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Benjamín Castillo.

Apocalipsis

 

Sobre el asfalto yace una ciudad de antiguos habitantes exhaustos de atender la caida de nuestras ilusiones. Debajo.

Rasgaduras del peso que oprime nuestras ligeras manos horadadas en canales de espesura implacable. Restos de la abierta licencia de los deseos cae en cascadas el llanto de los desconsolados. Miles de antenas abiertas al espacio vacío auguran el tiempo en el que los tranvías no se llaman Deseo. Peligro en el canto de la boca y susurros al silencio de las respuestas. Cándidez ultrajada del canto virgen, luego, freno, temor. Si el tiempo fuera de esparto y atado en el cinto de la esperanza cubriera nuestras inquietudes y no este desasosiego. Mientras, los hocicos de los astutos asoman entre los racimos de la uva. Nosotros caminamos bajo el lento paso de los naranjales del verano.

Usaremos las alas de la conciencia abierta. Trazaremos los parques con la escuadra rota y romperemos las barreras de un tiempo que si bien fue poco generoso con el poeta dejó una luz para iluminar las terrazas afligidas.

Pasto de los rebaños y manantial de agua fría. Un nuevo mundo para el devorador de los dientes torcidos. No estaremos el día de las batas blancas manchadas con el espanto. El tiempo, la gran mentira.

Reto al ser que imagina su propia sombra sobre la pared de un día. Hueco y vacío y una forma. Bajo el claro azul de un mayo que se marcha describiendo en el aire la curva de unos senos. Raya y manto del mar estéril, canto de una fábrica de redondos pilares que sustentan el ser sin ser. Basta. El gran seductor de todas las maneras posibles no vacía su cuenco seco sobre una concha blanca de alabastro. La palabra se alza en el vano de la puerta y grita que el lugar se ha cubierto de una espesa niebla de imprecaciones al sol. Pagaremos la insolencia y la ventisca dirá nuestros nombres.

Mientras, quedarán tus huellas limpias sobre la arena húmeda de una playa el día de la última ola. 


 

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