Al levantar la vista el pequeño gran
hombre vislumbró una colina que se erguía a sus pies. Al echar la
vista atrás, contempló que aquellos temores que le rondaban la
cabeza, se materializaban en monstruos que le perseguían
ilimitadamente sin darle alcance... al menos de momento.
Aquel joven ante el miedo a lo desconocido, el miedo a aquello que le
seguía en bucle infito, echó a correr colina arriba. La colina era
una de esas colinas de suaves formas, cubierta con una capa de
frondosa hierba, que desde lo lejos le daba ese precioso color verde
brillante, aquel verde que le recordaba cuando aún era un niño, y
correteaba y jugaba en aquel colchón de finas hierbas.
Al rato de haber empredido la subida, los temores que le acechaban se
fueron diluyendo. Estaba seguro de haber escogido el camino correcto,
pero claro, esto aún no lo sabía. A su memoría se evocaban momentos
en los que estaba atrapado en aquella cueva, y que sólo podía seguir
un camino, el de la salida, a la supuesta libertad. La cueva era el
lugar de donde había salido momentos antes de comenzar el ascenso a
la cima de la colina. Ni él mismo sabe por qué, pero una leve
sonrisa se esculpió en su cara, como si al recordar los sucesos
acontecidos en esa cueva se diera cuenta de algo. Pero apenas le dio
importancia. El final de su trayecto se encontraba próximo. Estaba
cansado, pero no quería descansar. Quería llegar cuanto antes, y no
sabe por qué.
Ya divisaba el enorme montículo que gobernaba en lo alto de la
colina. Pero algo a lo lejos le extrañó. Un joven se acercaba también
a la cumbre. Le resultaba familiar, pero estaba totalmente seguro de
que jamás le había visto. Sus ansias de llegar arriba del todo le
nublaron la vista, y le impidieron ver a aquel extraño hombrecillo
que caminaba sin cesar.
Por fin llegó. Miró al cielo. Las grises nubes que antes flotaban en
el cielo habían dejado paso al Sol más grande y luminoso que
en su vida había visto, o eso creía. Una tenue brisa acariciaba su
cara. Se dejó cae en la verde alfombra, más verde con él tumbado.
Estaba agusto. Quería pensar, pero no podía. No pasaba nada... su
cabeza ya había sufrido bastante. Tenía que reponerse para intentar
recordar aquello que sucedió. Y como quien no quiere la cosa, se quedó
dormido.
Es imposible saber el tiempo que pasó el joven dormido, ni lo que soñó
en ese tiempo, lo que sí que podemos estar seguros es que estaba
feliz, por la mirada de sus ojos, que aún estaban cerrados.
Al despertar, el hombre se encontró con el jovenzuelo que estaba
también subiendo la colina. Este joven le estaba mirando, fijamente.
Daba la impresión de que había estado siempre ahí, cuidando de que
nada le pasara. Él ya convertido en hombre intentó entablar una
conversacion con el extraño joven, pero este reusaba a contestarle.
Seguramente no le oía, solo le entendía. Le estaba diciendo algo...
y comprendió lo que le decía... Se levantó. El mudo joven le
extendió la mano. Tú hiciste lo propio. Y pasó lo que tenía que
pasar. Aquel joven desapareció mientras en su cara se esbozaba
aquella misma sonrisa que tuviste tú al subir a la colina.
Una fuerza extraña te empuja a bajar la colina por donde la habías
subido. Quieres comprobar si los monstruos de la cueva siguen ahí.
Bajas la colina mucho más deprisa que la subiste. Llegas al pie de la
colina y no ves nada. Quieres recordar donde estaba la cueva de la que
saliste, pero nada... eres incapaz. Después de un largo rato buscando
la cueva, ya la das por perdida. El único lugar donde existe la cueva
es en ese vago recuerdo que tienes de ella... y los monstruos que
anteriormente veías se quedarán ahí encerrados. Ahora si que puedes
decir que el Sol brilla más que nunca.