enero
2003
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apuntes

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Lugares comunes a la Pintura (tercera parte: la Obra) |
Por Benjamín Castillo.
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La obra de arte permanece inmóvil. Ejecutada desde su tiempo. Abierta a la mirada, a la exposición de su íntima existencia frente a nosotros. Mientras buscamos una explicación al fenómeno material de esa concreción de una realidad conceptual del objeto permanecemos escudriñando los resquicios que el artista ha dejado para interpretar sus claves. Sin embargo, no hay nada que descubrir. Una obra de arte es todo menos una adivinanza que hay que acertar. Desde su trozo de real irrealidad la superficie y la materia expone en sí un orden distinto al conocido rex extensa, mundo aparte de la conciencia. Porque la obra de arte ¿a qué mundo pertenece?¿al externo a la conciencia y que vemos como algo incógnito y desconocido y siempre estudiable desde nuestra gran red para cazar fenómenos comprobables y darles nombre y una adecuada causalidad? ¿o mas bien la obra de arte se inscribe en el mundo de la conciencia interna, en el ego insospechado y críptico de cada creador como extensión de su pensamiento sin llegar a ser nunca un objeto totalmente material? Y en este caso, ¿como es la obra, un producto subjetivo o forma parte de un colectivo cultural, de una superconciencia que se extiende sobre nosotros? Estas preguntas son las propias respuestas. La obra no se plantea como necesidad de analizar el mundo como en el caso de la ciencia, como tampoco surge de la necesidad de cuestionar la realidad para explicitarla en una cadena de causalidades. La obra de arte desvela el sentido de la realidad, la relación del hombre con la materia en una conjunción perfecta de lo que es la labor humana sobre este mundo que a veces nos resulta asombroso: es el acto sumo de la labor de los humanos, es para lo que hemos venido al mundo. En la obra de arte nos encontramos interactuando con la materia, no haciéndonos preguntas sobre ella, sino transformándola en lo que tiene de expresión nuestra propia existencia. |
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