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Arte y espacio virtual |
Por Benjamín Castillo.
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El brillo de la pantalla sobre los ojos del espectador (navegante, internauta, todas palabras bellas recuperadas, vueltas a la vida cotidiana) refleja en las pupilas el fenómeno de la impresión de la imagen en la retina. Se abre así una nueva dimensión de tiempo y espacio que entre la malla trazada de cables se prolonga hasta el nervio óptico y el oído hasta el mismo cerebro. Vuelve a ser el juego sobre los sentidos, la exaltación de los medios, la creación sobre el esquema de la comunicación ahora más estrecho, más íntimo. El espacio se abre en un abanico de posibilidades hasta llegar a la interacción entre artista y espectador, unidos en una expresión biunívoca. La creación de escenarios naturales o abstractos, en los que discurre la acción prolongan lo que comenzó como ilusión óptica en el cine para transformarlos en conexión directa con la percepción sensible. Quedan los sentidos envueltos en el magma de representatividad latente en la obra, de modo que la interactividad crea un flujo constante de impulsos abiertos. Existencia al fin y al cabo, presente en los medios, en el cerebro. Creación de espacios dimensionados por la mente y el quehacer de los sentidos, juego y discordia. Retratos de un mundo dónde quien afirme que está muerta la expresión se aplica a sí mismo esta sentencia. La vida, continúa arropada en sus escenarios, reales e imaginarios y el hombre crea esos espacios en los cuales enmarcar la propia experiencia de sentir la necesidad de crear.
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