RELATOS
GOSSET
(Daniel Castillo)
NAL-KU-ZEM
(Antonio Villar)
Título: GOSSET
Autor: Daniel Castillo
Fecha: Octubre de 2000
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I.
Desahuciado pero entero, se entretenía, sin saberlo, en contar las baldosas del suelo de su habitación. Diagonales, rectas y saltos de caballo adornaban sus más preciadas reflexiones, los últimos viajes de una mente que consumía su existencia sin haber obtenido la anhelada recompensa. Sosegado, reconocía inútil su periplo por la vida, tan intenso como en resultados. Apremiado por la necesidad, sabía baldío el postrero intento de repetirse la pregunta, aquél oscuro pecado que nos costó el Paraíso y que alguien se empeñó, equivocadamente, en llamar Original. Entre los apuntes de su vida sólo habría preguntas, indagaciones, dilemas,...conciencia. En los recortes de un pensamiento flotaban burlonas incógnitas descomunales que danzaban, pesadas, grotescas, al son del vals que la arena marcaba. Y todo rodeaba una nebulosa en forma de interrogación. Y todo negaba el centro de su ambición. Era una cuestión infinita. Era el tiempo pasado sin detenerse. Era parte de su esencia. Era muchas cosas, salvo una respuesta. Buscaba mucho más, pero sólo el sentido de su existencia jalonaba como un pesado telón las divagaciones sin verdad cierta que entretuvieron su existencia. Ahora, con el tiempo agotado, no quedaban más minutos que ocupar con sus preguntas. Apenas algunas horas que ahogar en un último intento, este más certero, ante la llegada del frío beso de la luna eterna. Lamentando su pobre disposición, aferrado a sus últimos granos de arena, no pudo percibir como ante sus ojos cegados por la resignación, desfilaba el verdadero y olvidado sentido de la muerte.
II. En contra de lo que la mayoría pudiera pensar, la verdadera ira de Caín no se vertió sobre Abel ni tomó nunca forma de quijada. La ira de Caín apareció muchos años después, cuando ya nadie reconocía la señal que éste guardaba en su rostro y, exceptuando a algún borracho que en plena excitación creía entretener con historias del pasado, no había persona que siquiera recordara su gesta. En otros tiempos, perdiéndose entre las montañas de paraísos caídos, el hijo de Eva gritaba su nombre, corriendo, triscando como una fiera desatada, atemorizando a los viajeros, a los caminantes, a los desaparecidos,... a los creyentes. Caín reivindicaba para sí el retazo de gloria que la memoria le había permitido y sin el cual no se sentía humano. Los años de entrega, la paciencia, la desolación, la rabia, el odio (odio ¿a quién?), el hecho, el combate desigual... Caín se habría enfrentado a toda la eternidad con la sola ayuda de un corazón mortal y un despojo animal en la mano. Y era eso lo que reivindicaba en un tiempo en el que el corazón daba paso al estómago y los sentimientos a los pulmones. Entonces cuando Caín comprendió que la ira, la auténtica ira, se apoderaba de él, cuando los años no le dejaban correr, las fuerzas le faltaban y ya nadie le temía. Esa era la verdadera impotencia. Y lo peor de todo es que no le quedaba ningún Abel a quien finar.
III. La noche en que murió Gosset, un enorme ángel blanco se acodó en el quicio de su puerta. La mirada que en su lecho se clavaba provenía de un rostro apacible y resignado con una suave sonrisa de comprensión. En ese mismo momento, el agonizante comprendió que aquel ángel no venía a llevárselo a él, sino que se acercó atraído por una irresistible (y angelical) curiosidad que probablemente acabaría con sus alas. El ángel que viniera a por Gosset no sería apacible, no sería blanco y por sonrisa mostraría un irónica rictus desganado, como el de alguien que lleva demasiado tiempo esperando algo que sabía iba a ocurrir. Y es que si algo había aprendido a lo largo de los años es que entre lo que uno es y lo que le rodea acostumbra a producirse un proceso simbiótico, acercándose, asimilándose las características propias de ambos mundos que, en algunas ocasiones, concluían siendo uno mismo. Y en horas tan necesarias como las que él atravesaba en ese momento no se producían excepciones a la regla general. Por ello sabía que su ángel estaba aún por llegar, porque los querubes no son ajenos a estos principios físicos-naturales-intelectuales. Según algún poeta, los demonios de nuestros temores se tornan ángeles cuando este sentimiento deja paso a la paz producida por la intranquilidad interior y vital. Pero Gosset se preguntaba si el efecto contrario también se producía. O visto de otro modo, ¿podría el demonio convertirse en paz si el ángel se convirtiera en temor? Es decir, si nos fundimos con nuestro entorno hasta hacernos uno solo (o casi), provocando que todas las... ¿circunstancias? que sobrevengan revistan el mismo tono, la espera de Gosset no era nada halagüeña respecto de sí mismo y su simbiotizado mundo. Hasta cierto punto (e incluso más allá) el visitante no sería más que su alter ego en una dimensión distinta. Por eso, en sus últimas horas, Gosset anheló la aparición de aquellas terribles figuras a las que tanto había temido durante su vida y que, ahora, se tornaban imprescindibles para su muerte. |
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Autor: Antonio Villar
Fecha: Primaveras de 1998 y 1999
Fin: 15-V-1999
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I ---------
Cuando
en Recepción le dijeron que el redactor-jefe de la revista quería hablar con
ella, Verónica tuvo una extraña sensación. Era la misma sensación que había
tenido al poner el punto y final en su artículo sobre los “okupas”. Ya
entonces supuso que no respondía a lo que le habían pedido. Pero sólo le
quedaba una noche para concluirlo, y por más veces que lo releía no encontraba
mejores palabras ni nuevas ideas.
