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RELATOS

 

 La era de la libertad (Antonio Villar)

 

(Extractos de los testimonios recopilados por los psiquiatras

del centro de investigaciones neurológicas de Munich)

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Tengo años, quizá más de los que debiera. He perdido ya la cuenta. Aquí lo único que distingue los días es que, cuando nos despertamos de uno de nuestros descansos, llega un olor como a chocolate caliente, y si fuera por este olor, diría que lo hacen con los residuos industriales de la megalópolis. Descanso, para eso sí hay tiempo aquí. De las 18 horas (no sé a cuánto equivalen en el exterior, pero son 18 las sirenas que suenan entre un chocolate y el siguiente), casi todos pasamos 10 ó 12 durmiendo. Pero no se confundan: sólo dormimos. Jamás soñamos. Nos han arrebatado ese privilegio. Debíamos ser perfectos y no lo fuimos. Nos lo recuerdan a cada instante unos carteles que a modo de cenefa adornan los pasillos. Estamos todos retratados. Yo soy uno de los pocos que me he encontrado. Estoy en el área g, en el pasillo 2-15, frente a la puerta AgMTh. Ahí arriba, en esa serpiente de símbolos, estoy yo. 16 letras, ése soy yo. 16 letras y un fallo genético:

"C [cromosoma]16aG[gen]X23907=AGCCG*[en lugar de]TGATC"

Cuatro moléculas, apenas un ojo más claro que otro, y me rechazaron. Ya no era, no podía ser, su hijo. Sólo porque un técnico de laboratorio calentó un minuto más mi reacción redox. Nadie me ha enseñado nunca una foto de mis "padres". En realidad, nunca he conocido nada del mundo fuera de estas infinitas paredes. Quizá, a ciencia cierta (¡paradójica expresión!), no exista un mundo fuera de este laboratorio. Puede que todo sea una gran ilusión. Así los que mandan siguen mandando. Así los que sufren siguen sufriendo. Yo ya he pasado a un estado de seudoinconsciencia. Al principio, luchaba por que me consideraran persona. Hoy ya he descartado esa posibilidad. Nadie sabe lo suficiente. Todos siguen las normas que nadie escribió. Es inútil la revolución. Soy el mayor de quienes viven aquí. Mejor dicho, de quienes conozco de los que vegetan aquí. Al menos de los "defectuosos". Porque en esta retícula de pasillos y zulos también vegetan científicos. Aunque ya no experimentan. Sólo pueden observar. Cumplen también su castigo. Los declararon "peligrosos para la sociedad y la ciencia". Bert se llama mi dios personal imperfecto. Me han contado que yo fui uno de los primeros "niños a la carta". Mi génesis costaba unos 6 millones de € (aunque no sé qué significa eso). Tuvieron muchos problemas para que yo naciera. Pero mis padres lucharon por mí. Tenían derecho a eso. Era su hijo. ¿Quién iba a decir cómo tenía que ser el fruto de su amor? Querían que yo tuviera todas las posibilidades que a ellos les negó la nauraleza. Eran libres de escoger al hijo que querían. ¿En qué clase de Estado de bienestar vivirían entonces?. Además, evitaban cualquier enfermedad que pudiera contraer. Y mientras ellos se pateaban los laboratorios clandestinos y soñaban con un hijo modélico, en las esferas políticas se autorizó la clonación y la transgenización humana, amparándose en el bien social que comportaría una generación de niños superdotados física y síquicamente. Se quedaron en el primer escalón de pensamiento. O a lo mejor no. A lo mejor debatieron (sin que los medios lo comunicaran) lo útil que sería una generación completamente estúpida, comandada por los oligarcas, una generación incapaz incluso de advertir su esclavitud. Por suerte, conmigo tuvieron un error. Esas cuatro moléculas me han dado también la imaginación. Aunque me hayan robado los sueños, pienso libremente. Y eso me consuela, a pesar de que una sirena me recuerda que debo volver a la fábrica de procesadores internos.

