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Clásico. Esta es la palabra en la que situamos al insigne autor. Pero nos queda mal sabor al repetir el estereotipo. Quevedo cáustico, ácido, apasionado, corrosivo. Conjugar estos términos es la esencia de quien con un idioma perfecto también para el insulto nos deja esta panoplia de improperios. Presentamos así, de un modo fragmentario lo que podría ser toda una teología del agravio.

Epitafio de una dueña, que idea también puede ser de todas

Fue más larga que paga de tramposo;
más gorda que mentira de indiano;
más sucia que pastel en el verano;
más necia y presumida que un dichoso;

más amiga de pícaros que el coso;
más engañosa que el primer manzano;
más que un coche alcahueta; por lo anciano,
más pronosticadora que un potroso.

Más charló que una azuda y una aceña,
y tuvo más enredos que una araña;
más humos que seis mil hornos de leña.

De mula de alquiler sirvió en España,
que fue buen noviciado para su dueña;
y muerta pide, y enterrada engaña.

y para los jueces de mercadería, asunto muy de actualidad:

Las leyes con que juzgas, ¡oh Batino!, 
menos bien las estudias que las vendes;
lo que te compran solamente entiendes:
más que Jasón te agrada el Vellocino.

El humano derecho y el divino,
cuando los interpretas, los ofendes,
y al compás que la encoges o la extiendes,
tu mano para el fallo se previno.

No sabes escuchar ruegos baratos,
y sólo quien te da te quita dudas;
no te gobiernan textos, sino tratos.

Pues que de intento y de interés no mudas,
o lávate las manos con Pilatos,
o, con la bolsa, ahórcate con Judas.

Y para el recién casado.....:

Antiayer nos casamos; hoy querría, 
doña Pérez, saber ciertas verdades;
decidme, ¿cuánto número de edades
enfunda el matrimonio en sólo un día?

Un antiayer, soltero ser solía,
y hoy, casado, un sin fin de Navidades
han puesto dos marchitas voluntades
y más de cien mil antaños en la mía.

Esto de ser marido un año arreo;
aún a los azacanes empalaga:
todo lo cotidiano es mucho y feo.

Mujer que dura un mes, se vuelve plaga;
aun con los diablos fue dichoso Orfeo,
pues perdió la mujer que tuvo en paga.

 

también para los tiranos dispara:
¿Miras este gigante corpulento
que con soberbia y gravedad camina?
Pues por de dentro es trapos y fajina,
y un ganapán le sirve de cimiento.
Con su alma vive y tiene movimiento,
y adonde quiere su grandeza inclina;
mas quien su aspecto rígido examina,
desprecia su figura y ornamento.
Tales son las grandezas aparentes
de la vana ilusión de los tiranos:
fantásticas escorias eminentes.
¿Veslos arder en púrpura, y sus manos
en diamantes y piedras diferentes?
Pues asco dentro son, tierra y gusanos.

Casamiento ridículo
Trataron de casar a Dorotea
los vecinos con Jorge el extranjero,
de mosca en masa gran sepulturero
y el que mejor pasteles aporrea.
Ella es verdad que es vieja, pero fea;
docta en endurecer pero y sombrero;
faltó el ajuar, y no sobró dinero,
mas trújole tres dientes de librea.
Porque Jorge después no se alborote
y tabique ventanas y desvanes,
hecho tiesto de cuernos el cogote,
con un guante, dos moños, tres refranes
y seis libras de zarza, llevó en dote
tres hijas, una suegra y dos galanes.
contra los calvos escupe:

Pelo fue aquí, en donde calavero;
calva no sólo limpia, sino hidalga;
háseme greguescos pide que sombrero.

Si, cual calvino soy, fuera Lutero,
contra el fuego no hay cosa que me valga;
ni vejiga o melón que tanto salga
el mes de agosto puesta al resistero.

Quierénme convertir a cabelleras
los que en Madrid se rascan pelo ajeno,
repelando las otras calaveras.

Guedeja réquiem siempre la condeno;
gasten caparazones sus molleras;
mi comezón resbale en calvatrueno.

 

Sin duda aquí el insulto se volvió arte...

Extraídos de Quevedo, Francisco, Poemas escogidos, Edición de José Manuel Blecua, Ed. Clásicos Castalia, Madrid, 1982.

 

 
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