Subió en el ascensor con un ridículo vaso
de café entre sus manos. Habían pasado ya dos noches desde que llevó a
Redacción el artículo, pero el sueño seguía haciendo estragos en ella. Las
ojeras que permanecían en su rostro treintañero compensaban los diez años que
el maquillaje le rejuvenecía.
Al salir del ascensor, tropezó con el
bordillo y se manchó el traje gris marengo, arrugado por las dos horas que
durmió en el sillón la tarde anterior. Decididamente, hoy no era un buen día
para ella. Para empezar, se levantó diez minutos tarde y, sin poderse duchar,
se cambió rápidamente el pijama por el vestido que había dejado a los pies de
la cama. Las prisas consiguieron que su maquillaje, otras veces necesitado de
quince minutos, se terminara en 120 escasos segundos; y de esta forma resultase
mediocre. Y, por último, tuvo que coger un taxi para llegar a la edición de
“Calíope”, pues el autobús que
todos los días le permitía llegar a tiempo ya había pasado, y el siguiente le
haría llegar tarde.
Entró en el despacho del redactor-jefe
pidiendo mil disculpas por su porte desgarbado y su peinado greñoso. Él le
dijo que no importaba y que comprendía su desorden físico. Al fin y al cabo,
también él padeció desde la cama el flexo junto al ordenador encendido toda
la noche. -
Bueno, Anselmo, ¿para qué me has llamado?- dijo ella. -
Quiero que sepas que estoy realmente satisfecho con tu trabajo. -
Eso era lo último que esperaba escucharte, pero gracias. Sabes de sobra lo que
me ha costado redactarlo; y que, aún después de oírte, sigue sin convencerme
del todo. -
Te aseguro que estás equivocada, es una de las mejores redacciones que he leído
en los tres años que llevo en este puesto. Has captado perfectamente la visión
del “okupa”; has argumentado con
exactitud cada una de sus razones; has separado su condición de habitante
ilegal de su estilo “hippie”; e,
incluso, me has hecho pensar que hay un “okupa”
en mí. Y todo esto lo has aderezado con tablas y estadísticas sobre viviendas
deshabitadas e indigentes. -
Pues ya podrías haberlo dicho antes. Me hubiera ahorrado seis horas delante del
teclado. ¡Tú y tu maldita manía de separar nuestra relación de nuestro
trabajo!. -
¡Chst! No lo digas muy alto. Para el número de este mes quiero que me hagas un
informe sobre alguna secta religiosa. Cuando la elijas, comunícamelo y mandaré
al fotógrafo. -
¡Estoy hartándome de andar siempre con gente rara! ¡Ya podrías darme algo más
emocionante! Acabarás rompiendo conmigo porque seré una drogadicta ilógica y
depresiva. -
¡Te voy a decir una cosa: Tengo a quince personas dispuestas a todo para
conseguir un artículo como ése! Así que - el volumen comenzaba a disminuir
conforme avanzaba la frase-, si quieres mantener ese trato de preferencia... Anselmo
se encaminó decidido hacia la puerta, la abrió y zanjó la discusión como si
realmente fuera una bronca: -
¡... Ya estás saliendo por esta puerta y no vuelvas hasta que hayas
reflexionado!- el maquillaje de Verónica parecía caerse dando paso a un gesto
atónito- Hasta que hayas reflexionado qué grupo religioso piensas
descuartizar.
En este punto, Verónica ya pudo respirar.
Pero su orgullo le impedía dejarle a él como vencedor. Así pues, con una
mirada altiva, y después de apartar bruscamente la mano de Anselmo del
picaporte, salió dando un portazo que alarmó a la secretaria de su
redactor-jefe y novio. ----------II
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Durante el almuerzo, Verónica estuvo
pensando por dónde empezar, y se acordó de su antiguo colegio. Fue hacia él
y, además de gratos y no tan gratos recuerdos, encontró al sacerdote que le
dio clases de Religión durante su adolescencia. Ahora se había convertido en
el párroco de aquella iglesia. El sacerdote reconoció extrañado en Verónica
a aquella niña confusa, indecisa y preguntona que lo fue. Durante su conversación
pasearon por el patio donde, veinte años atrás, Verónica y sus compañeros
jugaban, hablaban sobre la televisión del día anterior, o repasaban agitados
para el examen que tenían una hora después. En el patio había varios azulejos
y placas conmemorando diversos acontecimientos: la venida del rector, el 50º
aniversario, la despedida de un director; y otros menos agradables como la
muerte de aquel hombre solitario, picado de viruela, que sirvió al colegio
hasta el punto de perder la visión mientras preparaba una de las fiestas.
En este diálogo, y tras oír el sermón
correspondiente por no haber pasado por allí en diez años, Verónica se enteró
del paradero de alguno de sus compañeros de clase. Después, pudo consultar el
“Compendio de creencias, ritos, sectas y congregaciones”. Era un libro de
aproximadamente quinientas páginas, con una letra minúscula, y alguna foto en
blanco y negro perdida en la jungla de caracteres simétricos. Tenía la
actualidad característica de los libros de consulta en las bibliotecas pobres.
