febrero/marzo
2003
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relatos

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“El habano
que se fuma solo” Sábado: por la
mañana hago la pasadita. Son unos veinte minutos de la repetida
charla mañanera. Si la
interlocutora no fuera mujer, esta historia carecería de sentido.
Aunque su género no la convierta automáticamente en inteligente,
ella cruza con holgura el umbral del coeficiente medio. Mujer de
cuello largo y ojos despabilados.
Enamora por igual a jóvenes y viejos, a ascetas y sibaritas.
Quién habrá sido quien la introdujo en el mundo de los
cigarros. Creo adivinar su puerta de entrada:
a través del sentido que pone en contacto directo e instantáneo
a nuestro cerebro con lo que nos rodea. La única parte del cuerpo
humano donde el cerebro se asoma a nuestros afueras. Es como si parte
de nuestra materia gris pujara por traspasar los arbitrarios límites
de nuestras inveteradas anatomías. Los aromas de la cigarrería más
tradicional de Rosario me atraen con la fuerza de un gigantesco imán
oxidado. No puedo
sustraerme de mirar a través del vidrio que deforma
los rectángulos de cuidada geometría de los exhibidores
donde se estacionan los prometedores cigarros. Cuando la señora
de cuello largo y de sonrisa apenas insinuada, levanta la tapa para
sacar los cigarros, un olor descuidado, profundo y salvaje, busca con
desdén mis dispuestas fosas nasales. En un escaque sin cigarros,
crece sábado a sábado, una
disciplinada cantidad de ceniza en busca de un cigarro que la
justifique. Domingo: Hoy es
día de biblia. El dolor nos ayuda a reconstruir la realidad, haciendo
añicos tanta estupidez peregrina. Siento dolor por la gente que vive
con dignidad aún cuando esté condenada por los mercados. El mágico
libro de Salomón asegura (a una humanidad desprevenida) que nadie le
garantiza al poderoso que de él será la victoria en la guerra. Ni,
mucho menos, al indefenso, que jamás abdicará de su gesta, agregaría
yo. La guerra nunca da vencedores, da asco y resentimientos. Él no es
la excepción, mientras arma el centésimo cigarro, reflexiona:
“Mira chico”, se dice, “tanto placer, tanto aroma alucinante en
mis manos” El tabaco,
entre otras cosas, hace sentir rebeldía. Y, él, deslizando los dedos
índice y medio de cada una de sus impacientes manos, le va quitando
resistencia a la materia para metérsela en sus venas. Amasa con
lujuriosa habilidad, tabaco y rebeldía; el primero lo sostiene, la
segunda lo transporta. El primero es materia, la segunda, por ahora,
ilusión. O sea: acorta
el aura de los reflejos indecorosos, tritura la alcurnia de una planta
que se jacta de haber conquistado al mundo. Le agrega la magia. La
hoja que humeará reflejos de soles, delineando figuras
pasajeras, no deja de girar en los dedos gigantes de quien
hace, desde siempre, los cigarros “ a mano”. Nunca verdad más
satisfecha. Estira el
verano su lengua de fuego, húmeda y resignada sobre villas y
personas, sobre caminos y hojas las que, vueltas cigarros, enarbolarán
volutas de contornos sombreados,
figuras, finesas, fintas: el goce. Estética augural y
bienvenida. Es la fiebre indolora del trópico. La deshora.
La que devolverá los brazos,
y la rítmica respiración que el espanto ha espantado. Cuando joven,
el tabaco refriega su esencia en las manos de palmas hábiles y dorsos
gastados de cubanas y cubanos; y emite sones: “songorocoson”; y
quejas estentóreas, y el desenfreno pueril de quien se siente
descubierto. Desde siempre clama por la pedagoga valentía de Martí.