 

 

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Soy un hombre eminentemente de ciencias, más concretamente de Biología. Pero según los test soy un hombre eminentemente torpe. Por eso acepté este trabajo. Yo iba a contribuir a la ciencia, aunque mi coeficiente intelectual estuviera por debajo de la media. Al fin y al cabo, soy libre de hacer con mi vida lo que mejor me parezca, más aún si con ello aporto algo al progreso de la humanidad. Además, era sencillo hasta para mí. Sólo tenía que hacer un circuito, inyectarme una solución y repetirlo; durante días y días. Al final de cada etapa, una especie de puzzle chino espera que lo resuelva. Este proyecto surgió cuando uno de los científicos leyó una frase que le dejó perplejo. Decía algo así como: "Si el cerebro del ser humano fuese tan sencillo que lo pudiéramos entender, entonces seríamos tan estúpidos que tampoco lo entenderíamos". Según cuenta, se llevó varios días pensando, hasta que le sacó un lado práctico: si pudiéramos simplificar el cerebro de un solo hombre, podríamos analizarlo y comprender al menos las bases de su funcionamiento. Después, se podría experimentar con otras zonas, y magnificar las conclusiones. Por supuesto, tuve que mentir a mis padres. Ellos creen que los científicos que me rodean están buscando una solución a mi problema. En realidad, estoy agravando mi problema para buscarles a mis padres una solución. No me arrepiento de haber tomado esta decisión. Quizá cuando salga sea incapaz de recordar nada, de distinguir lo que me conviene, de apreciar el valor de las cosas, pero es igual, porque también seré incapaz de ponerme nostálgico, de tomar una decisión (aunque no creo que nadie me dé nada a elegir), de disfrutar de la belleza de lo cotidiano. No importa, todo eso es un precio pequeño para mí. No se preocupe, esto terminará algún día. Si pudiera hablar entonces, gritaría a todos que hice siempre lo que quise, que nadie escogió el camino por mí. Cuando todos hayan creído que no realicé mi sueño, publique esta declaración: así se darán cuenta de todo lo que hice por vivir para la ciencia, y a lo mejor mi sacrificio sirve para demostrarles que no pueden medir la inteligencia con reglas, fórmulas y preguntas para subnormales.

 

 

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Pasen. Siéntense, por favor. Disculpen que les reciba de este modo, pero es vital para la empresa que continúe con estos formularios. De todas formas, se trataba de analizar mi vida, ¿no?; pues que mejor forma que viéndola en directo. Sí, yo también pienso que merezco un descanso, pero aunque soy imprescindible en la Compañía (con lo que podría presionar a la Directiva), si dejara este trabajo no encontraría otro. Son las cosas de la supresión del desempleo. Además, aquí nadie es imprescindible. Cuando un empleado se suicida (antes lo llamaban morir, viene a ser lo mismo), se reestructuran los horarios. Recuerdo cómo empezó todo esto, cada vez que respiro resuena en mi inconsciencia alguno de los discursos de la Directiva. La idea era bien sencilla. Con discreción, rozando la subliminalidad, se le iba creando a la población la necesidad de algún producto. Todo esto sin que actuase la publicidad. Poco después, se lanzaba el producto, para el que ya teníamos un mercado seguro. Pero a pesar de que fuimos optimistas, las previsiones se nos desbordaron. La Directiva nos felicitó, y a la par nos advirtió: no era permisible, dada la gran inversión que habían realizado, perder todos esos clientes. Así que nos vimos obligados a trabajar horas extra. Bien pagadas, eso sí. Al tiempo, decidieron sacar un nuevo producto. Para prepararlo necesitaban nuevos empleados, pero como ya se había suprimido el desempleo friccional, se vieron obligados a subirnos el sueldo a cambio de aceptar "una nueva distribución de la jornada laboral". A la mayoría, por no decir a todos, nos vino bastante bien. Las subastas por internet dominaban todo el comercio, y habían hecho desaparecer el sistema pecuniario, esa reminiscencia que aún nos unía con la Antigüedad. Los precios superaban las cotas de la barbarie. Sin embargo, todavía hay algo que me empuja a seguir. Aunque quizá toda la sociedad esté en la misma situación que yo, sin apenas tiempo para terminar el trabajo, y sin tiempo ninguno para hacer otra cosa distinta de trabajar. Pero la idea de que mucha gente esté esforzándose por hacerme la vida más cómoda, si bien no puedo disfrutarla, me hace sentir que les debo algo más que el dinero que les transfiero.

 

 

 

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