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RELATOS

 

 Lágrimas y Cebollas  (Mercedes Villar)

 

Cuando llevaron la primera televisión al pueblo, Adela era ya una mujer madura. Con sus cincuenta y tantos a cuestas, pensaba que no encontraría más sorpresas en lo que le quedaba de vida. Allí, en su valle, en su pueblo, se vivía bien. Podía disfrutar con el trabajo, con la cosecha, con sus hijos cuando las fiestas... Los hijos imitaban a los padres. Seguían sus mismas costumbres. Se casaban, tenían más hijos, cultivaban, cuidaban las vacas. No cambiaba nada de una generación a otra; salvo los yernos, claro. Ahora el único adelanto que esperaba con ilusión era conocer al que se llevaría a su hija.

Cuando llegó la primera televisión fue un acontecimiento. La instalaron en Correos, porque así todo el pueblo podría ir a escucharla y enterarse de las noticias del país. Y qué pequeño se había hecho el país, primero con las carreteras y después con la televisión. Al menos eso era lo que decían todos, incluso Clara, la hija de Adela. Pero para ella, su país seguía siendo su casa, su pueblo, las tierras; todo lo más su pequeña nación llegaba a Lugo y Betanzos, y al Bierzo. El resto, ni fu. Río miño, río miño, miña terra.

La tele fue el mayor intruso de todos los que habían llegado al pueblo. Porque Correos y el teléfono, en fin, aunque al principio desconfiaban de ellos, después se acostumbraron a su compañía y había que reconocer que su servicio se hizo imprescindible para saber tantas cosas de la leche, de las patatas, de las cosechas. Después de todo, las ordeñadoras ayudaban también en el trabajo. Y lo mismo ocurría con Martín "el Castellano", tan forastero, tan arriesgado cuando llegó y construyó el aserradero sin preguntar a nadie; con los años ya Martín era del pueblo. Pero aquel aparato cuadrado, que se fue entrometiendo en cada casa, que no paraba de hablar, pero claro, tampoco permitía que nadie lo hiciera por él; aquel cajón parlante y estridente, que desencajaba donde se le colocara, que traía de cabeza a los chicos y al alcalde y, bien mirado, a todo el pueblo, porque Raimundo "el Prohibido" tuvo que poner en su bar un cartel con letra de molde y con un televisor dibujado donde decía "Prohibido mirarme antes de haber tomado tres chatos" pues como todos quedaban embobados con las chicas de los concursos, nadie hablaba ni bebía, y a Raimundo se le hundía su negocio. El terrible armatoste sería siempre un extranjero. Aunque ahora no quedaba casa ni casucha en el valle sin tele en el sitio de honor, aquel en que siempre estuvo la Chimenea y la Mecedora.

Miña niña, miña niña...

Adela no paraba de recordar la chica de la película. Las cebollas, las cebollas, kilos y kilos de cebollas y de lágrimas. Los restregones, el delantal. Y la chica no soltaba el cuchillo ni un instante; era como una condena, tan guapa y con los ojos hinchados de tanto llorar. El aparato que tanto odiaba quería decirle algo ahora, igual que hacía quince años se lo dijo a su niña, a su Clariña. El mismo día de la película, Clarita cumplía treinta y cuatro años pero no estaba allí, en casa de su madre. Adela pensó en ella todo el día. En realidad, cada día recordaba algún detalle de su pequeña. Cuando aprendió a leer, cuando quería meterse por fuerza en la chimenea. Su niña fue creciendo para comprender que las chimeneas no servían para esconderse, y después para comprobar que no cabía ni de perfil por el tiro, y después para reírse recordando sus cabezonerías.

Y el día del cumpleaños, Adela la recordó con su maleta, su pelo recogido, el abrigo, de pie en el arcén de la carretera esperando el autobús. Lo único que sabía repetirle a su madre era un confiado "no te preocupes, mamá. Ten seguro que si no encuentro otra cosa, podré limpiar las escaleras del edificio de la televisión. ¿No has visto lo alto que es? Seguro que tiene miles de escalones para limpiar" Tantos escalones como ancha era la chimenea. El día de la película, Adela recordó que Clariña odiaba el sabor a cebolla en los guisos; nunca quería recogerlas del huerto, ni comprarlas, le repelían las cebollas y todo olor parecido le repugnaba. Adela, la trabajadora, no solía escuchar los telediarios, y los concursos no le interesaban. Pero sentía una atracción sin igual por las películas. Creía que todo lo que en ellas pasaba tenían algo de verdad. Quizás el director se inspiraba en historias verídicas, o quizás el protagonista sufría intensa y realmente cuando interpretaba o qué sabía ella, pero siempre eran reales. A nadie podía pasarle inadvertida la crueldad del asesino; cuando la chica era guapa, todo el pueblo hablaba de ella; y si por la noche ponían cuentos tiernos de amor ¿quién no soñaba, y reía, y lloraba con ellos, queriendo sufrir con los personajes? En realidad, nadie creía que fueran papeles ajenos a la emoción de quien los contemplaba. En el pueblo, las películas trastornaban mucho más que cualquier otro acontecimiento. En la cabeza de Adela daban vueltas cada uno de los personajes de todas las historias, dialogaban entre ellos, se unían, discutían, a veces había muertos y todo, o castigos... Para Adela todo lo que imaginaba tenía que ocurrir algún día y en alguna parte, porque siempre, siempre, quienes inventaban las historias las tomaban de otras de la realidad.