Y el golpeteo rítmico de Guillén. La vida. Día de semana;
cualquiera, menos sábado
y domingo: Al fumarlo se deslizan por mi memoria la sal de aquellos
dedos, las deudas de sus deudos, la pena del indolente y la resignación
del esclavo. La pavonería indecente del capanga. La indiferencia del
juez. La ausencia del fiscal. La abdicación de los justos. La espera
de los camaradas. La indecencia del bloqueo. Ya no habrá
gesta. Sólo rezongos. Sonidos
rebeldes: “songorocoson”. Y yo que creía
que bastaba con fumarlo. Un día
cualquiera, mucho antes de esta fecha arbitraria:
“...estábamos hablando de la relación entre las mujeres y
el tabaco...” -
“...se remonta a la época de la reina Isabel. No de Isabel
II, sino de Isabel I, Isabelita...¿Conocen a Walter Raleigh?” -
“...el que tapó el charco con su capa...” -
“Ése. Fue el que llevó el tabaco a Inglaterra. Como era el
favorito de la reina, el tabaco se puso rápidamente de moda en la
corte. Isabel I fumaba bastante con Sir Walter...” (reflejo de
consabidas ironías). Provocador,
Sir Walter, hizo una apuesta. Él era muy pícaro. Apostó a que podría
pesar el humo.” -
“Es imposible. Es como pesar el aire.” -
“Es como pesar el alma...” -
“...eso. Es como pesar el alma...Sir Walter pesó, primero,
el habano que iba a fumar. Después fue poniendo las cenizas sobre el
platillo de la balanza, por último, depositó la colilla de su
habano. A la suma obtenida le restó el peso del habano. Era el peso
del humo.” (Diálogo entre Auggie, Paul y un par de parroquianos que
frecuentaban el negocio de Auggie en Nueva York, donde se desarrolla
la historia escrita por Auster y filmada por Wang quien la llamó
Cigarros). Siempre creí
que era, sólo, cuestión de fumarlos. Atento a las formas rebeldes de
la ceniza. Y al humo insidioso que perfora los sentidos. Y se
inmiscuye en las ropas y en nuestras sienes. Y se esconde en los
rincones remotos de nuestras cabelleras. Veo en la
ceniza el negativo del habano. En el humo, al espíritu del tabaco. A
la ceniza la hace tambalear cualquier brisa. El
humo tiene su peso. La ceniza es
indiscreta. El humo, su letanía...
los huesos del ché
golpetean en la cajita
lustrada
recorren toda la Isla
hasta
Santa Clara
Estribillo: De
lejos se ve a Martí, Guillén,
Sandino, Neruda, de
cerca uno cree ver nuestras
vergüenzas desnudas. (Bis) Lo
que sí es curioso, al menos, es ver cómo se fuman a sí mismos;
solos: se infligen su consabido ritual en la caja de madera. Un
cajita. Como la que llevaba por los caminos de Cuba a las
“cenizas” del Che. ¿Sabían,
Uds.? Lo balearon en la selva boliviana. Estaba descansando mientras
fumaba uno de “sus” puros. El
habano lo sostenía, mientras
su empecinada memoria transfiguraba en osadía su última ilusión. Cayó
él, primero. Y, apenas un instante
después, sin dejar de
dar volteretas en el aire, al
costado de su mano recién muerta, su último habano. Desdoblándose
en humo viruteaba conos casi perfectos de cenizas. Cubos sinuosos,
y huecos. Livianos. Indefensos. Víctimas de cualquier brisa,
el viento los hizo viajar kilómetros y kilómetros para yacer, hoy, sábado,
en el exhibidor de habanos de la cigarrería más clásica de Rosario.
Cerca, muy cerca, de donde naciera el Ché hace unos cuantos años. Es,
sólo, cuestión de fumarlos. Aunque la ceniza ayuda a capturar
presencia. Y
el humo tenga su peso exacto.
Antonio
Capriotti
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"La
manzana" Ya
puedo ahora describir en detalle, sin menospreciar palabra alguna, que
todas las que ponga de aquí en adelante, harán buen cumplimiento a su
llamada, dejando caer en el entresueño este que siempre ha sido el leer,
el sentimiento sencillo de un hombre, claro, pues sordo y ciego, parece
excusa. Pero su actitud en ese breve instante de la comida, esos
movimientos sin final y queriendo prolongarse, todo eso lo quiero
escribir, si cabe, sobre el suceso que, hoy siendo de mañana, acució en
una cocina de mi casa hace nada, por lo pronto. Por
lo pronto digamos así, para empezar, y dejar claras nuestras intenciones,
para empezar de un modo ordenado, pues es natural en tal signo llevar una
cadencia, un ritmo y una falta de precipitación necesaria, aunque no había
de preciarse necesaria tal, para ahora questo escribo. Es el comienzo
necesario y prudente, ahora que nadie nos escucha, ¿es prudente saber su
nombre?. Yo por mí, pudiera bien decirlo, hallar ahora el momento preciso
de comunicarlo a ustedes en una palabra que empieza por mayúscula. O quizás,
como muchos podrían adivinar ahora y por delante, la estructura global
del texto que aquí presento, no más empezando por el nombre y después
la descripción, podría muy bien ser siniestro, y empezar al revés,
acudir en un momento primo a la descripción de tal ser singular, y después,
