febrero/marzo 2003
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apuntes

El valle del Deseo

Por Benjamín Castillo.

Desde un remoto tiempo en que las amapolas crecen por simple irrigación de las ganas se elevan sobre el horizonte la suave perspectiva aérea de un acueducto de oscuros contornos del deseo y el frío amparo del pensamiento que brinda la aurora. Días despejados de dudas y mares de vuelta que dejan en la orilla de los brazos el perfume irisado de una sonrisa cómplice y acabada. Traza la nave el surco blanco y espumoso de un acontecer siempre renovado de olas que traen en la cresta el blanco sabor de la sal y con ojos entornados se siente en los labios pasar de una vez por siempre el inefable sentido del acontecer. Color y lápices en punta roma que blandos sobre el papel se deshacen y menguan cuanto crece la idea y el brillante trono de lo dicho. Soliloquio en compañía de un atropellado sentir que ansía el ventisquero de la palabra compartida, del susurro anhelante de respuesta.

Casi en medio de todo se alza la columna fértil del peso de tu mármol y el resquicio abierto de una palabra que sin ser más que un sonido no es menos que una promesa. Lisa piel sin resquicios, al aire y al plomo de mis manos espesas y torpes, lanza el desafío de saber que la batalla está perdida entre las adormecidas agujas de los pinos estrellados sobre el cielo verde vejiga extasiado del verano.

¿A dónde iremos?¿Cómo nos guiaremos envueltos en tanta claridad? Las caracolas soplan nuestro destino deshaciendo la frágil matemática de los cálculos infinitesimales. Extrema y azul delante de nuestros ojos ávidos de rastros se alza impasible la vega asentada de milenios en la epidermis de los deseos.

Espera y veremos cantar en el valle de la tarde la gracia resurrecta del viento sobre nuestras frentes. 


 

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