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El desnudo

Por Benjamín Castillo.

Cae la mano sobre el muslo izquierdo, en un arco mórbido y superfluo. Cae eternamente quieta sobre el coral de la piel suave, joven, irisada en las veladuras del verde, el amarillo y el carmín. La línea del contorno, a veces perdida, a veces aflora y se curva sobre el fondo liso y en reposo. Cascada de luz fluída que se derrama sobre los pechos, el ombligo y el pubis sonriente. Bajada al lugar prohibido, de inesperados rincones en penumbra. Un espejo declara la verdad a medias del arte. Uno nunca se acostumbra al arte, nunca se deja llevar en el discurso, aparece la imagen y el silencio se aproxima al recuerdo. Y el recuerdo se aleja sin descanso. Restituye la paz de la conciencia, del alma, la imagen quieta, todas las imágenes están quietas, todo el ser ya no ambiciona el movimiento y resplandece la vida bajo una piel que oculta el intenso ajetreo interior. La vida se teje y bulle bajo el manto de la piel, que a todo da el sentido de lo aparentemente inmóvil.

El desnudo siempre presenta una realidad oculta, siempre fascina, siempre cerca del pecado de saberse perecedero y, sin embargo declara la vida tal y como es. Pero el desnudo también se recuerda, también es la geografía conocida, también es el lugar seguro donde el descanso del observador reúne para sí la intimidad de otro y, sin embargo, la de uno mismo.

 


 

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