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RELATOS

 

 Inadvertida

 

            La noche palpitaba a ritmo de hip-hop. Quedaban solitarias las calles íntimas, y los matrimonios disfrutaban en pequeños bocados de esa calidez que les arrebató el primer embarazo. Un rebaño se agolpaba en los parques públicos, en las entradas a las catedrales del desenfreno. El suelo temblaba bajo los saltos acompasados de una generación que perdía el tren de su vida. Excitados, los camareros daban copas a unas manos ansiosas. Las parejas improvisadas se servían de desnudas paredes para sus placeres pasajeros. Los go-gós dividían a los sexos en torno a plataformas de exposición. La atmósfera se volvía densa: jadeos, gritos de euforia, humos de varios tonos, vapores, sudores, vahos, insectos cerca de los focos cambiantes. Nadie pensaba. Excepto Tamara. En un rincón, junto a la barra, con una falda (“demasiado mini”, decía su madre) del color que toma el pasado cuando se olvida, miraba fijamente sus relaciones sumergidas en la arrogancia. «¿Se derretirán antes de ahogarse?», se preguntaba. «Ojalá no se mueran antes de ser ejecutadas».

 

            Sus amigos buscaban una salida en el laberinto de gente, pero sólo si salían con un nombre para olvidar. Sus amigas, si es que aún le quedaba alguna, iban de dos en dos al baño (para ella, siempre eran impares), a ilusionarse por un gesto, a retocar el escaparate, a criticarse unas a otras. A Tamara le daba igual que no se preocuparan mucho por ella, siempre que volvieran a llamarla al viernes siguiente. Al fin y al cabo, Tamara las despreció todo el tiempo. Jamás fueron muy amigas. No tanto, al menos, como para respetarse los novios y cubrirse las espaldas. Ninguna, pensaba ella, se lo merecía. Ninguna, pensaba, merecía que Tamara tuviera tiempo para pensar en alguien que no fuera ella misma. Además, no iba a ser ninguna de esas malcriadas quien le dijera lo que debía hacer, ni quien le impidiera conseguir lo que quisiera cuando lo quisiera.

 

            Lentamente, una extraña sensación se apoderó de su cuerpo. Empezó por los pies, unos pies de barro sin cocer, que con disimulo todos comenzaron a pisar. Después invadió sus caderas, ya no las movía con tanta agilidad. Un momento más tarde, ya en medio de la marabunta, sintió cómo alguien tocaba con firme suavidad su cintura desde la oscuridad, como reteniéndola. Continuó por los ojos, podía notar cómo todas las miradas se dirigían hacia ella para esquivarla antes de que sus pupilas se reconocieran al cruzarse. A continuación, un murmullo martilleó sus tímpanos. Ligeros, imperceptibles, Tamara identificaba perfectamente los comentarios y las voces: en un rostro ajeno, la infeliz de Silvia sentenciaba: “Como esa tía venga otra vez, no salgo más con ustedes”. Muy lejos de Silvia (si es que era ella); Sara, o alguien parecido, le daba la razón: “Es verdad. Si ninguno la podemos ver, ¿por qué la seguimos llamando?”. Todas estas sensaciones se iban entrelazando en su cerebro.

 

Miró su reloj “SA 11 20 99   2:45 46”Fue al baño. Le estaba sentando mal el martini con limón al que le habían invitado. Allí, dos universitarias en potencia disfrazadas de mujeres fatal reían tan falsamente como jamás nadie lo había hecho. Miraron con desprecio a Tamara cuando entró. Después siguieron riéndose, esta vez de verdad, como si hubieran visto algo realmente ridículo. Tamara no se dio mucha cuenta de esto, porque el vómito estaba luchando por salir. Después de vaciar su estómago, hizo lo propio con su vejiga. Estaba en esa postura tan incómoda cuando alguien se colocó en el dintel del retrete que ella ocupaba. Era una niñata. El pelo oscuro y mojado le tapaba la cara. La correa del bolso que llevaba estaba en tensión: la mano de aquella desconocida tiraba hacia abajo con gran fuerza. Le recordaba a alguna película sicótica. Las rígidas piernas estaban algo abiertas, lo que no le permitiría salir. La intrusa sólo pronunció una frase con voz chirriante:

- Bien, Tamara, ha llegado la hora de tomar tu medicina.

