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"En amaneciendo, dio las velas para ir
su camino a buscar las islas que los indios le deción que tenían mucho oro y
de algunas que tenían más oro que tierra; no le hizo tiempo y hobo de tornar
a surgir, y envió la barca a pescar con la red. El señor de aquella tierra,
que tenía un lugar cerca de allí, le envió una grande canoa llena de gente
y en ella un principal criado suyo a rogar al Almirante que fuese con los
navíos a su tierra y que le daría cuanto tuviese. Envióle con aquél un
cinto que, en lugar de bolsa, traía una carátula que tenía dos orejas
grandes de oro de martillo y la lengua y la nariz. Y, como sea esta gente de
muy franco corazón que cuanto le piden dan con la mejor vojuntad del mundo,
les parece que pidiéndoles algo le hacen gran merced: esto dice el Almirante.
Toparon la barca y dieron el cinto a un gumete, y vinieron con su canoa a
bordo de la nao con su embajada. Primero que los entendiese, pasó alguna
parte del día; ni los indios que él traía lo entendían bien, porque tienen
alguna diversidad de vocablos nombres de las cosas. En fin, acabó de
entender por señas su convite. El cual determinó de partir el dominfo para
allá, aunque no solía partir de puerto en domingo, sólo por su devoción y
no por superstición alguna; pero con esperanza, dice él, que aquellos
pueblos han de ser cristianos por la voluntad que muestran y de los Reyes de
Castilla, y porque los tiene ya por suyos y porque le sirvan con amor, les
quiere y trabaja hacer todo placer. Antes que partiese hoy envió seis hombres
a una población muy grande, tres leguas de allí de la parte del Oueste,
porque el señor de ella vino el día pasado al Almirante y dijo que tenía
ciertos pedazos de oro. en llegando allá los cristianos, tomó el señor de
la mano al escribano del Almirante, que era uno de ellos, el cual enviaba el
Almirante para que no consintiese hacer a los demás cosa indebida a los
indios, porque como fuesen tan francos los indios y los epañoles tan
codiciosos y desmedidos, que no les basta que por un cabo de agujeta y aun por
un pedazo de vidrio y de escudilla y por otras cosas de no nada les daban los
indios cuanto querían; pero, aunque sin dalles algo se lo querían todo haber
y tomar, lo que el Almirante siempre prohibía, y aunque también eran muchas
cosas de poco valor, si no era el oro, las que daban a los cristianos; pero el
Almirante, mirando al franco corazón de los indios, que por seis contezuelas
de vidrio darían y daban un pedazo de oro, por eso mandaba que ninguna cosa
se recibiese de ellos que no se les diese algo en pago. Así que tomó por la
mano el señor al escribano y lo llevó a su casa con todo el pueblo, que era
muy grande, que le acompañaba, y les hizo dar de comer, y todos los
indios les taían muchas cosas de algodón labradas y en ovillos hilado.
Después que fue tarde, dioles tres ánsares muy gordas el señor y unos
pedacitos de oro, y vinieron con ellos mucho número de gente y les traían
todas las cosas que allá habían resgatado, y a ellos mismos porfiaban de
traellos a cuestas, y de hecho lo hicieron por algunos ríos y por algunos
lugares lodosos. El Almirante mandó dar al señor algunas cosas, y quedó él
y doda su gente con gran contentamiento, creyendo verdaderamente que había
venido del cielo, y en ver los cristianos se tenían por bienaventurados.
Vinieron este día más de ciento y veinte canoas a los navíos, todas
cargadas de gente, y todos traen algo, especialmente de su pan y pescado y
agua en cantarillos de barro y simientes que son buenas especias: echaban un
grano en una escudilla de agua y bébenla, y decían los indios que consigo
traía el Almirante que era cosa sanísima."
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