conocido el por qué y el cómo, nombrar con estas siete letras, una de
ellas, dicho, mayúscula, un nombre que complete el rostro de este sin par
sujeto que aquí se porta. Podríamos,
sin duda, atender a comentarios de estructura y con placer escuchar
posibles variaciones sobre el modo de atacar con la escritura una
descripción certera y apuntada sobre el pobre hombre del cual quiero
escribir. Y más, podría más ser tal discusión y calamidad un motivo
suficiente, necesario al escribir, para hacer ver y percibir la necesidad
de que el orden, la mesura y lo comedido en un pequeño pasatiempo sean ya
de por sí suficiente motivo, no interesado, para escribir, o siquiera
conmover en una página a alguien, por el sentimiento que este hombre del
cual suyo nombre no he nombrado, despierta en mí. ¡¡Qué odio sin fin
descubre mi alma en mí, cuando oigo su nombre, e incluso ahora que lo
quiero describir!! Pero
es bueno el intentar descubrir poco a poco que en nuestras capacidades, de
las cuales a veces no nos damos cuenta, podemos con claridad concurrir en
tan pequeño espacio los signos, emblemas, palabras, y documentos
necesarios para organizar en un medio y un palmo una breve discusión, o
descripción como se llame, para llevar en leve armonía si puedo, un
texto así de corto para tal grande persona que no cabe en ningún sitio. Y
lo digo, porque haciendo un ruido bien grande, qué ruido bien grande, dió
con su apariencia en la cocina. Se presentó de dos formas que no pensé
nunca podrían darse juntas en una sola persona, la forma del sinsentido,
pues no escuchó ni dio cabida, lugar en su conciencia, que otra persona
quería pasar, persona que vió cómo la puerta abanicó en breve y se
cerró en sus narices, y no vale queja, no vale disculpa, no vale
comentario..., es que de allí crece el sentimiento de que la forma del
sinsentido pues, pues es asi sólo para él. Y la otra forma no me acuerdo
muy bien, pero quizás lo recuerde esbozando otro modo, en el que cogí yo
una manzana. Puede el lector asumir en esto un descanso, y sí lo parece o
aparente, pero yo creo que completa con claro, que es el contraste de
forma y sentido, entre lo quél hace y lo que yo hago. Sea,
pues, así para empezar, una manzana. Al
principio no lo parece, y si con los ojos cerrados hiciéramos de la pequeña
angustia la atención al tacto, al olor y al resto de sentidos, observaríamos
que se presenta en poco de tiempo al sentido, un breve objeto opaco. Y al
tacto es al principio, creo. Al abrir con cuidado los ojos, vemos en
delante nuestro, si apartamos bien hecho el hecho los demás sentidos de
lo demás del sitio,
que es presente ante nuestro un objeto minuscular, pequeño si
puede, esférico por un extremo y del otro un cabo. Y si aventuramos en
breve mover una mano hacia la manzana, y la ponemos por debajo sobre una
palma, y la amañamos entonces, da lugar el suceso que realmente quería dél
escribir ahora. Y
es que se vuelve, aunque al principio no podría concluir si es buena
medida el decirlo, se vuelve el todo en un breve espacio allí delante.
Por un extremo y hasta el otro, se vuelve el todo una mano, para, en
breve, ser de nuevo una manzana, y de nuevo una mano, y al cabo por
siguiente la manzana, y la misma de antes, aunque podríamos discutirlo. Y
si movemos un poco hacia un lado, se vuelve de nuevo lo mismo, se presenta
distinto, pero conseguimos atinar que el ciclo antes dicho, es de nuevo
medido de la misma forma. Primero una mano aparece a los sentidos, y después
y sin llegar avisado, la mano se vuelve manzana, para luego, cuando no se
espera que sea pronto, vuelve la mano del otro cabo. En este pensamiento
único me quedo. Y es que la conjunción que aquí se ha presentado, no es
en ningún modo provocada por lo que yo había hecho. Yo no prentendo
hacer de aquello un ciclo de esta forma, pero no puedo de otra forma que
presentando ese movimiento, coger la manzana. Los dedos, que bien pudieran
ser pródigos al intrusismo, y volverse necios y orgullosos por su acción,
se ven de esa forma interpelados por cuatro espacios de manzana, y deben
convivir con ellos, y primero va la mano, para luego concluir en un
comienzo de manzana, que continúa por un tiempo, para luego regresar a la
mano por el otro extremo. Toda acción que realicemos, no puede para nada
desentrañar la relación que había comenzado, relación ya para siempre
imposible de contener, y primero va la mano, para luego concluir en un
comienzo de manzana, que continúa por un tiempo, para luego regresar a la
mano por el otro extremo, y entonces va la mano, para luego concluir en un
comienzo de manzana, que continúa por un tiempo, para luego concluir en
un comienzo de manzana, que continúa por un tiempo, para luego regresar a
la mano por el otro extremo, y entonces va la mano... |
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