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                La época del primer auge de producción de azúcar que vivió Cuba entre 1790 y 1840 trajo numerosos cambios a la isla. Para empezar, el cultivo tradicional del tabaco, sometido a los intereses coloniales españoles, cultivado por labradores en régimen institucional, y cuya venta estaba condicionada por el monopolio, perdió la batalla frente a la producción azucarera, dominada por las fuerzas sociales criollas, generada en unidades de propiedad privada, e inmersa en el juego del libre mercado. Dos sistemas económicos, y en cierta forma, dos nacionalidades, estaban en contraposición.

Tal fue la magnitud renovadora que acarreó esta producción, que la tradicional oligarquía habanera ha sido denominada "sacarocracia" por historiadores como Moreno Fraginals pues el azúcar será su primera y única preocupación: la fabricación de azúcar y/o la producción de café fué su base de sustento, a la cual pudo controlar por quedar fuera del monopolio estatal. El hecho de que el azúcar necesitara de factores externos que no poseía España, impulsó doblemente el desarrollo y autonomía de esta oligarquía -que a lo largo de los siglos había conseguido dominar los cargos locales, la vida social y cultural así como afianzar los lazos de parentesco entre ellos, formando un grupo sólido y homogéneo- así como el crecimiento económico de la colonia y la relación con los mercados extra-metropolitanos. En síntesis, la modernización de la isla de Cuba fue total, entendiendo por modernidad la adecuación a la época del liberalismo y del capitalismo industrial incipiente.

De hecho, la economía plantadora se va a desarrollar a contrapelo de los dictámenes de la metrópoli. Es la colonia, de la mano de su oligarquía sacarócrata, quien empuja y obliga a los legisladores españoles a modificar las leyes de libre comercio, las de establecimientos de refinerías y fabricación de aguardientes, y las de compra-venta de esclavos negros, negocio este último en el que España , con su sistema de asientos, apenas si había entrado ni lo había permitido. Entre el 28 de Enero de 1789 y el 30 de Abril de 1804 catorce reales cédulas, órdenes y decretos eliminaron las antiguas condiciones de la importación de esclavos : el negocio hispanocubano de la trata comenzaba, creciendo unidos los ingresos procedentes de este tráfico y de la producción y venta de azúcar y café.

El sistema colonial quedó liquidado en pocos años. Las instituciones resultaban obsoletas, anticuadas; el sistema jurídico, administrativo, fiscal y mercantil de la metrópoli no se adecuaba a la nueva realidad económica. Por ello, se convirtió en una colonia sui generis que no necesitaba de su metrópolis. Cuba quedó como colonia política de España, pero dejó de ser una colonia económica en sentido clásico.

 

De todos los cambios que se operan en este último tercio del siglo XVIII y primero del siglo XIX, uno ha sido escasamente estudiado: el cambio ecológico. La transformación de los ecosistemas autóctonos comenzaron, al igual que en toda América, con la llegada de los primero españoles y la introducción de especies vegetales y animales desconocidas en el continente (ganado vacuno, caballar, porcino, aves de corral, y entre las plantas, la misma caña de azúcar, el cafeto, los cítricos....). La adaptación del espacio a las necesidades y costumbres de los colonizadores varió necesaria y profundamente el paisaje. Posteriormente varios factores iniciaron una cruel deforestación, entre elloa la explotación forestal de la isla para surtir a los astilleros y para ebanistería, la apertura de áreas de cultivo, la expansión de la ganadería y la conversión del bosque en leña.

 Pero el proceso se aceleró de un modo vertiginoso en la misma época en que la isla se convirtió en el sugar bowl del mundo. El crecimiento plantador suele medirse en cifras de crecimiento y desarrollo y raras veces se hace en las cifras del deterioro y la deforestación. A medida que miles de hectáreas eran sembradas de cafetos y caña, se incrementaba la desaparición del bosque autóctono cubano. Entre 1760 y 1800 la producción azucarera saltó de 5.000 a 30.000 toneladas anuales, y multiplicó, en proporción mauor, los esclavos empleados y las tierras requeridas. Más adelante las cifras alcanzarán el millón y los diez millones de toneladas de azúcar. Estas cifras son inversamente proporcionales a la permanencia del bosque.

Hasta el siglo XVIII se había mantenido el primitivo bosque cubano, que proporcionaba sombra, según los primeros cronistas, para recorres a pie toda la Isla. Las leyes españolas mantuvieron la protección del bosque, al considerar que éstos no eran propiedad de un hombre, sino de las generaciones venideras; las medidas de protección quedaban recogidas en la Recopilación de Indias, y sobre estos "cortes del Rey" se estableció el astillero de La Habana. Pero la modernidad agresivade la sacarocracia exigía también la renovación de este concepto: la propiedad privada de la tierra se extendía al uso y abuso de los bosques, talados para proveer de leña al ingenio. A fines del siglo XVIII se talaban anualmente 500 caballerías de bosques (6.710 has.) cuyo destino era la quema para los ingenios. Hacia 1820 la cifra promedio anual era de 1.000 caballerías, en 1830 de 2.000, y en 1840 se calculaba que eran 4.000 caballerías, es decir, 53.680 has.La sacarocracia no sólo reclamaba, sino que efectuaba, el derecho a deforestar los suelos.Los bosques de maderas nobles fueron arrasados, quemados, como indica el topónimo que con demasiada frecuencia aparece en los mapas cubanos. La llanura La Haban.Matanzas, donde creció la gran plantación, se convirtió pronto en la tierra sin árboles que sigue siendo hoy día. Con la tala masiva, cambió el aspecto físico de la Isla, también su climatología. El proceso fue irreversible: desaparecidos los árboles, las primeras cosechas sembradas sobre el humus de siglos, tuvieron rendimientos asombrosos; después la producción decrecía, aumentaba la erosión de los suelos, y secaban numerosos arroyos. El espectacular auge azucarero que expandió una fiebre millonaria nunca antes conocida en la isla, trajo también la epidemia del empobrecimiento de los suelos y la desecación.

   

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