Entre la sucesión de cifras que conformaban el índice encontró una
referencia: “Sevilla 89, 136”. Su
dedo pulgar soltó velozmente las hojas hasta la página 85. Avanzó dos más, y
en la última hablaba sobre cómo influyeron ciudades como Sevilla en la
proclamación del dogma de la Inmaculada; y cómo esto dio lugar a una coplilla.
En la 136 encontró algunos locales a los que podía acudir. Sin embargo, no
terminaba de convencerle ninguno de ellos.
Cuando fue a despedirse del sacerdote, éste
le informó de dos cosas: “Primero: como es lógico, ninguna secta va
pregonando por ahí «eh!, que te manipulamos la mente». Y segundo: Todas te
vendrán con los cuentos de que si poseen la verdad absoluta, que si son la vía
para la salvación, y demás sandeces. Así que ya sabes, ninguna secta lo
parece”. Le dio las gracias por prestarle el libro. Con dificultad sacó el
coche del aparcamiento y se dirigió a su casa. En uno de los semáforos, se le
acercó una mujer y le dio un panfleto. Consistía en un tríptico. En la
portada, con un dibujo chino, las siguientes frases: “DELTA
OMNISCENT”(aquí acompañaba un logotipo griego) “ASOCIACIÓN
CULTURAL” “Actividades
de Abril, Mayo y Junio” Y
con letra más pequeña, al pie de la portada: “c/
Luis de Ávila, 16ª” “Tfno:
(95)-437-26-19” “Sevilla-España” Antes
de abrirlo, Verónica lo miró por detrás. Decía algo así: “Las
metas de DELTA OMNISCENT: 1.-
Conseguir un deseo de paz en todas y para con todas
las personas independientemente de su religión, raza
o estatus social. 2.-
Potenciar la personalidad del individuo y mejorar su
relación con la naturaleza. 3.-
Analizar todos los saberes y artes y obtener una visión
crítica, objetiva y constructiva de nuestro entorno.” Al
abrirlo, convocatorias para debates, cursos y coloquios, tales como: “La verdad de las religiones oculta en sus libros, presentación del
curso mediante un coloquio. Jueves 22 de Abril, 20’00 h”. “Superar la incertidumbre, charla-debate. Jueves 6 de Mayo, 19’30
h”. “¿Está el futuro escrito?, vídeo fórum con la proyección de Regreso
al futuro II, de Robert Zemeckis. Miércoles 26 de Mayo, 19’30 h”.
Habiendo oído las advertencias del párroco,
a Verónica le pareció que aquél era el lugar más adecuado para hacer su artículo,
y además podría tomar fama como “la periodista que libró de una muerte
segura a cincuenta personas”. Decidió que el miércoles próximo iría. Llamó
a la redacción. -
Revista Calíope, buenas tardes, ¿qué desea?- repitió como tantas otras veces
Nuria, la recepcionista; sin que esta vez se le notara un poco de naturalidad o
simpatía. -
Nuria, soy yo, Verónica. Ponme con Anselmo. -
De acuerdo.
- ¿Qué quieres, cariño?- Contestaron al
otro lado del auricular.
- Guárdate el “cariño” para cuando
estemos en la cama. Ya he decidido la secta. Apunta por ahí: Delta Omniscent,
calle Luis de Ávila, número 16-A. Hasta luego.
Verónica colgó bruscamente el teléfono.
Aprovechando que tenía que esperar a que el fotógrafo fuera, decidió
acostarse pronto para poder recuperar el sueño perdido. ----------
III ---------
De madrugada, se despertó sin motivo
aparente. Miró su radio-reloj-despertador, y se molestó al ver las luces
parpadeando: la luz se había ido y había vuelto justamente hace dos horas y
cincuenta y tres minutos. Entre sueños, se desentendió de las sábanas y fue
al tocador para ver la hora en su reloj de pulsera: las seis y veinte. El verde
neón que se reflejaba en las paredes de un modo inseguro no le permitía
conciliar el sueño de nuevo, así que Verónica creyó más oportuno levantarse
y comenzar a planificar el artículo.
Se sentó en la mesa camilla con un tazón
de café en la mano derecha y la agenda en la izquierda. Cogió la pluma con la
que solía estar más cómoda y se
dispuso a estructurar las dos semanas de las que disponía para entregar su
trabajo. Marcó hasta dónde estaba dispuesta a llegar, y qué cosas frenaría
para que no la manipularan.
A las doce, el teléfono sonó y despertó a
Verónica de sus cavilaciones.
- ¿Diga?- Dijo con voz apagada y ronca.
- Perdona si te he despertado -se excusó
Anselmo -.
- Es igual, no debería estar durmiendo.
- Bueno, te llamaba para comentarte que
tengo al fotógrafo en el laboratorio; así que puedes empezar a trabajar allí.
Otra cosa, hoy voy a quedarme algo más tarde en la redacción. Nos vemos a las
diez en el “Horizonte”.
- ¿Comida mejicana? ¿Pues no te he dicho
mil veces que tengo úlcera? Parece que me conociste ayer y quieres
impresionarme.
- Bueno, entonces, ¿dónde vamos?- El cable
telefónico volvía a calentarse como tantas veces. Verónica se desesperaba.
- Pues al chino de aquí abajo. Y si no te
gusta, también podrías prepararme un día una cena romántica, para variar.
