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Marcelino Camacho Paz

El despertar

 

 

Al levantar la vista el pequeño gran hombre vislumbró una colina que se erguía a sus pies. Al echar la vista atrás, contempló que aquellos temores que le rondaban la cabeza, se materializaban en monstruos que le perseguían ilimitadamente sin darle alcance... al menos de momento.
Aquel joven ante el miedo a lo desconocido, el miedo a aquello que le seguía en bucle infito, echó a correr colina arriba. La colina era una de esas colinas de suaves formas, cubierta con una capa de frondosa hierba, que desde lo lejos le daba ese precioso color verde brillante, aquel verde que le recordaba cuando aún era un niño, y correteaba y jugaba en aquel colchón de finas hierbas.
Al rato de haber empredido la subida, los temores que le acechaban se fueron diluyendo. Estaba seguro de haber escogido el camino correcto, pero claro, esto aún no lo sabía. A su memoría se evocaban momentos en los que estaba atrapado en aquella cueva, y que sólo podía seguir un camino, el de la salida, a la supuesta libertad. La cueva era el lugar de donde había salido momentos antes de comenzar el ascenso a la cima de la colina. Ni él mismo sabe por qué, pero una leve sonrisa se esculpió en su cara, como si al recordar los sucesos acontecidos en esa cueva se diera cuenta de algo. Pero apenas le dio importancia. El final de su trayecto se encontraba próximo. Estaba cansado, pero no quería descansar. Quería llegar cuanto antes, y no sabe por qué.
Ya divisaba el enorme montículo que gobernaba en lo alto de la colina. Pero algo a lo lejos le extrañó. Un joven se acercaba también a la cumbre. Le resultaba familiar, pero estaba totalmente seguro de que jamás le había visto. Sus ansias de llegar arriba del todo le nublaron la vista, y le impidieron ver a aquel extraño hombrecillo que caminaba sin cesar.
Por fin llegó. Miró al cielo. Las grises nubes que antes flotaban en el cielo habían dejado paso al Sol  más grande y luminoso que en su vida había visto, o eso creía. Una tenue brisa acariciaba su cara. Se dejó cae en la verde alfombra, más verde con él tumbado. Estaba agusto. Quería pensar, pero no podía. No pasaba nada... su cabeza ya había sufrido bastante. Tenía que reponerse para intentar recordar aquello que sucedió. Y como quien no quiere la cosa, se quedó dormido.
Es imposible saber el tiempo que pasó el joven dormido, ni lo que soñó en ese tiempo, lo que sí que podemos estar seguros es que estaba feliz, por la mirada de sus ojos, que aún estaban cerrados.
Al despertar, el hombre se encontró con el jovenzuelo que estaba también subiendo la colina. Este joven le estaba mirando, fijamente. Daba la impresión de que había estado siempre ahí, cuidando de que nada le pasara. Él ya convertido en hombre intentó entablar una conversacion con el extraño joven, pero este reusaba a contestarle. Seguramente no le oía, solo le entendía. Le estaba diciendo algo... y comprendió lo que le decía... Se levantó. El mudo joven le extendió la mano. Tú hiciste lo propio. Y pasó lo que tenía que pasar. Aquel joven desapareció mientras en su cara se esbozaba aquella misma sonrisa que tuviste tú al subir a la colina.
Una fuerza extraña te empuja a bajar la colina por donde la habías subido. Quieres comprobar si los monstruos de la cueva siguen ahí. Bajas la colina mucho más deprisa que la subiste. Llegas al pie de la colina y no ves nada. Quieres recordar donde estaba la cueva de la que saliste, pero nada... eres incapaz. Después de un largo rato buscando la cueva, ya la das por perdida. El único lugar donde existe la cueva es en ese vago recuerdo que tienes de ella... y los monstruos que anteriormente veías se quedarán ahí encerrados. Ahora si que puedes decir que el Sol brilla más que nunca.

 

 

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