Benjamín Castillo.
Arte y conocimiento
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En la actual
vorágine que nos envuelve, el panorama vacío del sinsentido se
configura como una excusa perfecta para la creación de una nueva
cultura. Los puntos de vista más heterogéneos acerca del sentido de
la existencia tras el descalabro del 11 de septiembre, tras la venta
de imágenes que atenazan los corazones y arrastran cuanto encuentran
a su paso hacia el mayor de los escepticismos, sin remisión para el
ser humano, cubierto de cenizas como aquellos bomberos que salían de
entre el polvo como espectros o aquellos cuerpos que en el desierto
afgano eran el previsto resultado de las bombas inteligentes -lo
único inteligente que debe quedarnos-, después de esto y de la
desolación que supone el ver que no existe un dios que imparta la
justicia necesaria aquí en la tierra, será necesario empezar a creer
que algo falla en este estado de cosas que venimos propugnando como
cultura mundial. Nietzsche, ya propugnaba la creación de una cultura que contuviera en sí la imagen sublime que el arte podía desarrollar desde su posición privilegiada sobre la religión y la ciencia. O mejor aún, la capacidad que el mismo arte posee para generar una nueva base, esta vez, sólida y unificadora de lo que la ciencia y el pensamiento tradicional no podían resolver sin acudir al cáliz de las falsas verdades, de "las soluciones para todo", de la moral como dogma, de lo correcto según las teorías o las teologías. Es hora de superar esta calamitosa fase de anunciar la venida de un nuevo orden mundial sin haber terminado de ajustar las cuentas al antiguo. No. No estamos avanzando sobre nuestras viejas creencias. La ciencia, sustituta de la religión, no es una tabla que ofrezca la salvación a nuestro naufragio. No es suficiente. Deberíamos aprender de la visión del arte, con su asunción plena de la apariencia del mundo, de su antidogmatismo respecto a las "verdades universales", deberíamos aprender a vivir con la constancia de que las "verdades reveladas y las descubiertas" no son lo que prometían ser y que la moral y la ética no tienen tanto que ver con los tubos de ensayo -útiles para la vida práctica- como con la disposición de creer en nuestro potencial como seres capaces de crear, capaces de inaugurar épocas, capaces de superar con nuestros lenguajes metafóricos (artísticos) las interpretaciones más dogmáticas y radicales, aunque creamos que poseemos la verdad, la única verdad. Para ello nada más sugestivo que observar la apariencia de las cosas y frenar tanta infructuosa búsqueda de la cosa en sí, resíduo del ser falsamente moral que fuimos. En ello tendremos que aprender del arte como forma de conocimiento, como capacidad creadora de nuevos órdenes, sin la necesidad de ser una solución para todo pero con el potencial de crear esperanza para los herederos de la tierra. El arte nos recuerda constantemente que somos seres especialmente dotados para la creación, más allá del descubrimiento, hechos para el invento, sin necesidad de acudir a viejas tablas que ya ni siquiera flotan. |
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