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"Masumi Hara continuó visitando a su alumna novata, en la cual adivinó -se lo hizo entender-, el don poco frecuente y casi extinguido -le dijo- de percibir ese tercer ojo invisible que nos mira pero que no puede ser mirado.

Sui estaba deslumbrada por la sabiduría de Masumi Hara, pero la trataba con el afecto y el respeto de una antigua amistad.

-Es imposible trazar una imagen que no sea desmentida al instante por la irrealidad del mundo. Una imagen -le dijo- es sólo el punto donde la mente y el ojo se detienen entre varias incertidumbres. Pero en ese punto confluyen todas las certezas que se niegan y destruyen a sí mismas en una interrogación de imposible respuesta.

Madama Sui la escuchaba, ensimismada en lo que oía, deslumbrada por la sencillez y sabiduría de Masumi Hara.

(...)

 

 

-Sólo te falta sufrir un poco. Ver el lado oscuro de tu felicidad, de tu alegría de vivir, de tu temible inocencia... -le dijo Masumi Hara.

Madama Sui sintió que esas miradas la traspasaban y ordenaban sus secretos más oscuros en una constelación, que ahora brillaban y le hacían ver el mundo de otra manera.

-¿Es necesaria tanta desdicha para que exista la belleza y la sabiduría? -preguntó temerosa Madama Sui.

-Absolutamente. Sabiduría es dolor. Belleza es amor. Amor es furor y lágrima.

Fue la última lección de Masumi Hara. Cuando ella partió, sintió que había perdido súbitamente el peso de su cuerpo. Se sentía flotar en el vacío, mirada por ese ojo invisible que le había dejado en sus diseños."

ROA BASTOS, Augusto: Madama Sui, Ed. Alfaguara, Madrid, 1996, págs. 270-271.

 

 

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