- ¿Es que siempre tienes que terminar con
una discusión?- Un zumbido sustituyó a la irritada voz de Anselmo.
Verónica se toqueteó un poco la cara,
ordenó intranquila sus pelos y tomó la bici que usaba cuando no tenía prisa. ----------
IV ---------
La casa se distinguía de las demás por sus
escabrosos colores bruno y escarlata. A la entrada, una mesa con varios montones
de panfletos y un tablón de anuncios. Cuando Verónica fue a pasar a una de las
salas, un muchacho que aparentaba veinte años le inquirió: -
¿Qué desea?. Ella,
indecisa, optó por ser franca.
- Buenas tardes, me llamo Verónica Cueto.
Soy reportera de la revista “Calíope”,
busco información sobre las nuevas formas de religión. ¿Cuándo podría
hablar con el responsable?
- No está.
- ¿Tardará mucho en volver?
- Cosa de una semana. Si quiere información,
tome esto- comenzó a atiborrarle de cuartillas-. Además, le aconsejo que se
pase por aquí este jueves.
- ¿Y no podría hablar con alguien antes?
- Le presentaría a Sofía, pero está en
reunión.
- De acuerdo. El jueves estaré aquí. Conciérteme
una cita con el responsable para el primer día que esté aquí.
- Muy bien. El lunes 26, a las... ¿10 está
bien?.
- A las nueve y media mejor. ----------
V ---------
“Señores: Dios, ¿REALMENTE existe?. A lo
largo de los siglos ésta ha sido una pregunta que todas las civilizaciones y
todas las personas se han formulado. Hasta hoy, nadie ha conseguido dar una
respuesta exacta que satisfaga a la humanidad por completo sin ninguna excepción,
sin ninguna duda.” – el ponente bebió con soberbia del vaso que le acompañaba.
No dejaba de ir y venir por la pantalla.- “Los aquí presentes van a ser
testigos de una demostración TAJANTE de la existencia de Dios”- encendió el
retroproyector, haciendo ver una gráfica que en ocasiones se arrojaría con
violencia sobre su rostro. En este momento entró Verónica, procurando pasar
desapercibida. Su reloj marcaba las 20’12- “Señores: egipcios, griegos,
romanos, judíos, musulmanes, cristianos, chinos e hindúes creían y creen en
la existencia de un Dios supremo, juez y gobernante de cuanto existe en la
Tierra. Algunos de estos pueblos jamás se conocieron entre sí. Sin embargo, su
fe era similar. ¿Tiene algún sentido que pueblos inconexos conciban las mismas
creencias, si éstas son falsas? Sinceramente, no. Sólo existe una razón a la
aparición de estas religiones similares en focos tan distantes: la existencia
de Dios. Aunque hemos encontrado algunos errores en sus creencias. El judaísmo
afirma que el Hombre fue creado a imagen de Dios. Sin embargo, el Hombre es una
mezcla de bien y mal. ¡¿POR QUÉ?! ¡¿POR QUÉ DIOS ES PERFECTO Y EL HOMBRE
NO?! Porque Dios nos ha engañado a lo largo de la Historia. Dios es el bien
absoluto, pero a la vez es Satanás, es el mal total; y nos lo ha donado en
pequeñas proporciones. Y lo ha hecho así para que no le alcancemos. Y también
nos robó el alma, para que no fuéramos como Él. Dios, es decir Satanás, está
ayudado por ángeles, que son demonios a la vez. Y son ellos los que nos impiden
mejorar, encubriendo la verdadera identidad del Ser Supremo con profecías,
apariciones y demás falsedades.”- Hizo una pausa, de ésas que hacen los
abogados y fiscales en las películas para impresionar al público; de ésas que
vienen en los resúmenes de los libros de oratoria.- “Afortunadamente, se le
escapó un detalle. Nos dio los suficientes medios como para que el Hombre, y lo
digo con mayúsculas, refiriéndome a la Humanidad sin querer discriminar sexos,
para que el Hombre pudiera labrarse su propio espíritu y alcance... ¡LA
DIVINIDAD!”.- Los casi sesenta participantes rompieron a aplaudir. Unos,
porque el discurso les pareció fulminante. Otros, en recompensa a la labor de
investigación que había dado a luz a aquél monólogo. Otro pequeño grupo,
por ver si así se callaba definitivamente tamaño charlatán incombustible. A
Verónica no le hizo mucha gracia tener que estar escuchando todas esas
sandeces, pero su profesionalidad le encontraba el gusto a todo.
Habían pasado dos horas, y Verónica se
despertó de repente. Tan sólo quedaba ella en la sala, sentada relajadamente
en la última fila de asientos. Ella, y una pareja, hombre y mujer, abajo, ante
la pantalla, debatiendo sobre algo. Ni siquiera sabían que estaba allí. Sólo
cuando su intento por salir frustró, la mujer la advirtió y dijo: “Espere un
instante, ahora mismo le abro”. Cuando pudo, salió azoradamente, tomó la
bici y se dispuso a volver. No
comprendía cómo se pudo quedar dormida. Lo último que recordaba era a un
caballero cuyo pelo canoso no se coordinaba con su aspecto de universitario.
