febrero/marzo 2003
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relatos

ANTONIO CAPRIOTTI

JAVIER VERDEJO PINOCHET

MARCO PICOS SOL

 

Antonio Capriotti

“El habano que se fuma solo”

 

Sábado: por la mañana hago la pasadita. Son unos veinte minutos de la repetida charla mañanera.  Si la interlocutora no fuera mujer, esta historia carecería de sentido. Aunque su género no la convierta automáticamente en inteligente, ella cruza con holgura el umbral del coeficiente medio. Mujer de cuello largo y ojos despabilados.  Enamora por igual a jóvenes y viejos, a ascetas y sibaritas.  Quién habrá sido quien la introdujo en el mundo de los cigarros. Creo adivinar su puerta de entrada:  a través del sentido que pone en contacto directo e instantáneo a nuestro cerebro con lo que nos rodea. La única parte del cuerpo humano donde el cerebro se asoma a nuestros afueras. Es como si parte de nuestra materia gris pujara por traspasar los arbitrarios límites de nuestras inveteradas anatomías. Los aromas de la cigarrería más tradicional de Rosario me atraen con la fuerza de un gigantesco imán oxidado.

No puedo sustraerme de mirar a través del vidrio que deforma  los rectángulos de cuidada geometría de los exhibidores  donde se estacionan los prometedores cigarros. Cuando la señora de cuello largo y de sonrisa apenas insinuada, levanta la tapa para sacar los cigarros, un olor descuidado, profundo y salvaje, busca con desdén mis dispuestas fosas nasales. En un escaque sin cigarros, crece sábado a sábado,  una disciplinada cantidad de ceniza en busca de un cigarro que la justifique.

 

Domingo: Hoy es día de biblia. El dolor nos ayuda a reconstruir la realidad, haciendo añicos tanta estupidez peregrina. Siento dolor por la gente que vive con dignidad aún cuando esté condenada por los mercados. El mágico libro de Salomón asegura (a una humanidad desprevenida) que nadie le garantiza al poderoso que de él será la victoria en la guerra. Ni, mucho menos, al indefenso, que jamás abdicará de su gesta, agregaría yo. La guerra nunca da vencedores, da asco y resentimientos. Él no es la excepción, mientras arma el centésimo cigarro, reflexiona: “Mira chico”, se dice, “tanto placer, tanto aroma alucinante en mis manos”  El tabaco, entre otras cosas, hace sentir rebeldía. Y, él, deslizando los dedos índice y medio de cada una de sus impacientes manos, le va quitando resistencia a la materia para metérsela en sus venas. Amasa con lujuriosa habilidad, tabaco y rebeldía; el primero lo sostiene, la segunda lo transporta. El primero es materia, la segunda, por ahora, ilusión. O sea:  acorta el aura de los reflejos indecorosos, tritura la alcurnia de una planta que se jacta de haber conquistado al mundo. Le agrega la magia. La hoja que humeará reflejos de soles, delineando figuras  pasajeras, no deja de girar en los dedos gigantes de quien hace, desde siempre, los cigarros “ a mano”. Nunca verdad más satisfecha.

Estira el verano su lengua de fuego, húmeda y resignada sobre villas y personas, sobre caminos y hojas las que, vueltas cigarros, enarbolarán volutas de contornos sombreados,  figuras, finesas, fintas: el goce. Estética augural y bienvenida. Es la fiebre indolora del trópico. La deshora.  La que devolverá los  brazos, y la rítmica respiración que el espanto ha espantado. Cuando joven, el tabaco refriega su esencia en las manos de palmas hábiles y dorsos gastados de cubanas y cubanos; y emite sones: “songorocoson”; y quejas estentóreas, y el desenfreno pueril de quien se siente descubierto. Desde siempre clama por la pedagoga valentía de Martí. Y el golpeteo rítmico de Guillén. La vida.

 

Día de semana; cualquiera, menos  sábado y domingo: Al fumarlo se deslizan por mi memoria la sal de aquellos dedos, las deudas de sus deudos, la pena del indolente y la resignación del esclavo. La pavonería indecente del capanga. La indiferencia del juez. La ausencia del fiscal. La abdicación de los justos. La espera de los camaradas. La indecencia del bloqueo.

Ya no habrá gesta. Sólo rezongos.  Sonidos rebeldes: “songorocoson”.

Y yo que creía que bastaba con fumarlo.

 

Un día cualquiera, mucho antes de esta fecha arbitraria:  “...estábamos hablando de la relación entre las mujeres y el tabaco...”

-         “...se remonta a la época de la reina Isabel. No de Isabel II, sino de Isabel I, Isabelita...¿Conocen a Walter Raleigh?”

