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RELATOS

 

 Minúsculo

 Perseguida

 

 

 

 

Título: Minúsculo

Autor: Benjamín Castillo

Fecha: Septiembre de 2000

Desde el sótano vacío la luz de la ventana era una senda espectral en el aire enrarecido. En el suelo alternadas las baldosas entre las enteras y aquellas otras que faltaban no supondrían ningún obstáculo infranqueable. El minúsculo paseaba su larga cola ajada entre las cajas de cartón que olisqueaba con un ansia peculiar y descorazonador. Nada que fuera útil para comenzar el día. Sólo un cepillo de dientes con las cerdas que resistieron dobladas hacia los bordes. El vacío no dejaba lugar para la intranquilidad. El destierro, un destino aparentemente ingrato no supuso lo peor en su ínfima vida. Todavía era posible la alegría, el llanto, los saludos al sol, sin embargo, todo había quedado tan lejos que el recuerdo era un privilegio de los días más lúcidos. Mientras, el buscar consumía las horas que el tedio y la desesperanza se encargaron de acortar en un compás sin fin, pendular, entre el ir y el venir.

No hizo falta el forcejeo, la puerta se abrió con un crujir de las bisagras.

 

 

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Título: Perseguida

Autor: Antonio Villar

Fecha: Primaveras de 1998 y 1999

Fin: 15-V-1999

 

Estaba sucediendo una vez más: yo corría, corría, corría sin poder quedarme exhausta. Intentaba huir por un pasillo interminable, un pasillo que conocía de memoria, pues se repetía en uno y otro de mis intentos de escapatoria. Pero él seguía y seguía persiguiéndome; y por cada paso que daba estaba un poco más cerca. Llevábamos ya al menos diez minutos así, diez minutos que parecían una eternidad. Y por cada minuto que pasaba, la palidez de mi cara hacía más notable el pánico que me invadía. Pánico que quisiera controlar para que no hiciera temblar mis piernas. Temblor que me impedía correr más deprisa. Me está alcanzando, puedo sentir su aliento sobre mi nuca. Otro paso, ya consigo notar su instinto asesino. No sé quién es, no puedo perder ni un instante en mirar atrás, no sé cómo quiere matarme, sólo sé que si me alcanza estoy perdida. Un escalofrío invade mi espalda, quizá sea un cuchillo suyo que me roza por detrás, no lo sé. Noto algo frío en mi cuello, tal vez sea un sedal. Pero no, es una gota de sudor. Llegué al final del pasillo, aunque no al de mi pesadilla. Continuamos ahora por unas escaleras. Debo tener más cuidado, casi me tropiezo; pero debo también ir más rápido. Resuenan en mi mente con la velocidad de un relámpago los números que una y otra vez cuentan los escalones. Escalones infernales que unidos en la escalera de caracol forman un paso más hacia mi salvación. Sin embargo, esta salvación nunca llegará porque sé que después de las escaleras viene un jardín, y que en el jardín me atrapará, pues se ha repetido mil veces.

¡No! Me he caído, me va a alcanzar. Me sujeto a la baranda. Pero ya he escuchado el ¡corten! De mi director. Esta toma no ha valido. Continuaremos mañana. Sé mi papel, o al menos la parte que mi director me deja saber, de memoria desde el primer día. Mi técnica consiste en repetir el diálogo para mis adentros una y otra vez hasta la saciedad.

Abro la puerta de madera que permite que entre en mi jardín. Ahora abro dos puertas: una de cristal hacia fuera y otra normal hacia dentro, para esta última necesito la llave. El sueldo que gano como actriz me da la suficiente tranquilidad para tener una casa grande. Me acerco a la cocina, abro el frigorífico, cojo un cartón de leche, bebo un trago. Algo me ha sentado mal en el almuerzo. Voy a tomarme un baño tranquilo y después me acostaré. Estoy exhausta, mi cuerpo no da más de sí, llevamos una semana y no hemos conseguido nada. Una semana repitiendo la misma escena. Ahora pongo el calentador al mínimo, subo la escalera que, dando vueltas, me conduce al piso de arriba, abro la puerta del baño, dejo la bañera llenándose, me dirijo a mi habitación, cojo la ropa interior y el pijama. Vuelvo al cuarto de baño y enciendo el jacuzzi. Me quito el chaleco y desabrocho uno a uno los botones de mi camisa. No voy a cerrar la puerta, porque no me enteraría de nada si pasa algo en el piso de abajo. Termino de desnudarme e introduzco mi pie derecho en el jacuzzi: creo que he puesto demasiado caliente el agua, retiro el pie. Lo voy a meter de nuevo, ahora lentamente para irme acostumbrando. Luego mojo poco a poco el pie izquierdo. Ahora me sumerjo entera. Las burbujas de aire, cuando susurran en mi espalda, me recuerdan al sudor frío que recorre mi cuerpo durante la persecución de la película. Y el roce de mi melena sobre el cuello me impide echar en el olvido que alguien a quien no conozco me asesina brutalmente, aunque sólo sea por las exigencias del guión.

