no dejaba de
mirar hacia la calle, y ella no le quitaba su mirada esterilizada.
“Yo también conozco sueños “famosos”, dijo él, sin poder
quitar los ojos de quien acababa de entrar en el bar, un hombre de
unos sesenta años, fornido, de saco azul que, sospechosamente,
llevaba uno de sus brazos cruzado detrás de la espalda, y la mano, en
incómoda postura, dentro del bolsillo trasero del pantalón. “¿Famosos?”,
preguntó ella. Él, de regreso a la conversación,
aparentando no haberse ausentado en ningún momento, retomó su
discurso: “Sí, Borges
los juntó en un libro. El
que Ud. contó hace un instante está allí, junto a otros, no menos
interesantes. ¿Conoce a
“Alicia en el país de las maravillas”?” “¿Quién no?”, había
algo de suntuosa indiferencia en el tono de la voz de la intrusa. Él
fingió parecer natural: “ Su autor, Lewis Carrol, cuenta que dos
indolentes súbditos hablaban
sobre las ocupaciones del monarca, y uno dijo: “Ahora está soñando.
¿Con quién sueña? ¿Lo sabes?”, a lo que el otro repuso: “Nadie
lo sabe”. “Sueña contigo”, dijo, intrigante, el primero.
Y salmodiando, continuó: “Y si dejara de soñar, ¿qué sería
de ti?”. “No lo sé”, respondió con aprensión el segundo.
“Desaparecerías. Eres una figura de un sueño. Si se despertara el
rey te apagarías como
una vela”. Corto silencio, mientras ella
preparaba sus garras: “Emotivo. Ahora bien, lo que no le
contaron ni Borges ni el Carrol ese, es que, ese rey con todo su poderío,
no es más que una frágil figura en el Sueño de Otro. Igual que Ud. y yo, créame. Que todos”. Se envolvieron
en sus miradas. A él no le impresionaba tanto aquella mirada, como su
piel. Era una piel sustantiva a la que los años no habían logrado
envilecer. Piel sin edad. La luz del local se reflejaba en los ojos de
él, encallados en la piel de ella, como si fueran un sostén necesario a sus pensamientos que divagaban por otras
geografías. Desfilaban, dentro de él, a velocidad irrefrenable,
frases escuchadas, leídas, inventadas, presumidas, temidas,
insinuantes, felices, comunes. Frases que merecerían ser escritas, y
otras que sería preciso abortar. Algunas, obedientes al llamado de su
memoria. Otras, confusas, se le negaban. Eran palabras atropelladas.
Frases, libres de sospechas, enfilaban hacia el piso de su memoria
que, también, terminaría por traicionarlo, con la mesurada violencia
de los grises y de los negros de sus letras apretujadas. ¿Cuántas?
No importaba. No muchas, seguramente. Palabras inofensivas,
desenrollándose en una única frase que, desde hacía tiempo,
le costaba recomponer.
Pensó que la vida misma es una frase provisoria. Ahora
el que se acercaba por el estrecho sendero bordeado de mesas, era un
hombre sereno, de barba cuidada y anteojos. Pese a cargar con libros,
buscaba el diario con desinhibida paciencia. Al pasar los miró con
cuidado desdén. Acabó sentándose a la mesa contigua. Ella no se
percató; él, que comenzaba a inquietarse, regresó a la piel de la
desconocida. A esa piel abierta a su mirada, manos, cuello, cara,
porque el resto estaba oculto tras de su ropa oscura. La piel, como
sus frases, se disputaban el subsuelo de sus pensamientos. Ella
llevaba suéter y falda larga que sólo dejaba ver zapatos abotinados,
también negros. En la silla de al lado, languideciendo sobre su
respaldar, agonizaba un abrigo negro. Su piel, visible y despojada,
como la sentencia de su ex mujer: “te vas a morir solo”, golpeaban
rítmicamente en sus sienes. “Raquel no sospechó nunca que la
muerte es, siempre, un
acto solitario”, se dijo sin mucha convicción. Desde hacía tres años
no los veía. Apenas separados,
Raquel y los chicos regresaron a Buenos Aires. Los extrañaba. “En
ese libro de los sueños debería estar el sueño de Melania.” La
voz de ella sonó a metal. Él
miró a los costados, cada cual seguía en lo suyo, salvo el hombre
sereno, de barba cuidada y anteojos que acababa de sentarse a la mesa
contigua, que los miró con reprobación. Él volvió la mirada a
ella, “puede ser”, apenas se oyó. “Bueno, si hace un poco de
memoria, recordará que ella iba en un carro tirado por caballos
corriendo sobre la nieve”, alardeó ella. “Que el frío se
apoderaba de su cuerpo. Melania veía cómo la luz se apagaba como si
entrara en un túnel. Recordará que la pobre sentía cómo se
alejaban los sonidos, cómo el globo terráqueo se descentraba ¿Recuerda?”