Este chico, o señor, no sabría cómo definirlo, había preguntado algo
complejo sobre la reencarnación y el determinismo social. Se comenzaba a
imaginar el enfado de Anselmo, era la tercera vez en una semana que no se
presentaba a la cita. Pero bueno, alguna vez tendría que ser él el que
esperase. Llegó
a casa y se acostó. ----------
VI ---------
Lo que faltaba. Tendría que sumergirse por
tercera vez en aquel infierno de tarados para recuperar las notas que tomó
mientras estuvo despierta el día de la exposición. Sólo había que afrontarlo
con valor. Decidió que, siendo las diez como eran del viernes 23, podría estar
en aquel antro a las once y media. Se dio un baño. Realmente no era un
“efecto cafeína”, pero a esas horas nunca tuvo fuerzas ni ánimo para
ducharse. Veintidós minutos. Se vistió sin secarse muy en profundidad; con lo
que la ropa se le adhirió al cuerpo. Seis minutos. Se secó el pelo, y la forma
de hacerlo consiguió que la sangre le subiera a la cabeza. Ocho minutos. Se
maquilló. Veinticuatro minutos. Salió a la calle. Un cigarro mientras esperaba
el autobús. Nunca fallaba, el autobús llegó al momento de encenderlo. Un
minuto. Debía ir hasta la Plaza Nueva y allí hacer transbordo con el 10.
Veintisiete minutos. Anduvo un poco. Llegó allí a las 11’32 h. No se quedaría
mucho: recoger sus cosas, pedir disculpas y confirmar la cita.
Sin embargo, nada más entrar, el mismo
impertinente que la primera vez salió a su encuentro.
- Buenos días, señorita Cueto. Me alegro
de verla de nuevo por aquí. –sus frases le asemejaban a un galán de los años
cuarenta- Discúlpeme, pero el otro día se me olvidó presentarme. Me llamo
Agesilao. Espero le agradara la reunión de ayer.
- Si le soy sincera, me quedé dormida de un
modo inexplicable. Pero en el tiempo que escuché, me pareció bastante
razonable.
- Si lo desea, tenemos un vídeo con todo el
coloquio.
- De acuerdo, me lo llevo.- Le pareció
buena manera de zanjar la conversación.
- Acompáñeme.- Pidió Agesilao.
A ella no le agradaba mucho, pero no tenía
más remedio. Cruzaron un hall y un salón lleno de comida. Después atravesaron
una galería cuyos ventanales daban a un jardín muy cuidado.
- ¿Dónde vamos?- preguntó confusa.
- Al auditorio.
- No recuerdo haber pasado por aquí el otro
día.
Agesilao giró una llave en su cerradura,
abrió hacia fuera e hizo comprender a Verónica por qué no conocía el camino:
entraron por la parte de abajo, y ella lo había hecho por arriba.
- Espere un instante.
Mientras Agesilao rebuscaba en un armario,
pidió permiso:
- Perdone, el otro día me dejé una
carpeta. Si no le importa, voy a subir a cogerla.
- De acuerdo, pero luego bajas que te quiero
enseñar una cosa.- Ella se ofendió con aquellas confianzas, pero las dejó
pasar. Al fin y al cabo, era su guía en el laberinto de verdades ocultas por la
tradición que Delta Omniscent destapaba.
Se dejó enredar para probar la comida. Y a
las dos menos cinco se despidió esperando que la invitaran
a quedarse. Y así fue. Se hizo de rogar para que aún le insistieran. Y
lo consiguió. Consiguió ser
el centro del almuerzo, al menos al principio.
Cuando ya había sido presentada a todo el
mundo, una señora más envejecida de lo que debiera, llamada Angélica o Ana o
Alicia, se le acercó. Estuvieron hablando: llevaba cinco meses allí; se había
divorciado y le ayudaron a recuperarse. Su nombre, Ana. Profesión: primero fue
ama de casa y ahora vivía de la pensión de su exmarido y de las ventas de
algunos de sus hobbies. Su situación: la casa se la había quedado y la
“comunidad” (así llamaba a Delta Omniscent) le había reconstruido por
dentro. Era una persona nueva, decía. Ella le creyó; realmente las cosas
suelen suceder así. Disculpándose, se alejó para salpicar un poco más el bufé.
Mientras se servía hielo en el refresco
(había tenido problemas con el alcohol) se le acercó otra mujer. Melancólica,
introvertida y poca cosa. Realmente no le apetecía hablar con aquella joven
dramática, pero la educación es lo primero. Tras el mínimo protocolo, le
preguntó a Alicia el porqué de su tristeza en medio de todo el jolgorio. Al
parecer, su hermano Abel había muerto. Le dijo tiritando que tuviera cuidado.
Se acercó Rafael, y se llevó a Verónica a otro grupo. En él estaban Sofía,
Lázaro, Miguel, Alfonso y Angélica. Rafael, un licenciado en Sicología muy
prepotente y resultón. Sofía, la perfecta oradora. Lázaro, un muchacho algo
enclenque, al que la secta “había curado” de una grave enfermedad. Miguel,
el clásico tipo organizado y organizador, metódico y maniático; que lleva la
cuenta de todo sin que nadie se explique cómo lo logra. Alfonso, el hombre al
que escuchó en el debate y que luego estaba con Sofía cuando se despertó. Angélica,
ese tipo de mujeres que utilizan su físico para conseguir la confianza de
alguien, y que luego utilizan y retuercen sus palabras en contra de su voluntad.