Antes de que diera un paso, Tamara vio la única solución que tenía. Cerró inesperadamente la puerta del baño, golpeando en la cara a la desconocida. Aprovechó ese instante de inconsciencia para salir de los servicios. Pidió auxilio, pero todos miraban a otro lado. Se abrió paso entre los cuerpos sudados, y a base de empujones atravesó toda la nave hasta salir a la zona abierta, donde estaban sus amigas (sus conocidas). durante todo el camino había sentido los jadeos de la neurótica, a no más de cinco metros de ella. cuando encontró a Silvia, le explicó a gritos lo que le sucedía, pero ella no se enteraba. Se estaba acercando, así que decidió seguir huyendo.

 

Estaba desorientada. ¿Dónde demonios estaría la salida?  ¿Por dónde se fue la única vez que había ido a aquel antro del desenfreno?. Ya era inútil. Le sujetó del cuello con la correa del bolso, y le puso el brazo en la espalda. Le susurró:

– Un movimiento y te pongo la tráquea en la nuca.

– ¿Qué quieres?

– Que desmientas todos los decorados que montaste para conseguir tus caprichos, que devuelvas los novios de usar y tirar que robaste, que pegues lo que rompiste, que pagues las traiciones que debes, que pienses alguna vez en los demás.

– No puedo hacer todas esas cosas.

– Entonces quiero que te mueras.

– Te han pagado ellos, ¿verdad?.

– No. Algunas personas no necesitamos que nos paguen para hacer cierto tipo de favores.

– ¿Puedo hacer algo para que no me mates?

– Ya te hemos dado demasiadas oportunidades, ¿no crees?

– ¿Quién eres?

– Son ya demasiadas preguntas, preciosa.

 

¿Qué podía hacer ahora? El cuero ahogó su grito. La música no dejó que alcanzara a más de quince personas. La miraron de reojo y se apartaron. Ellas dos eran ahora el centro de un círculo de rencor. Tamara escuchó que alguien avisaba a sus amigas («¿Esa chica no estaba con vosotras hace un rato?»). La mano que le oprimía el cráneo no le dejó ver que decidían hacer sus conocidas. 70º a la derecha. Javi (un antiguo novio) se acercaba a ella con curiosidad y nerviosismo. Apenas le dejaban llegar. 45º más. Juanjo intentaba averiguar qué es lo que pasaba. 60º de luz difuminada. Gente indiferente. 100º, se empezaba a marear.30º,  Álvaro continuaba haciendo el ridículo en un escalón. 55º, Sara y las demás se abrían camino entre las gentes.

– Creo que vamos a tener mucho público, darling.

Tamara se acordó de una historia que le habían contado acerca de aquella discoteca. La llamaban La sonrisa del payaso. Cada vez le costaba más trabajo respirar. Se le nublaba la vista.

– Dale recuerdos a Kurt Cobain.

 

Le hizo un nudo propio de un marinero, y se fue. Cuanto más intentaba Tamara quitarse la correa, más se apretaba. Aún tuvo tiempo de ver cómo su asesina caminaba tranquila entre los grupos de hipócritas. Todos los nombres que recordaba estaban ya alrededor de ella. No intentaron hacer nada. Prácticamente tumbada, los focos le cegaban aún más. Se revolcó por el pegajoso suelo, dando algunas pataletas. La pisaron varias veces. La gente continuaba bebiendo mezclas de varios colores. Los saltos hicieron que le salpicaran. La noche palpitaba a ritmo de hip-hop. Las calles íntimas veían pasar a gente somnolienta. Los matrimonios dormían con calidez. El rebaño descarriado se iba desintegrando camino de casa. El suelo apenas vibraba bajo los pies de los últimos crápulas. Los camareros comenzaban a limpiar. Alguien llamó a la Policía para que recogieran el cadáver de Tamara. Precintarían el local mientras no se aclarara el asunto. Se confundía la gente que volvía con la que salía a trabajar. El sol salía de la cuna, y la luna colgaba su falda en el armario.

 

–––––– o ––––––

Extracto del informe forense  nº4598763-22-11-1999 elaborado por el doctor Martín Ferrán, en colaboración con el inspector Zúñiga, encargado del caso.

 

“Tras el análisis anteriormente descrito, yo, Alejandro Martín Ferrán, [...] , he llegado a las siguientes conclusiones:

[...]

4.- Que Tamara Ramos Sanabria no estuvo implicada en una pelea, sino que ella misma se golpeó en la nariz por causas desconocidas con la puerta de los servicios del lugar de los hechos.

[…]

11.- Que no fue maltratada antes de morir, ya que no se observan lesiones ni hemorragias internas.

[…]

16.- Que fue ella misma quien se ahorcó con su bolso de mano.

[…]

Según lo cual queda fuera de lugar toda acusación contra cualquiera de los detenidos en prisión preventiva.

[…]”

 

 

 

 

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