Claro que lo recordaba. Tenía muy presente el final de ese relato porque
le había ganado su lado cursi: La pobre Melania
se consolaba pensando que algún piadoso cuidaría su cadáver.
Una Antígona inquieta haciendo posible que un cuerpo
desahuciado no se viera obligado a pasar por otras muertes. “Por hoy basta de sueños”, y amagó levantarse. Ella, aludida, tomó el abrigo, se puso de pie con evidente mesura, y se retiró. No habían transcurrido más que unos pocos minutos y sintió el peso exacto de una mano femenina sobre uno de sus hombros. Era nuevamente ella. Su mirada era inofensiva pero el peso de su mano lo sobrecogió. Sin decir palabra, se marchó. La vemos alejarse: Espaldas generosas, una cintura no muy marcada, caderas discretas, paso breve, seguro. Silueta negra, blanco móvil. Él vuelve a su lectura. El hombre sereno de barba cuidada y anteojos, sentado a la mesa contigua, también. Pero los dos, antes, como si lo hubieran ensayado, se miraron al unísono. Abrumado, con los años colgados, todos juntos, de sus piernas, decidió volver a la pensión. Habitualmente demoraba el regreso para que los sueños, rápidamente, le dieran asilo, así, la orilla del nuevo día auguraría su alivio sincrónico. Despertó sin residuos. El día amanecía prometedor: debía despachar la carta a los chicos, pasar por el banco a cobrar el seguro de desempleo. Y al placer de la lectura en el bar. Decidió recorrer otras calles. No quería encontrarse con ella. Caminó por senderos familiares hasta llegar a este bar antiguo, atendido por una pareja de hermanos con tantos recuerdos como años. El piso de listones de madera. El techo también, pero de otro color. Botellas de bebidas antiguas pueblan escaparates esqueléticos, que, al igual que los hermanos, parecen fiordos porfiados desafiando vientos marinos. Buscó una mesa. “Un café”, pidió. Aparece, otra vez ella asomando su silueta negra en la vidriera que da a calle Urquiza. Él siente un ardor ácido que le sube desde el estómago. Y como si un puño, desde la garganta, empujara su corazón hacia abajo. Un dolor nuevo y agraviante, como un peso indiviso, lo dobla sobre la mesa. Las voces, a partir de ahora, son sonidos que huyen. La luz se va alejando. Siente frío. Ve pasar imágenes alucinadas: un chico con jardinero azul, una pelota de tientos, su madre. Raquel y los chicos. Como de fondo percibe ruidos confusos, gente que se agita y corre. Se adormece. Algunos comedidos acuden en su ayuda. Cae una silla, y ese ruido inesperado, logra desviar su atención por una fracción de segundos. Hace su último esfuerzo para reaccionar, y su mente, casi en blanco, se aferra a viejas frases. Van ordenándose, las leídas, inventadas, intuidas; aquéllas pretenciosas, con letras sucintas. Siente el alivio de encontrar en la toga del fantasma, aquello tan deseado. Se incorpora. Se miran. Ahora sabe que alguien custodiará este cadáver. Tonica@ciudad.com.ar
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DANIEL ADRIÁN MADEIRORECUERDOS SOBRE JORGE LUIS BORGES “Sólo
una cosa no hay. Es el olvido”. Everness
– J. L. Borges En 1975, yo trabajaba de cadete en una fábrica de camisas en el barrio de Villa Crespo. El año anterior había egresado del Colegio Nacional “Almafuerte”, situado en la entonces pueblerina localidad de Alejandro Korn, en el sur de la Provincia de Buenos Aires. Allí, a la profesora de castellano que tuve en el segundo ciclo la tratábamos, respetuosamente, llamándola ‘señora de Dubor’. Un día comenzó a hablar sobre el escritor Jorge Luis Borges. Nos dijo que era una de las personas más ilustradas de Argentina y del mundo, que fue director de la Biblioteca Nacional, que había escrito y publicado varios libros de poemas, cuentos, ensayos y otros más en colaboración, y que era un genio al que su propio país no valoraba con justicia. Por ese tiempo, yo escribía algunos poemas y me sentía orgulloso de mi facilidad para componerlos. La voz apasionada de la ‘señora de Dubor’ llenando el aula con el talento de ese escritor inmenso llamado Borges, me enrostró sin saberlo toda mi pequeñez y la inmensidad de conocimientos que me faltaban, si aspiraba a ser como él. Más tarde comprendí que muchos de los dones de los que los hombres gozan o carecen, son obra del destino. No lo digo en el sentido de un