-         “...el que tapó el charco con su capa...”

-         “Ése. Fue el que llevó el tabaco a Inglaterra. Como era el favorito de la reina, el tabaco se puso rápidamente de moda en la corte. Isabel I fumaba bastante con Sir Walter...” (reflejo de consabidas ironías).  Provocador, Sir Walter, hizo una apuesta. Él era muy pícaro. Apostó a que podría pesar el humo.”

-         “Es imposible. Es como pesar el aire.”

-         “Es como pesar el alma...”

-         “...eso. Es como pesar el alma...Sir Walter pesó, primero, el habano que iba a fumar. Después fue poniendo las cenizas sobre el platillo de la balanza, por último, depositó la colilla de su habano. A la suma obtenida le restó el peso del habano. Era el peso del humo.” (Diálogo entre Auggie, Paul y un par de parroquianos que frecuentaban el negocio de Auggie en Nueva York, donde se desarrolla la historia escrita por Auster y filmada por Wang quien la llamó Cigarros).

 

Siempre creí que era, sólo, cuestión de fumarlos. Atento a las formas rebeldes de la ceniza. Y al humo insidioso que perfora los sentidos. Y se inmiscuye en las ropas y en nuestras sienes. Y se esconde en los rincones remotos de nuestras cabelleras.

Veo en la ceniza el negativo del habano. En el humo, al espíritu del tabaco. A la ceniza la hace tambalear cualquier brisa. El  humo tiene su  peso.

La ceniza es indiscreta. El humo, su  letanía...

                               

 

                                los huesos del ché

                                golpetean en la cajita                                

                                lustrada

                                recorren toda la Isla

                                hasta

                                Santa Clara

                     

                               

                               

Estribillo:

 

De lejos se ve a Martí,

Guillén, Sandino, Neruda,

de cerca uno cree ver

nuestras vergüenzas desnudas. (Bis)

 

Lo que sí es curioso, al menos, es ver cómo se fuman a sí mismos; solos: se infligen su consabido ritual en la caja de madera. Un cajita. Como la que llevaba por los caminos de Cuba a las “cenizas” del Che.

¿Sabían, Uds.? Lo balearon en la selva boliviana. Estaba descansando mientras fumaba uno de “sus” puros.

El habano lo sostenía,  mientras su empecinada memoria transfiguraba en osadía su última ilusión.

Cayó él, primero. Y, apenas un  instante después,  sin dejar de dar volteretas en el aire,  al costado de su mano recién muerta, su último habano. Desdoblándose en humo viruteaba conos casi perfectos de cenizas. Cubos sinuosos,  y huecos. Livianos. Indefensos. Víctimas de cualquier brisa, el viento los hizo viajar kilómetros y kilómetros para yacer, hoy, sábado, en el exhibidor de habanos de la cigarrería más clásica de Rosario. Cerca, muy cerca, de donde naciera el Ché hace unos cuantos años.

 

Es, sólo, cuestión de fumarlos. Aunque la ceniza ayuda a capturar presencia.

Y el humo tenga su peso exacto.       

 

Antonio Capriotti

Tonica@ciudad.com.ar

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Javier Alejandro Verdejo Pinochet

"El dilema"

