enero
2003
portada
relatos

MARCO PICOS SOL
|
Sea, pues, para
empezar..... Comenzaba
de este modo la lección. Cincuenta niños, sentaban los apuntes, los
libros, los esquemas. Y trataban mucho tiempo en apreciar la escritura
senoidal y pesada, del profesor en su silla. No se levantaba nunca
para seguir, y esto conducía a unos giros de las líneas, que se
escondían, parecía, hacia el fondo de la pizarra. Y por eso, en la
esquina superior derecha, una firma de un antiguo alumno, permanecía
inmóvil, habiendo visto pasar, debajo suyo, lecciones de gramática,
filosofía, matemáticas, música. Las líneas, desde un principio
rectas, al momento sentían el peso y caían hacia abajo. Y no se sabe
a ciencia cierta, en qué momento preciso la linea empieza a sufrir
esas fuerzas verticales. Muchos, señalando dónde comenzaba la caída,
coincidían en una zona precisa, pero ninguno podía discutir con el
de al lado, ¿es aquí?. O bien podría ser aquí. Decía, que todo es lo
mismo que en la pizarra quedara escrito. Porque desde el momento
mismo, no sé cuál, comienza la caída. Las líneas de la pizarra. En
un momento que nadie conoce, diferente para todos, pero que a todos
nos concierne, en ese momento, la línea empieza a sentir hacia abajo
un tremendo peso. Y si bien podría haber seguido recta, hasta el otro
extremo de la pizarra, para comenzar de nuevo desde el principio,
justo debajo de la anterior, no ocurre así. Hay un preciso momento en
que empieza a conducirse como movida por un invisible imán, hacia
abajo, y aunque se intente, cualquier esfuerzo solo acentúa el
movimiento, que se hace mucho más pendiente, hasta acabar en el borde
de la pizarra. Y en la caída, cuando nos
damos cuenta de que nuestro trazo no es recto, que la tiza en la
pizarra ha tomado ya costumbre de moverse en vertical, entonces nos
damos cuenta. ¿Qué ocurre?, ¿por qué no puedo escribir derecho y
lineal?. Y queda atrás, en el olvido, la escritura pausada y bien
formada del principio. Entonces no nos dimos cuenta de su trazo tan
perfecto, de su cadencia y su buen ritmo. Solo ahora, cuando
contemplamos sin remedio cómo nuestra escritura se hace deforme e
irregular, y muchas veces ilegible, solo entonces volvemos la vista
hacia el comienzo de la línea, y nos preguntamos ¿por qué no puedo
escribir como entonces?. Y admiramos la belleza de los signos con que
empezamos, y nos decimos al final con sinceridad, que aquello es
imposible que vuelva en nuestro trazo. Y al final, resignados,
asumimos, viendo los demás trazos, que así tal como sucede, es como
se debe escribir. Con
una firma de un antiguo alumno, en la esquina superior de la pizarra,
inmóvil, inalcanzable. Y
cuando vemos la pizarra vacía, y una joven mano que coge una tiza.
Cuando vemos que con dificultad comienza la primera mayúscula de la
primera palabra de su primera línea. Nos damos cuenta de qué es lo
que sucederá, también para el joven escritor. Pero no podemos
aconsejarle, no podemos guiarle, marcar con una línea perfectamente
paralela por encima de la que escribir. Sólo podemos observar, y
darnos cuenta, antes que él, del fatídico momento en que abandona el
trazo recto, y comienza a girar levemente. Y las aes ya no son aes, y
las bes no son bes, pierden importancia frente al movimiento vertical,
frente a la caída que todo lo domina. Y en un momento dado, cansada
la mano de escribir, el joven, no habiendo hasta entonces levantado la
vista para releer lo que había escrito, de lo primero que se da
cuenta al distanciarse un poco de la pizarra, no es ni del contenido
ni de las formas conque ha escrito, sino de una linea, una linea
blanca sobre un fondo verde oscuro, una linea que comienza recta, pero
en un momento dado que nadie puede señalar, tiende a doblarse hacia
abajo, y a partir de entonces.... Y nos mira, se gira y nos pregunta,
a nosotros que ya hemos escrito muchas líneas, ¿por qué ocurre
esto?. Y no sabemos qué decirle. Se ha de resignar a continuar
escribiendo, aun sabiendo que esa pendiente no conduce a ningún
sitio, más que al borde de la pizarra, a partir del cual no se puede
escribir. Y el contenido de lo que escribe, si era una historia de
amor, si era un cuento fantástico, no importa, pues en su trazo, en
su mente y en su corazón, solo cabe esperar con miedo el momento en
que la tiza tropiece con el borde, metálico y frío de la pizarra, a
partir del cual nadie sabe cómo escribir.
|
![]()
Envíanos tu Relato