Entrevista a Auguste Rodin recopilada por Paul Gsell.
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"Una tarde que fui a visistar a Rodin en su taller cayó rápidamente la noche mientras charlábamos. -¿Ha contemplado alguna vez una estatua antigua a la luz de una lámpara? -¡No, por Dios!, le contesté con alguna sorpresa. -Le he sorprendido y parece que usted considera una fantasía extravagante la idea de contemplar la escultura como no sea a la luz del día. Seguramente la luz natural es la que permite mejor admirar una obra en su conjunto...Pero espere un poco...Voy a hacerle asistir a una especie de experiencia que sin duda le instruirá. Mientras hablaba había encendido una lámpara. La tomó y me condujo hacia un torso de mármol que se levantaba sobre una peana en un rincón del taller. Era una deliciosa copia antigua, de pequeño tamaño, de la Venus de Médicis. Rodin la tenía allí para estimular su inspiración durante el trabajo. -Acérquese, me dijo. Iluminó el vientre lateralmente, manteniendo la lámpara lo más cerca posible del costado de la estatua. -¿Qué observa usted?, preguntó. Al primer golpe de vista quedé extraordinariamente impresionado por lo que de repente se me revelaba. En efecto, la luz así dirigida me hacía percibir sobre la superficie del mármol gran cantidad de ligeros salientes y depresiones que yo nunca hubiera imaginado. Se lo dije a Rodin. -¡Bien!, aprobó. Después: -Mire bien. Al mismo tiempo empezó a hacer girar muy despacio la plataforma móvil que sostenía a la Venus. Durante esta rotación seguí apreciando sobre la forma del vientre una multitud de imperceptibles abultamientos. Lo que en un primer momento parecía simple era en realidad de una complejidad inigualable. Yo iba confiando mis observaciones al maestro escultor. Él movía la cabeza sonriente. -¿Verdad que es maravilloso?, repetía. Admita usted que no esperaba descubrir tantos detalles. ¡Mire!, observe ahora las infinitas ondulaciones que forman la transición entre el vientre y el muslo...Saboree todas las voluptuosas sinuosidades de la cadera...Y ahora, sobre los riñones, todos estos adorables hoyuelos. Hablaba bajo, con ardor devoto. Se inclinaba sobre aquel mármol como si estuviera enamorado de él. -¡Es auténtica carne!, decía. Y añadía radiante: -¡Diríase modelada a base de besos y caricias! Luego, poniendo de repente la palma de la mano sobre la cadera de la estatua: -Uno casi esperaría, al palpar este torso, encontrarlo caliente. Tras unos momentos: -Bueno. ¿Qué piensa ahora de la opinión que se tiene sobre el arte griego? Se dice -es la Escuela académica sobre todo la que ha extendido estas ideas- que los antiguos, en su culto por el ideal, despreciaron la carne como algo vulgar y bajo, y que se negaron a reproducir en sus obras los mil detalles de la realidad material. Pretenden que los antiguos quisieron dar lecciones a la Naturaleza creando, con formas simplificadas, una belleza abstracta que se dirige sólo al espíritu y no consiente en halagar a los sentidos. Y los que mantienen tal especie se apoyan en la autoridad del arte angtiguo, en el que creen encontrar el modelo para corregir a la Naturaleza, para castrarla, para reducirla a contornos secos, fríos y totalmente lisos, sin la menor relación con la verdad. Acaba usted de constatar hasta qué punto se equivocan. Sin duda los griegos, con su espíritu tan poderosamente lógico, acentuaban por instinto lo esencial. Señalaban los rasgos dominantes del tipo humano. Pero no suprimieron nunca el detalle vivo. Se contentaron con envolverlo y fundirlo en el conjunto. Como les seducían los ritmos sosegados, atenuaron involuntariamente los relieves secundarios que podían contrariar la serenidad del movimiento; pero evitaron borrarlos por completo. Nunca hicieron de la mentira su método. Llenos de respeto y de amor por la Naturaleza, la representaron siempre tal como la vieron. Y en todas las ocasiones testimoniaron una rendida adoración a la carne. Por tanto es un despropósito creer que la desdeñaban. Entre ningún pueblo suscitó la belleza del cuerpo humano una ternura más sensual. Un encantamiento extático parece vagar sobre cuantas formas modelaron. Así se explica la increíble diferencia que separa el arte griego del falso ideal académico. Mientras que entre los antiguos la generalización de las líneas es una totalización, una resultante de todos los detalles, la simplificación académica es un empobrecimiento, una vacía ampulosidad. En tanto que la vida anima y calienta los músculos palpitantes de una estatua griega, las muñecas inconsistentes del arte académico parecen heladas por la muerte." Rodin,Auguste: El Arte, Ed. Síntesis, Madrid, 2000, págs. 37-40. |
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