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"La
enseñanza de la máquina.- La
máquina constituye un ejemplo del engranaje de las multitudes humanas, en las
que los actos de cada individuo no cumplen más que una determinada función.
Representa el modelo de organización de los partidos y de la táctica militar
en caso de guerra, mientras que, por el contrario, no dice nada de la
soberanía del individuo. Convierte a la multitud en una gran máquina y a cada
individuo en un instrumento utilizable para un único fin. Su efecto más
general es mostrar la utilidad de la centralización." Nietzsche, F., El caminante y su sombra. PPP ediciones Grupo Editorial Marte, Madrid, 1988, 3ª ed., pág. 125, Trad. Luis Díaz Marín. |
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"El
día en que una estatua está terminada, su vida, en cierto sentido, empieza.
Se ha salvado la primera etapa que, mediante los cuidados del escultor, la ha
llevado desde el bloque hasta la forma humana; una segunda etapa en el
transcurso de los siglos, a través de alternativas de adoración, de amor, de
desprecio o de indiferencia, por grados sucesivos de erosión y desgaste, la
irá devolviendo poco a poco al estado de mineral informe al que la había
sustraído su escultor. No hace falta
decir que ya no nos queda ninguna estatua griega tal y como la conocieron sus
contemporáneos: apenas sí advertimos, por aquí y por allá, en la cabellera de
alguna Core o de algún Curos del siglo VI, unas huellas de color rojizo,
semejantes hoy a la más pálida alheña, que atestiguan su antigua cualidad de estatuas
policromadas, vivas con la vida intensa y casi terrorífica de maniquíes e
ídolos que, por añadidura, fueron también obras de arte. Estos duros objetos,
moldeados a imitación de las formas de la vida orgánica, han padecido a su
manera lo equivalente al cansancio, al envejecimiento, a la desgracia. Han
cambiado igual que el tiempo nos cambia a nosotros. Las sevicias de los
cristianos o de los bárbaros, las condiciones en que pasaron bajo tierra sus
siglos de abandono hasta el momento del descubrimiento que nos los devolvió,
las restauraciones buenas o torpes que sufrieron o de las que se
beneficiaron, la suciedad o la pátina auténticas o falsas, todo, hasta la
misma atmósfera de los museos en donde hoy yacen enterrados, contribuye a
marcar para siempre su cuerpo de metal o de piedra. Algunas de estas
modificaciones son sublimes. A la belleza tal y como la concibión un cerebro
humano, una época, una forma particular de sociedad, dichas modificaciones
añaden una belleza involuntaria, asociada a los avatares de la historia,
debida a los efectos de las causas naturales y del tiempo. Estatuas rotas,
sí, pero rotas de una manera tan acertada que de sus restos nace una obra
nueva, perfecta por su misma segmentación: un pié descalzo apoyado sobre una
baldosa, una mano pura, una rodilla doblada en la que reside toda la
velocidad de la carrera, un torso al que ningún rostro nos impide amar, un
seno o un sexo en el que reconocemos mejor que nunca la forma de flor o de
fruto, un perfil en el que sobrevive la belleza en una completa ausencia de
anécdota humana o divina, un busto de rasgos corroídos, a mitad de camino
entre el retrato y la calavera. Tal cuerpo comido por el tiempo recuerda a un
bloque de piedra desbastado por las olas; tal fragmento mutilado apenas difiere
del guijarro o de la piedrecilla pulida recogida en una playa del Egeo. El
perito, sin embargo, no lo duda: esa línea borrosa, esa curva que allí se
pierde y más allá se recupera, sólo puede provenir de una mano humana, y de
una mano griega que trabajó en tal lugar y en el curso de tal siglo. Todo el
hombre está ahí, su colaboración inteligente con el universo, su lucha contra
el mismo, la derrota final en que el espíritu y la materia que le sirve de
soporte perecen casi al mismo tiempo. Su intención se afirma hasta el final
en la ruina de las cosas."
YOURCENAR, Marguerite. El tiempo, gran escultor, Círculo de Lectores, Barcelona, 1990. Págs. 61-62. |