Me desperte sin saber el dilema moral con el que me veria enfrentado, no hay
calcetines sucios para ponerse, me pellizque el brazo con la falsa esperanza
de que solo fuera un mal sueño, el rojo color de mi piel y el dolor  me
vinieron a confirmar mi triste realidad, me dirigì corriendo al armario, los
trajes y las corbatas correctamente ordenados, abrì el cajon y ahi se
encontraban mis calcetines favoritos, perfectamente planchados, los saquè de
aquel antiseptico deposito, tenian ese maldito olor a limpio, ese olor a
flores plasticas, llorè desconsoladamente, no sabia quien podìa haber
cometido semejante profanaciòn, ellos no molestaban a nadie, no tenian
enemigos, no comprendia que estaba pasando, los tendì aun agonizantes  en mi
cama, y me dedique durante los siguientes cinco minutos a contemplar sus
cicatrices, se habian enzañado con ellos, todos los orificios que en algun
momento los habiàn enorgullecido ahora yacian zurcidos, todas las manchas
habian desaparecido y ese radiante color blanco, era demasiado para mi,
nunca me imagine que llegarìa este dìa, lentamente se iban agotando todas
las señales de vida, no me podìa quedar alli parado sin hacer nada
contemplando el sufrimiento de mis amigos,los restregue por el suelo, les
deshice todas las costuras, pero fueròn inutiles todos mis esfuerzos,  mis
fieles compañeros partian a un mejor mundo, llorè un segundo ante sus
cuerpos inertes antes de tomar la decisiòn de darles un ultimo adios, se lo
merecìan.
  Llame a la funeraria "caminito al cielo", me atendio un amable señor el
que se comprometio a mandar a alguien  para retirar los "cuerpos" y antes de
despedirse me dijo "ayudandolo a sentir", como si esa frase me quitara la
sensaciòn de sentirme sòlo en este mundo ,
realmente nadie puede "ayudarme a sentir", pues, sòlo yo se lo que ès perder
a 2 amigos de toda la vida, solamente yo sè lo que ellos significaban para
mi, esperè sentado en el living a que llegara la gente de la funerarìa, la
cabeza me palpitaba, la noche anterior habìa tomado màs de la cuenta, y
empece a recordar los horribles sucesos que habian tenido lugar el dia
anterior a eso de las diez de la noche, habìa llegado demasiado borracho, se
me movia todo, me sente en la cama, para disponerme a dormir, el problema se
produjo porque mis compañeros se encontraban en mi misma condiciòn y al
tratar de sacarmelos se me apelotonaban a la altura del tobillo, les hablè,
pero ellos no entendian razones, no querian salir de mis pies, me gritaban
garabatos, estaban realmente violentos, entonces, para que se les pasara la
borrachera, decidì darles un baño de agua helada, fui al baño y metì mis
pies en la tina, pusè el tapon y eche a correr el agua, lucharon al
principio, pero luego se callaron,quizas por que sus bocas se encontraban
llenas de detergente, me quede dormido y luego.....y luego cuando desperte,
me los saque sin problemas y los deje secando al lado de la
estufa...................o no, que he hecho, he asesinado a mis dos mejores
amigos. Ustedes ahora comprenderan las razones que me llevaron a tomar  tan
fatidica decision, sin ellos ya no hay motivo para seguir viviendo, cuando
termine esta carta caminare a mi habitaciòn, me anudare con mis fieles
compañeros y nos colgaremos los tres desde el asta de la bandera, espero que
mi muerte le sirva a alguien de lecciòn.
                   se despide atentamente   Jose Perez Monarch.
  Despues del tiròn Vicente y Pedro despertaron, aun les dolia la cabeza, y
al mirar hacia abajo,vieron  a Josè pendiendo de ellos, menuda borrachera la
que nos pegamos se dijeron y esperaron a que llegara la policìa a bajar el
cuerpo, no se supo que paso con ellos, algunos dicen que al llegar los
policias se entregaron  y que ahora esperan dentro de una bolsa plastica (
de 20 por 20 etiquetados como "evidencia" ) en una bodega esperando el
juicio. Pero como es la justicia en este pais no me extrañaria que
anduvieran libres haciendo de las suyas  (en los zapatos de alguien) quien
sabe donde... ¿cuantas vidas mas iràn a cobrar?. Esa es una pregunta que
sólo el tiempo dilucidara.


Javier Alejandro Verdejo Pinochet

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Marco Picos Sol

"La manzana"

 

Ya puedo ahora describir en detalle, sin menospreciar palabra alguna, que todas las que ponga de aquí en adelante, harán buen cumplimiento a su llamada, dejando caer en el entresueño este que siempre ha sido el leer, el sentimiento sencillo de un hombre, claro, pues sordo y ciego, parece excusa. Pero su actitud en ese breve instante de la comida, esos movimientos sin final y queriendo prolongarse, todo eso lo quiero escribir, si cabe, sobre el suceso que, hoy siendo de mañana, acució en una cocina de mi casa hace nada, por lo pronto.

 

Por lo pronto digamos así, para empezar, y dejar claras nuestras intenciones, para empezar de un modo ordenado, pues es natural en tal signo llevar una cadencia, un ritmo y una falta de precipitación necesaria, aunque no había de preciarse necesaria tal, para ahora questo escribo. Es el comienzo necesario y prudente, ahora que nadie nos escucha, ¿es prudente saber su nombre?. Yo por mí, pudiera bien decirlo, hallar ahora el momento preciso de comunicarlo a ustedes en una palabra que empieza por mayúscula. O quizás, como muchos podrían adivinar ahora y por delante, la estructura global del texto que aquí presento, no más empezando por el nombre y después la descripción, podría muy bien ser siniestro, y empezar al revés, acudir en un momento primo a la descripción de tal ser singular, y después, conocido el por qué y el cómo, nombrar con estas siete letras, una de ellas, dicho, mayúscula, un nombre que complete el rostro de este sin par sujeto que aquí se porta.

