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"En un mundo alienado en el que sólo tienen valor las cosas, el hombre se ha convertido en un objeto más entre los objetos: de hecho es, aparentemente, el más impotente, el más despreciable de los objetos. Con el impresionismo, el ser humano se disolvía ya en luz y color y era tratado como un fenómeno natual más, parecido en todo a los restantes. "El hombre no debe estar presente", dijo Cézanne. El hombre se esfuma cada vez más, se convierte en una mancha de color entre otras cosas y desaparece de los paisajes solitarios y las calles desiertas. O bien se le deforma, no extáticamente, como en el arte gótico (del que deriva en parte el expresionismo), sino como un mecanismo que puede desmantelarse, un muñeco parecido a las obras de la técnica, un cosa absurda y demoníaca. El hombre, alienado de sí mismo, toma conciencia de su propio ser como un fetiche, una máscara, un espectro. El "carácter fetichista de la mercancía" de que habló Marx se ha transferido al hombre y ha tomado plena posesión de él. La deshumanización es también visible en la despersonalización que muchos críticos destacan como rasgo fundamental de la moderna poesía lírica. El sujeto -la personalidad del poeta- se retira de la escena (recordemos que esta retirada fue elevada por Flaubert a la categoría de principio) y el poema adquiere un carácter impersonal, aparentemente "objetivo". Pero esta objetividad no es la de la obra en que el colectivo social, el grupo o la clase encuentran expresión; y el poeta no se siente instrumento de una comunidad viva. Al contrario, inventa un "yo" fuera del alcance de la conciencia, un "id", como Freud lo denominó; y este "id", enraizado en un pasado arcaico o mítico, se convierte en el agente de lo que el poema revela. Se atribuye Rimbaud la siguiente frase: "Mi superioridad consiste en que no tengo corazón". FISHER, Ernst: La necesidad del arte.Trad. de Jordi Solé-Tura. Ed. Península, Barcelona, 2001, pág. 123. |