Pero todo eran primeras impresiones. Verónica las odiaba, porque no debería
tenerlas en cuenta, pero nunca conseguía quitárselas de encima. ----------
VII ---------
Y llegó el lunes. Verónica, por fin,
estaba descansada. Se había levantado a las ocho menos cuarto. No es que recién
despertada fuera lenta, sino que le gustaba que le sobrase tiempo. Y,
efectivamente, pudo tomarse un café, por pasar el tiempo pues ya había
desayunado, antes de entrar decidida y
a por todas en aquella casa lúgubre sacada de algún cuento de Allan Poe o de
Stephen King. Aún tuvo que esperar cinco minutos para encontrarse con Abraham,
el melenudo culpable de todo aquél jaleo seudosatánico e iconoclasta.
Comenzó el interrogatorio en un despacho
intimidatorio y humillante: -
Me llamo Verónica Cueto, de la revista “Calíope”- le alargó una tarjeta y
encendió una grabadora -. Ahí tiene mi teléfono y mi correo electrónico. Me
gustaría saber cuándo, cómo y por qué nació “Delta Omniscent” -
Bueno, yo estaba estudiando Antropología en la Universidad Complutense, cuando
un compañero me dijo que Dios y Satán eran las dos caras de una misma moneda.
Él lo dijo medio en broma en una noche de borrachera, pero aquella noche yo
tuve un sueño. Era todo muy absurdo: dos hermanos siameses, un velo entre
ellos, cada uno hablando en distinto idioma, y dos multitudes separadas por una
zanja escuchándoles. Estuve consultando manuales y libros de Freud, hasta que
asocié mi sueño con lo que me había dicho mi compañero. Empecé a darle
vueltas a la idea, y dos compañeros más y yo estuvimos investigando las
religiones, en especial la cristiana. Allí encontramos la respuesta a nuestra
pregunta, pero estaba muy escondida. Decidimos darlo a conocer, pero para que se
nos tomara en serio debíamos convencer. Lo hicimos y, ¡vaya que si lo
hicimos!. Claro que nos inventamos algunos detalles, citamos los evangelios apócrifos,
acusamos a la Iglesia... hasta que nos excomulgaron. Lo dimos de lado, como
suele pasar cuando terminas la carrera. Abandonas tus sueños y tus ideales para
buscar trabajo. Nadie está dispuesto a contratar a un escándalo andante, más
aún si es lo que figura en tu ficha policial. A los seis años me llegó una
carta. Me sorprendió. Era una joven que estaba terminando la carrera de Teología.
Había leído mi biografía en una revista universitaria y quería conocerme
para su tesina. Localicé a mis compañeros antiguos, pero ya tenían mujer e
hijos bastantes como para tirar de la manta. Le invité a cenar, y le gustaban
mucho mis opiniones. Me la camelé, y con dos compañeros suyos fundamos la
asociación para darnos a conocer. -¿Cuáles
son sus actividades corrientes?- se alejó de nuevo la grabadora. -
Como ha visto, continuamente celebramos conferencias y comenzamos cursos, pero
eso es lo extraordinario.
Habitualmente tenemos dos cultos semanales. El miércoles tenemos uno, en él
leemos los pasajes de la Biblia, el Corán y demás libros sagrados que nos
sirvieron de base. El domingo realizamos un culto a Nal-Ku-Zem, es decir, Satán-Dios.
Tiene tres partes. En la primera, adoramos y agradecemos a Dios toda su obra. En
la tercera, hacemos lo mismo con Satán. ¿Qué por qué lo agradecemos? Porque
sin el mal no apreciaríamos el bien; igual que sin la pobreza no estimaríamos
la riqueza. El mal es necesario. Incluso es otra forma de bien. Entre ambas
adoraciones hay una oración de denuncia. Protestamos porque Nal-Ku-Zem nos ha engañado durante siglos, y
nos ha acusado injustamente. Una
hora y media estuvo todavía preguntando y grabando anatemas de la boca de aquél
manipulador. Se enfadó porque algunas de las preguntas fundamentales no se las
quiso responder. Mejor dicho, sí se las respondió. Sólo que no fue nada
claro. ----------
VIII ---------
Cuando llegó a casa, escuchó el mensaje
del contestador. Era Lucía, una de las pocas amigas que conservaba aún del
instituto. Estaba algo enfadada. Tenía algo de razón. Los últimos días, las
pocas veces que habló con ella, estuvo algo arisca. Pero de todos modos fue
ella quien le recordó a su antiguo novio, ahora su nueva conquista, después de
llevar ya año y medio con Anselmo. Eso no se le hace a las amigas. Había
llamado para quedar y aclarar algunas cosas. Buscó la “L” en su agenda. Tenía
que comprarse una nueva. Aquélla sólo traía malos recuerdos al ver tantos
nombres y números tachados. A las ocho en el “Colombia”.
Y allí estuvo. No era la hora del café
pero tenían buenas tapas europeas.
-¡Verónica!- en la mesa junto a Juan
Valdez esperaba Lucía. Se acercó y comenzaron a hablar tras sentarse y pedir
un tinto de verano con limón y dos rodajas de naranja y un 7’up. –Verónica,
comprendo que estuvo mal recordarte a Ale...; bueno, a ese tipo. Pero escúchame.