encadenamiento de sucesos predeterminados e insalvables en el que no creo. Me refiero a esa innegable influencia del entorno inmediato y del lejano, sobre lo que resultará nuestro futuro. Él y yo, pertenecíamos a mundos distintos, como los de un príncipe y un mendigo, reflejando claramente vivencias disímiles, a veces abrumadoramente opuestas. Borges era descendiente de ilustres antepasados, aprende a leer en inglés antes que en español por influencia de su abuela materna, su adolescencia transcurre en Europa, cursa el bachillerato en Ginebra, Suiza, donde escribe algunos poemas en francés, más tarde entre 1919 y 1921 ya publica poemas y artículos de prensa en España, y luego vuelve a Buenos Aires... y mucho, muchísimo más. Mi infancia y adolescencia, en cambio, es la del hijo de un humilde obrero y una modista. Cualquiera puede calcular las obvias diferencias en lo que a las bondades de la vida se refiere. Nunca llegaría a ser como él. Pero nada me libraba de la obligación de ser el verdadero Daniel Adrián Madeiro que podía ser. Por aquella vehemente exposición de la profesora de castellano, nació mi admiración por la labor de los hombres de la cultura y mi deseo de conocer a Borges. Leí entonces: “Ficciones”, “Para las seis cuerdas”, “El otro, el mismo”, “El informe de Brodie”, “El oro de los tigres”. Había cosas que no comprendía y otras que no conocía. Me maravillaba su copiosa cultura. ¡¿Cómo podía un hombre saber tanto?!. Cuando no entendía lo que leía, no sólo con Borges, también con otros clásicos que son mucho peso para un adolescente solitario, recordaba un consejo atribuido a Erasmo de Rótterdam. Él decía que cuando no comprendemos algo en su primera lectura, es conveniente no encasillarnos en el intento por develarlo. Aconsejaba seguir adelante, afirmando que en la segunda lectura todo sería más claro. Algunas veces, me sirvió. Por ejemplo, no conocer el significado de ‘everness’ no me impidió entender el poema. Sólo recientemente conozco, aunque no con certeza, el significado de esa palabra. Aludiría a lo sempiterno; para el caso del poema a una memoria eterna. Borges era para mí el modelo de escritor, un maestro que me enseñaba cómo había que escribir las cosas. Por un breve tiempo, estúpidamente, procuré escribir como lo haría él. Pronto me percaté que mi lugar era admirarlo y aprovechar su ejemplo. En pocos años yo dejé la adolescencia para comenzar a ser un hombre. Mientras, Borges, estaba más viejo. En ese 1975, cuando yo trabajaba de cadete en una fábrica de camisas, a él le quedaban sólo once años más por vivir. El 24 de agosto, iba a cumplir 76. Poco antes de esa fecha me tomé el trabajo de conseguir su teléfono. Pensé que como se trataba de un hombre sumamente importante no lo ubicaría en la guía. Así fue, no había un teléfono a nombre de Jorge Luis Borges. Pero sí de su madre, Leonor, en el 994 de la calle Maipú donde vivía. Para su cumpleaños lo llamé. Atendió una voz femenina y formal, que presumí sería la señora María Kodama. Me preguntó quién le quería hablar. Dije la verdad: Daniel Madeiro. Por supuesto, él no me conocía. Estaba seguro que me despedirían cortésmente tomándome un mensaje. Yo estaba equivocado. La voz serena y tímida de Jorge Luis Borges resonó del otro lado del teléfono. Me preguntó quién era, le reiteré mi nombre y le dije que era su admirador, que me parecía maravilloso lo que escribía, que yo componía poemas y cuentos y que le agradecía enormemente su atención frente a mi atrevimiento. Me dijo que él no podría verme pero que yo sí, visitándolo en un café de la Galería del Este al que iba a diario y, entonces, escucharía mis escritos. Nunca me animé. Aquella fue una conversación breve pero inolvidable. Sentí, y aún siento, que Borges no era presumido, que era un buen hombre. No me habló desde las alturas. Me trató con respeto, simpleza y sincero agradecimiento por el llamado. ¿Cuántos hombres notables, cultos y extensamente galardonados prestan oídos al llamado telefónico de un desconocido?. Más tarde, en 1980, trabajé como empleado administrativo en el Club Español de Buenos Aires, a una cuadra de la famosa Avenida de Mayo. Allí lo vi, acompañado de María Kodama, brindando una exposición sobre Ricardo Güiraldez en el salón del primer piso. Recuerdo que le