Y la chica morena y guapa trabajaba todo el día cortando cebollas, con las manos enllagadas, ásperas. El jugo de su cuerpo era pura cebolla. Su marido no podría besarla tranquila y dulcemente con aquel olor incrustado entre sus uñas y su carne.

Clariña, ¿dónde andaría, en qué ciudad, qué comería si no soportaba la cebolla? Era como uno de los personajes que se habían instalado en su cabeza. De repente, aparecía sin pedir permiso charlaba un rato con un oficinista, volvía a desaparecer. Otras veces reñía con Ava Gardner, reía con Audrei y hacía el amor con Robert Redford. Hacía tanto tiempo que Adela no tenía noticias de ella que se conformó con situarla en la vitrina que por momentos se animaba, igual que la televisión al pulsar el botón central. Todos en conexión conocían cada detalle de la convivencia interrumpida según la lógica de su dueña, de Adela. Pero una figura nueva había entrado en la escena, y sin saber exactamente el motivo, la directora preveía una tormenta, un choque frontal; algún elemento estaba empujando a otro de los moradores a que abandonara la hornacina. Demasiados individuos ocupaban un espacio pequeño y acristalado, de forma que desde el exterior parecían planiformes, aplastados. Para Adela eran sin embargo de carne y hueso, bien formados, y Clara entre todos ellos...

¡Clara entre todos ellos!

¡Qué horrible si llegaba a saber...!

Dentro de la galería se había instalado un individuo nuevo, y sólo su olor expulsaría a todos los felices amigos de su niña. Y seguro que Clara ya lo había notado. ¡Siempre tuvo un olfato tan fino, tan sensible! No, no, ya eran demasiados intrusos en el pueblo, demasiados extranjeros. Por ellos, su niña decidió largarse y ni siquiera recordaba el camino de vuelta. La convencieron para abandonar su terra y ahora le estaban imponiendo que dejase a su madre para siempre. No, no, no podía permitir que una guapa que partía cebollas alejase a su Clariña. Tenía que cerrarle la puerta. Todo por su extraña amistad con los protagonistas del cine. Todo por aquella afición, o aquel vicio, a redactar las historias a su antojo, como un esfuerzo por manipular el curso diario que cada cual seguía. Le había sido imposible reinventar su historia, con su pueblo y con su plaza desde los brazos de su madre. Su recreo había sido, por qué no, crear miles y miles de historietas, efímeras, pero que se iban acumulando en sus archivos personales sin clasificar. Su mente había sido el cajón en que toda se mezcla y se encuentra cualquier cosa.

En el cajón se encontraría Clariña con un aroma tan penetrante como para expulsarla. Pero Adela, acostumbrada a pensar y repensar, quería dar con el significado de la escena que tanto la atormentaba. La avisaba de que Clara no podía vivir en paz. No estaba encontrando rosas. Sólo cebollas, aquello que más le desagradaba. Y justo debía pasarse todo el día ocupada en el mismo trabajo. Aunque también podía significar que su ansiedad por trabajar se había quebrado hacia el lado opuesto. O que se subió a una noria de la que no podía bajarse. Estaba claro que necesitaba ayuda, una mano, un beso de su madre aunque ya tuviese treinta y cuatro.

La buscó donde ella le había dicho. Realmente nunca había visto un edificio con más escalones que aquél. Pero no estaban limpios, y eso le dio la primera pista. Llegó al despacho, preguntó y le indicaron. Siguió subiendo, luego bajando hasta el Metro. Tomó uno en cada dirección. Allí donde llegaba, contestaron con evasivas. Ambigüedades. En su valle todo era claro aunque no había sol. Allí no. Ni siquiera veía la cara de quien despachaba los billetes. Y comprendió que todo aquel maremagnum tan ordenado era lo que expulsaba a Clariña, la distanciaba con enredos y la devolvía a su pueblo. Aquel trazado interminable por el suelo y el subsuelo, los subterráneos que eran como los surcos donde crecían las yerbas venenosas. Una inmensa construcción de límites indefinidos, con millones de agujas pinchando la atmósfera. Aquel espectáculo a cámara rápida había cambiado a su Clara desde el primer día cuando pidió un asiento y su ticket. Ahora Clara se había instalado en su madre en la vitrina de personajes desde que filmó para una productora importante un corto papel de campesina que soltaba las mejores y más sentidas lágrimas con su condena a partir cebollas.

 

 

 

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