Esto te lo digo como amiga que he sido siempre tuya, y quiero que ahora olvides
lo que he dicho en la última semana y veas sólo cómo te has comportado en
estos siete días con la gente y sobre todo con Anselmo. El ha venido a contarme
como os va últimamente. Está hecho polvo. Te quiere mucho y hace todo lo
posible por tenerte contenta. ¿Lo consigue?. No. Pegas, protestas, farfullos y
broncas es lo único que escucha como respuesta. Pero bueno, a todos nos pasa
eso. No existe la pareja ideal. Lo peor viene ahora. Le has dejado plantado en
las dos últimas citas. No has respondido a sus llamadas. Lleva tres días sin
verte. Y hablas con él solo por tu trabajo. Tus llamadas son cada vez más
cortas.- Sorbió como esperando que Verónica respondiera algo. Pero calló. –Él
no se ha dado cuenta, o no quiere darse cuenta, pero la culpa es de esa secta.
Tienes que dejar el artículo ahora mismo. Te están comiendo la cabeza.- Hizo
otra pausa, para hacer hablar a su amiga. Pero ella, en vez de atónita, estaba
relajada. Comenzó a defenderse con el guión cuadriculado de un abogado de
pago:
- Primero, que no puedes diferenciar entre
antes y después del artículo. Mi relación con Anselmo se empeora desde hace
meses, sólo que ninguno se atreve a cortar por lo sano. Y no me digas que es
con todo el mundo porque lo dices por ti misma. Segundo, que si he faltado a las
dos últimas citas es porque estaba trabajando. Tercero, que la secta no me está
perjudicando. Sólo me han descubierto verdades que desconocía. Y no digas que
me están comiendo la cabeza, porque yo controlo, que ya soy mayorcita. -
Eso es lo que tú te crees - reprochó Lucía -, pero cada vez estás allí mas
tiempo.
- Sabes, metí a mi madre en un asilo para
no escucharla, y creo que voy a hacer lo mismo contigo. Adiós. ----------
IX ---------
Al día siguiente fue a la “Comunidad”.
Se sentía culpable y no sabía a quien acudir. Allí se encontró con Ana, y
desahogó en ella su conversación con Lucía, tan textual como le permitía la
memoria. Ana le dio una razón al enfado de Lucía:
- Es la clásica amiga que te envidia; pero
que en vez de decirlo lo disimula e intenta destruirte poquito a poco,
aparentando que lo hace por tu bien. En realidad no te respeta, pero está
cercana a ti porque tiene miedo de llevarse mal contigo. A pesar de todo, puedes
sacar algo en claro: eres poderosa. Plántale
cara y conseguirás una confesión. No merece ser tu amiga.
Verónica se convenció de lo que decía
Ana. Es muy fácil hacerlo cuando te dan la razón y escuchas en sus palabras lo
que quieres oír. ----------
X ---------
Eso fue lo que pensó. Así que quiso
escuchar otra versión. Aquella mañana sólo estaba allí Alicia además de
Ana. Le contó lo mismo que a Ana, pero la respuesta fue bien distinta:
- Lucía lleva razón. Verás, a ellos les
interesas, pero hay ciertas cosas que debes saber antes. Aunque a lo mejor es ya
muy tarde. Cuando entras aquí, te cierran la puerta por fuera. Ya no puedes
salir.
- Tal vez tú no puedas, pero
yo sí.
- No, tú no saldrás tampoco. Empezaron su
trabajo desde que entraste por el portón la primera vez. Todo está preparado.
Una gran representación sin cobrar butaca. Truquitos de sociólogo y efectos
especiales para tirarte a la red. La charla, un montaje. Sabían que te dormirías,
sobre todo porque te dieron somníferos sin tú darte cuenta. Y entonces
manipularon tus sueños y tus actitudes.
- ¡Eres una paranoica!.
- Bueno, vale, no me creas. Quizá sea todo
una imaginación. Pero esto sí es verdad: mataron a mi hermano Abel porque quería
irse. Y tengo pruebas, pero no se pueden presentar a un tribunal.
- ¿Cómo que no?
-¡Como que no! No soy estúpida. Sabes,
quiero seguir viviendo.
- Si es verdad lo que dices, llegaré hasta
el final de esto.
- No lo harás. Tienen el decorado de la
comedia a la perfección. Y si pudieras hacerlo, saldrías sola al mundo. Su
especialidad no es destruirte a ti, sino destruir tu alrededor para que te
deprimas y sigas en esta jaula de grillos.
Verónica se fue confusa. Tenía que
preguntar a alguien más. Llegó Miguel y fue su salvación. Al parecer, Abel
murió en un accidente. Se rompió el andamio donde trabajaba. El
perito decretó
que el
andamio venció porque era demasiado antiguo. Por aquella época, Alicia sufrió
una depresión, donde decía que había sido un asesinato. Perdió la fe y,
aunque la recuperó, quizá ahora estuviera recayendo. Cuando tenía depresiones
siempre empezaba a proclamar estupideces. ----------
XI ---------
Volvió al apartamento y comenzó a escribir
el artículo. Como no se concentraba, intentó ordenar las ideas que hasta aquél
momento tenía. Por un lado, Lucía y Alicia. Por el otro, Ana y Miguel. Si lo
pensaba bien, podrían haberle investigado en los apuntes que se dejó. Los
revisó, y vio en la carpeta un pelo largo, rubio y rizado. Tenía que ser de
Ana. Y podrían haber llamado a Lucía y contarle calumnias. Y la mesa, cuando
fue por los apuntes, llena de comida, era una forma de hacerle quedarse. Pero lo
descartó. Había visto demasiadas películas. En realidad, nadie se toma tantas
molestias para que una periodista normalita hable bien de él. Vio la otra opinión.