 

Podríamos, sin duda, atender a comentarios de estructura y con placer escuchar posibles variaciones sobre el modo de atacar con la escritura una descripción certera y apuntada sobre el pobre hombre del cual quiero escribir. Y más, podría más ser tal discusión y calamidad un motivo suficiente, necesario al escribir, para hacer ver y percibir la necesidad de que el orden, la mesura y lo comedido en un pequeño pasatiempo sean ya de por sí suficiente motivo, no interesado, para escribir, o siquiera conmover en una página a alguien, por el sentimiento que este hombre del cual suyo nombre no he nombrado, despierta en mí. ¡¡Qué odio sin fin descubre mi alma en mí, cuando oigo su nombre, e incluso ahora que lo quiero describir!!

 

Pero es bueno el intentar descubrir poco a poco que en nuestras capacidades, de las cuales a veces no nos damos cuenta, podemos con claridad concurrir en tan pequeño espacio los signos, emblemas, palabras, y documentos necesarios para organizar en un medio y un palmo una breve discusión, o descripción como se llame, para llevar en leve armonía si puedo, un texto así de corto para tal grande persona que no cabe en ningún sitio.

 

Y lo digo, porque haciendo un ruido bien grande, qué ruido bien grande, dió con su apariencia en la cocina. Se presentó de dos formas que no pensé nunca podrían darse juntas en una sola persona, la forma del sinsentido, pues no escuchó ni dio cabida, lugar en su conciencia, que otra persona quería pasar, persona que vió cómo la puerta abanicó en breve y se cerró en sus narices, y no vale queja, no vale disculpa, no vale comentario..., es que de allí crece el sentimiento de que la forma del sinsentido pues, pues es asi sólo para él. Y la otra forma no me acuerdo muy bien, pero quizás lo recuerde esbozando otro modo, en el que cogí yo una manzana. Puede el lector asumir en esto un descanso, y sí lo parece o aparente, pero yo creo que completa con claro, que es el contraste de forma y sentido, entre lo quél hace y lo que yo hago.

 

Sea, pues, así para empezar, una manzana.

 

Al principio no lo parece, y si con los ojos cerrados hiciéramos de la pequeña angustia la atención al tacto, al olor y al resto de sentidos, observaríamos que se presenta en poco de tiempo al sentido, un breve objeto opaco. Y al tacto es al principio, creo. Al abrir con cuidado los ojos, vemos en delante nuestro, si apartamos bien hecho el hecho los demás sentidos de lo demás del sitio,  que es presente ante nuestro un objeto minuscular, pequeño si puede, esférico por un extremo y del otro un cabo. Y si aventuramos en breve mover una mano hacia la manzana, y la ponemos por debajo sobre una palma, y la amañamos entonces, da lugar el suceso que realmente quería dél escribir ahora.

 

Y es que se vuelve, aunque al principio no podría concluir si es buena medida el decirlo, se vuelve el todo en un breve espacio allí delante. Por un extremo y hasta el otro, se vuelve el todo una mano, para, en breve, ser de nuevo una manzana, y de nuevo una mano, y al cabo por siguiente la manzana, y la misma de antes, aunque podríamos discutirlo. Y si movemos un poco hacia un lado, se vuelve de nuevo lo mismo, se presenta distinto, pero conseguimos atinar que el ciclo antes dicho, es de nuevo medido de la misma forma. Primero una mano aparece a los sentidos, y después y sin llegar avisado, la mano se vuelve manzana, para luego, cuando no se espera que sea pronto, vuelve la mano del otro cabo. En este pensamiento único me quedo. Y es que la conjunción que aquí se ha presentado, no es en ningún modo provocada por lo que yo había hecho. Yo no prentendo hacer de aquello un ciclo de esta forma, pero no puedo de otra forma que presentando ese movimiento, coger la manzana. Los dedos, que bien pudieran ser pródigos al intrusismo, y volverse necios y orgullosos por su acción, se ven de esa forma interpelados por cuatro espacios de manzana, y deben convivir con ellos, y primero va la mano, para luego concluir en un comienzo de manzana, que continúa por un tiempo, para luego regresar a la mano por el otro extremo. Toda acción que realicemos, no puede para nada desentrañar la relación que había comenzado, relación ya para siempre imposible de contener, y primero va la mano, para luego concluir en un comienzo de manzana, que continúa por un tiempo, para luego regresar a la mano por el otro extremo, y entonces va la mano, para luego concluir en un comienzo de manzana, que continúa por un tiempo, para luego concluir en un comienzo de manzana, que continúa por un tiempo, para luego regresar a la mano por el otro extremo, y entonces va la mano...

 

 

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