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Benjamín Castillo.

Mundo Antiguo

Tiene la Antigüedad ese carácter de lo único. Olvidamos, a veces, el pasado para no volver a recordar el olor de aquella flor que vuelve a decirnos que el amor es eterno, que las hojas que cayeron volverán a buscar el suelo. Toda esa gracia,  y alguna más que añadimos de nuestra experiencia, invoca el saludo de las agitadas mentes cuando contemplamos algunas realizaciones del legado que para el futuro, incierto e inquietante, dejaron las manos de la historia del arte. Hablo del trazo que desde la prehistoria vuelve a dejarnos atónitos de belleza y revuelve nuestros sentidos más allá de lo explicable por el recientemente configurado mapa del genoma humano. En la gruta, sobre la pared cristalina de agua alcalina asentada en el curso de los siglos, la huella, el rastro reconocible de quienes plasmaron una realidad, un sueño o un rito mágico (quizá la magia era el propio acto). El rastro de un acto indeleble en la materia y en el espíritu de aquellos que vivieron unas vidas reflejadas en las pinturas. Y en nosotros, que somos los mismos seres, que volvemos a vivir aquellas vidas, que vivimos las nuestras como fin de aquellas. Tan distintos, tan distantes. Nada que ver con la imagen de los carteles publicitarios dirigidos a cualquiera, reclamando de los transéuntes el dinero de sus bolsillos, las horas de trabajo en las que se mide el esfuerzo sin tiempo de parar, de mirar, de observar.

Pero sin duda, desde esa lejanía, hay objetos (?) admirables por todos los tiempos, ya sean los despojados del interés del pecunio, ya sean los del intercambio de monedas, venidos de todos los lugares, de todas las vidas. Éxtasis, más allá del bien y del mal, arbitrio de lo humano, la cabeza de Nefertiti, la bella esposa nos contempla frente a frente. Y nos interroga desde la curva de su cuello. Nos apunta con su barbilla directamente al pecho y nos sentimos preguntados: "¿qué hacéis vosotros que sea digno de ser recordado?¿seréis alguna vez Mundo Antiguo?". Menos mal que el grueso cristal del museo nos protege aunque creamos que sirve para preservar el precioso y enigmático contenido.

 



 

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