bajó la presión y le acerqué un coñac. Tenerlo frente a mí fue maravilloso. Aquel hombre anciano, ciego e indefenso, restableciéndose sobre una silla, era para mí, sin ninguna duda, el escritor más grande de Argentina. No hubo más encuentros. El 14 de junio de 1986, Jorge Luis Borges muere en Ginebra. Me perece importante transcribir el detalle de algunas de sus obras. Borges escribió en poesía: Fervor de Buenos Aires, Luna de enfrente, Cuaderno San Martín, El hacedor, Para las seis cuerdas, El otro, el mismo, Elogio de la sombra, El oro de los tigres, La rosa profunda, La moneda de hierro, Historia de la noche, La cifra, Los conjurados; En ensayo: Inquisiciones, El tamaño de mi esperanza, El idioma de los argentinos, Evaristo Carriego, Discusión, Historia de la eternidad, Aspectos de la poesía gauchesca, Otras inquisiciones, El congreso, Libro de sueños; En cuento: El jardín de los senderos que se bifurcan, Ficciones, El Aleph, La muerte y la brújula, El informe de Brodie, El libro de Arena; y decenas de trabajos con otros autores. En diciembre de 1996 se me ocurrió ponerle música a ocho de sus poemas: “La luna”, “1964 II”, “Edgar Allan Poe”, El suicida”, “Buenos Aires”, “Everness”, “Un patio” y “Milonga de los morenos”, y así lo hice. También me animé a enviarle el casete con los ocho temas y una nota a la sede en Buenos Aires de la Fundación Internacional Jorge Luis Borges. No soy músico profesional ni tampoco un buen cantante, por lo que descuento que, más allá de mis buenas intenciones, las composiciones enviadas no resultaron atrayentes. De todos modos fue una experiencia que me permitió manifestar, a través de la música, mi admiración por Borges. Hoy estoy usando este escrito e Internet, esa “vasta Biblioteca contradictoria” como instrumentos para mi homenaje. "La Biblioteca Total" es un ensayo aparecido en la revista literaria Sur en 1939, donde podemos leer: “Lewis
Carroll... observa en la segunda parte de la extraordinaria novela onírica
Sylvie and Bruno –año 1893- que siendo limitado el número de palabras
que comprende un idioma, lo es asimismo el de sus combinaciones posibles o
sea el de sus libros. “Muy pronto –dice- los literatos no se preguntarán,
‘¿Qué libro escribiré?’, sino ‘¿Cuál libro?’”. Muchos son los que ven en ese ensayo, un anticipo de lo que hoy es Internet. Quizá su final sea el que nos brinde una descripción muy aproximada: “Yo
he procurado rescatar del olvido un horror subalterno: la vasta Biblioteca
contradictoria, cuyos desiertos verticales de libros corren el incesante
albur de cambiarse en otros y que todo lo afirman, lo niegan y lo
confunden como una divinidad que delira”. Sí, Internet es la “vasta Biblioteca contradictoria” que nos obliga a tener con ella la prudencia de los antiguos griegos ante sus coléricos y cambiantes dioses. * * * * * Cuando comencé a escribir este trabajo, no tenía la certeza de lo que diría; sólo sabía que deseaba escribirlo. Siento que necesitaba contar que admiré y admiro a Jorge Luis Borges; que en mi experiencia personal me quedó la certeza de haber conocido a un buen hombre; que en el país donde nací y vivo, Argentina, muchos ven en él sólo un burgués intelectual y ante eso se privan de leer escritos maravillosos; y que estoy seguro que los escritores noveles debemos aprender mucho de él, como de tantos otros grandes. También quiero copiar un poema suyo. Creo que refleja una dolorosa experiencia personal de Borges, una tristeza profundísima que, humildemente, siento que lo acompañó hasta el último de sus días. 1964
II
(de “El otro, el mismo”) Ya
no seré feliz. Tal vez no importa. Hay
tantas otras cosas en el mundo; un
instante cualquiera es más profundo y
diverso que el mar. La vida es corta y
aunque las horas son tan largas, una oscura
maravilla nos acecha, la
muerte, ese otro mar, esa otra flecha que
nos libra del sol y de la luna y
del amor. La dicha que me diste y
me quitaste debe ser borrada; lo
que era todo tiene que ser nada. Sólo
me que el goce de estar triste, esa
vana costumbre que me inclina al
Sur, a cierta calle, a cierta esquina. Cada vez que lo leo, me imagino el apagado rostro de los que jamás lograron abrazar la felicidad. Que te importe ser feliz. Daniel
Adrián Madeiro
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