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Autor: Benjamín Castillo

Título: Arte e inversión

Fecha: Diciembre de 2000

 

El excesivo mercantilismo que nos lleva a considerar que la obra "cotizada" es la obra "buena" acerca al experto en arte a los presupuestos que se suponen vulgares del gran público. La cercanía de estas opiniones desestructuran la relación entre arte y espectador, concebida la obra como un objeto carente de sentido y a su comprador un coleccionista-inversor. La visión del especialista es, cada vez, más coincidente con la del "poco aficionado" que pregunta si una obra es mejor por ser más cotizada. Envueltos en la sinrazón de los precios se olvida la otra función que deberían tener los que desean favorecer el movimiento dentro del arte: la afición y el mecenazgo. Apostar por valores seguros no es mecenazgo, es, simplemente, especulación. Y la especulación siempre se define conservadora; nada más lejos del auténtico sentido que tiene la creación artística. El "inversor" particular actuará según sus criterios respecto a sus bienes, pero se trata de eso solamente. Hacer creer que se favorece al arte con esta actitud es una falacia que imprime al arte el carácter sórdido que vive hoy día.

Respecto a las instituciones, siguen el mismo movimiento que los particulares inversores. Sirviendo de escaparate del propio negocio del arte. Las grandes exposiciones, retrospectivas patrocinadas por las instituciones, fundaciones dedicadas al arte, eventos todos de magnífica textura comercial (producción de catálogos, reseñas, críticas y postales), cumplen así su cometido de difusión de obras, que sin entrar a valorar aquí, se convierten en objetos de marca.

Exigiremos a los artistas que sean valientes, pero la inversión debe asegurarse desde parámetros de rentabilidad.

Finalmente, preguntaremos ¿dónde está la crisis del arte?, o mejor aún, ¿dónde el arte?.

 

 

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