Lucía no podía hacerle aquella faena. En realidad, lo que Alicia quería era
quitarle aquel beneficio. No sabía por qué, pero era lo que quería. Y no veía
que le estuvieran manipulando. Sólo le facilitaban aquel trabajo de chinos.
Así se llevó tres días. Pero algo le
sorprendió. Una mañana encontró debajo de un mueble un papel enrollado. Era
un fax, con tres fotos y un diseño de página de aficionado. Pero cómo hería.
¡Anselmo morreándose con una tía! ¿Quién sería ella? Necesitaba a alguien.
No llamaría a Lucía, ni a nadie de la redacción. Se pondrían de su parte.
Ana.
Le consoló. Por suerte, siempre tendría a
Ana para llorar. Era la única que realmente le comprendía. Terminó su lamento
con una conclusión: no necesitaba a aquellos hipócritas con ropa de marca, no
necesitaba sus críticas por la espalda ni su sonrisa forzada. Alicia la llamó.
Perecía muy apesadumbrada:
- Verónica, las fotos de Anselmo las hice
yo.
- ¿Qué? ¡Vete a tomar por culo!
- Escúchame. No te enfades. Eso es lo que
ellos quieren. Enfadándote conmigo les das la razón. Querían que rompieras
con Anselmo, pero que fuera por su culpa para amarrarte fuerte. Y se les ocurrió
eso. La de las fotos es Sofía. Me obligaron a hacerlas porque te advertí. Y,
¿no me dan la razón así, teniéndome miedo?
- Sí. Pero, ¿por qué me hacen todo esto?-
Verónica no sabía a qué mano quedarse.
- Por lo mismo que yo te cuento sus
mentiras. Eres alguien importante. Posees la palabra. La usas para manejar a la
gente. Incluso sin darte cuenta cuando eliges una información. No eres una
cualquiera. Les servirías para atraer más gente y sacarles un buen filón.-
Algo crujió. Miraron: Ana. Habló con prepotencia:
- Alicia, tu tiempo se está acabando. Has
elegido un mal momento para descubrirnos. Y tú, guionista de telegramas,
elegiste la persona equivocada para confiar. ¿Te sorprende? Bueno, es algo
chocante ver cómo tu “mejor amiga”- la ironía le llegó a Verónica hasta
el fondo- es quien dirige esta cruzada para enmarañar ese torpe cerebrito.- Se
acercó a una mesa y sacó del tercer cajón una pistola. La cargó con una
sonrisa y amenazó: - Alicia, te hemos aguantado muchas insolencias. Estamos
luchando por que te recuperes y no haces más que darnos puñaladas.- Le apuntó
a la cabeza.- Dulces sueños, angelito.
- ¡No!- Ana retiró la pistola antes de
saber que quien hablaba era Anselmo. Sin embargo, esperó- ¡Espera! Ana: te
quiero. Si disparas ese arma, te meterán de por vida en la cárcel. Déjame
hacerlo por ti. Si uno de los dos tiene que sufrir, quiero ser yo.- El odio se
dibujaba sobre el rostro de Verónica.- Dame
la pistola y yo acabaré con este asunto.- Ana, aturdida, dio la pistola
para que Anselmo cargara con el muerto. Pero él, cuando la tuvo, tiró a Ana al
suelo, dejándola inconsciente. Puso la pistola sobre la mesa y se acercó a Verónica.
Ella se zafó de él, gritando:
- ¡Déjame! ¡No quiero que me hables! ¡Eres
un puto conquistador! ¡Se complican un poco las cosas y te lías con la primera
que se cruza por tu camino!
- ¡Oye, lo he hecho para salvaros a las
dos!
- ¡Claro, y la pelirroja de ayer también
era para salvarme! ¡¿De qué me salvabas?!
- ¡Eso fue una trampa, ya te lo ha dicho
Alicia!
- ¿Y tú cómo lo sabes?- Con lágrimas en
las mejillas se abalanzó sobre la mesa y cogió la pis- tola.
Apuntó sobre Anselmo, que tumbó un escritorio para esconderse detrás. Un sólo
tiro. Alicia gritó. Un cuerpo al suelo. Anselmo se levantó y vio a Verónica
con la boca ensangrentada. Un solo testigo ocular y dos testigos presenciales,
aunque Ana no contaba. No aguantó. No pudo seguir luchando contra viento y
marea; contra todas las máscaras que usaba la gente; contra personas empeñadas
en aprovecharse de ella; contra prejuicios, rencores, miedos, sinrazones; contra
todo lo que hace malinterpretar las palabras y retorcer las intenciones. Anselmo
tampoco aguantó.
Alicia cogió la pistola, y dijo a Ana, que
estaba aún aturdida:
- Maldita zorra, te vas a enterar lo que es
amargarse la vida. Vendrán policías, pero yo no estuve aquí. Vas a dejar que
te acusen, o si no, te llevarán en otra camilla, también camino del tanatorio.
Y me voy a encargar de que salgas impune del juicio. Es mi momento de poner las
cosas en orden. Creías que siempre podrías mandar sobre Abraham, pero igual
que tú comenzaste a amenazarle con descubrirle, lo hago yo ahora. Vais a darme
el 75% del dinero que recibáis, y a partir de ahora se hace lo que yo diga. Y
si no, me encargaré de que este caso se reabra.
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