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Benjamín Castillo

¿Cuál es el poder de la imagen? Miles de personas se agolpan detrás de ellas para reivindicar sus ídolos, en ellas se busca protección, unificación. También se puede insultar con ellas, en las paredes, en los museos, frente al poder político o junto a éste. Las imágenes describen nuestro mundo, lo definen y adquieren significados añadidos que con el tiempo se transforman en otros significados. Abiertas, expuestas, ocultas se usan desde las más antiguas, prehistóricas imágenes y se desarrollan en la concepción de un universo lleno de significados. Son creadas con los más diversos fines para mostrarnos a nosotros mismos cómo somos, cómo son otros. Al fin y al cabo, quedamos subyugados a la sugestión en que nos vemos envueltos cuando las contemplamos con atención. Capaces de crear opinión, también lo son de crear acción.
De algunas culturas tan sólo tenemos sus imágenes impresas en los más diversos materiales. De aquí es de dónde intentamos extraer los significados de las culturas más ignoradas. De entre ellas, las encontramos de todo tipo, artísticas, religiosas, políticas, reguladoras de la cotidianidad e informativas. Perdemos sus significados y se convierten en incógnitas de primer orden. Sentimos que algo importante se nos escapa cuando no las llegamos a comprender. Algunas tan sólo las conocemos porque han sido nombradas o descritas en alguna parte. Sentimos entonces la necesidad de encontrarlas, buscarlas y restaurar sus significados o al menos imaginarlas tal como nos dicen que fueron.

En estos días se nos ha vuelto a revelar, en un tema de actualidad, el poder de éstas. El anuncio del gobierno afgano de destruir las de los grandes budas causan indignación y alarma en todo el orbe. Se producen reacciones en todas partes y no podemos imaginar el incalculable valor cultural que está a punto de ser desintegrado. La imagen muerta vuelve a estar viva. Aparece en todos los medios de comunicación y se revela el secreto de sus significados. Ejemplo del valor que la imagen adquiere cuando se proyecta polémicamente. También el gobierno afgano lo reconoce al hacer esta demostración. Cuando Ramsés, el gran faraón del declive del gran imperio egipcio, tomó el poder mutiló y sustituyó en algunos casos las cabezas de las grandes construcciones anteriores por su propia efigie como símbolo de su poder y de la nueva situación que todos debían asumir. Otro ejemplo es el que tenemos en el expolio a que fué sometido el partenón ateniense por parte de Gran Bretaña aduciendo, aún hoy día, que los griegos no sabrían mantenerlos íntegros. Los sucesivos expolios, botines de la colonización europea que también afectaron a los países subyugados, entre ellos también Afganistán, dan una idea del poderoso valor de la imagen ya sea creándolas, poseyéndolas o destruyéndolas. Desde la Segunda Guerra Mundial, primero con la declaración alemana de "arte degenerado" y más tarde con la creación de grandes redes de tráfico de obras de arte europeo que aprovechaba el caos de la postguerra, privándonos de ver estas obras, hasta el afectado museo de Bagdad por los bombardeos aliados durante la Guerra del Golfo nos dan una verdadera dimensión de este problema que crea la historia de la humanidad. No es la primera vez. Cada nueva sociedad sustituye, destruye o modifica con distinto criterio las imágenes creadas con anterioridad, asumiendo o no el pasado.

Debemos sopesar este valor que para nosotros tienen las imágenes de nuestras culturas y velar por el patrimonio sin olvidar que cada acto nuestro crea sus propias imágenes como testigos, no mudos, de la huella que heredamos y las que vamos a dejar con nuestras actitudes frente a éstas. La destrucción del patrimonio de la imagen va ligado a los valores que ostentamos y, también, el respeto por los de otras culturas va a darnos la justa medida de lo que hacemos por comprender nuestra propia historia. 

 

 

 

 

 

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