noviembre
2002
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relatos

Lucio Barneto
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Desde el acantilado se veían desparramadas olas cubiertas de espumas como sábanas arremolinadas bajo el verde prado en el que un día nos encontramos paseando. Llevabas un paraguas de color rojo que con tu paso se convertía en un extraño animal de la costa que lentamente se desplazaba por el camino rodeado de una fina y corta hierba empapada de gotas de agua ensortijada en los tallos, ahora de diamante, de la grama. El ensordecedor ruido de las gaviotas había desaparecido y sobre la arena de la playa distante, abajo, permanecían erguidas e inmóviles mirando el mar, esperando que cesaran aquellos interminables resuellos fríos y húmedos que les calaban el plumaje gris y blanco. Esperé unos minutos a que subieras las escaleras y cuando apareciste por la estrecha puerta te ofrecí una taza de té caliente de aromas exóticos que había comprado hacía dos semanas en el pueblo. Al soltar el paraguas las gotas desangraban un extraño dibujo de diminutas estrellas sobre el suelo recién encerado y el impermeable descubrió tu silueta envuelta en el jersey de cuello vuelto a rayas rojas y blancas. Sentada al otro lado de la mesa acercabas las manos al calefactor mientras sonaba en la radio una melancólica canción de los años sesenta. -
¿Qué tal la partida? -
Nunca debí pedirte que lo hicieras. Después de atravesar el paisaje con la mirada cayeron las nubes sobre los riscos y encendí las luces. A lo lejos, los focos intermitentes de las embarcaciones trazaban constelaciones caóticas y móviles. Despacio el cielo dejaba entre las nubes un reflejo paralelo y la noche hacía un fondo levemente rosado a las miradas entrecruzadas. Ya no sonaba la radio. Tu mirada se hacía más lejana y mis tribulaciones comenzaban de nuevo. Recordarás los días en que Elías hacía sonar su acordeón en aquel bar del puerto. Hasta la madrugada algunos vecinos se acercaban a escuchar al último marino. Desde entonces los sonidos de los barcos se parecían a las notas que regalaba en la taberna. Mientras todos miraban con una cierta melancolía los dedos sobre las teclas y recordaban ausentes las horas en el mar de los deseos. Ese mismo mar que oteo desde este faro todas las tardes, con dos tazas de té, buscando la embarcación en la que te fuiste para no volver jamás.
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