Comienzo a enjabonarme, y un temblor me hace ver que mi cuerpo es débil. A pesar del cristal traslúcido de la ventana, me siento observada. Hay una luz amarillo opaco en la casa de enfrente. Ahora se ha apagado. Ya estoy más tranquila. Cierro el grifo y me hundo en el agua. De nuevo me incorporo y cojo la toalla. Primero me seco el pelo un poco, a continuación la espalda, luego los pechos y, por último, las piernas. Cojo el sujetador y me lo pongo, algo incómodo el broche detrás, pero es el único que tenía limpio.

Vaya, se me han olvidado las braguitas. Suelto la toalla en el bombo. Atravieso el pasillo que me conduce al dormitorio, las busco en el armario pero no encuentro ningunas. Bueno, mañana lavaré unas. Me pongo el camisón, destapo la colcha y me meto en la cama. Tengo sueño, mucho sueño.

¡No! Siento que alguien ha entrado por una ventana, creo que por la de la habitación donde suelo hacer los puzzles. No sé si debería levantarme a mirar o dejar que roben lo que quieran. Quizá sea el mismo que estuvo espiándome mientras me bañaba. Creo que voy a levantarme.

Salgo de mi habitación, y cuando me dirijo hacia el estudio, veo salir del distribuidor una sombra, que empieza a acercarse a mí, ha llegado el momento de aplicar aquello de "No pienses, actúa". Sin fijarme en quién puede ser o quién puede dejar de ser, comienzo a correr. El pasillo que antes recorría en un momento, ahora me parece infinito, como si fuera una banda de Moebius. Un paso, mi suplicio está más cerca. Una zancada, estoy llegando al castigo eterno. Un respingo, daría mi alma a quien fuera capaz de concederme un instante de descanso sin que por ello me alcanzara. Continúo corriendo por el pasillo, me ha parecido volver a ver de nuevo el mismo cuadro de Escher que tengo colgado a la izquierda del dormitorio. Por fin, a lo lejos, veo un hueco que parece ser la escalera. Doy un último impulso, pero cuando ya sólo me quedan un par de pasos, descubro que no era tal hueco, sino el baño sin luz, lo que concluía el pasillo. Giro 90º a la derecha, otro pasillo, éste no tiene nada. Sigo sin poder aumentar la velocidad, lo más veloz que mis débiles pies me permiten. Vuelvo a girar a la derecha, y prosigo mi agonía por un angosto corredor. Se hace interminable, como si se perdiera en la profundidad, sin poder ver el último tramo por la oscuridad absorbente. Continúo moribunda por el largo trayecto que me llevará a la salvación. Estoy llegando al final del pasillo que la sombría atmósfera me impedía ver antes. Estoy perdida, el final del pasillo es una pared, ya desconchada por el tiempo, aquí va a ser donde me atrape. De repente, veo un recodo a la derecha que la ansiedad me había ocultado antes. Lo tomo como si fuera un pase al paraíso, aún sabiendo que de nuevo me conduce al pasillo del dormitorio. Misteriosamente, lo que antes era el baño, ahora sí es realmente la escalera. Todavía me queda un aliento, un último sprint y ya estoy bajando. Miro abajo con todo el cuidado que la velocidad me permite para no tropezarme. Doy vueltas siguiendo el recorrido de la escalera, y parece como si cada vez que doy un paso, la cantidad de escalones que tantas veces he contado por aburrimiento se duplicase. Termino de bajar la escalera entre lágrimas de impotencia y gotas de sudor. Paso ahora a la cocina, esquivando como puedo las sillas y la mesa. Menos mal que se me olvidó cerrar la cristalera que daba al jardín, porque si no no podría salir. Ya estoy llegando, pero sin embargo algo me dice que no voy a escapar. Cierto, la puerta corredera empieza a cerrarse sola, como si fuera la de un aeropuerto, a la vez que me acerco. Estoy perdida, ni siquiera puedo intentar romperla, porque es de un material especial. Cierro los ojos para no sufrir, pero la curiosidad me consume. Cuando intuyo que el cuchillo se acerca, abro los ojos para conocer a mi asesino. Y lo único que veo es un matiz de claridad en el techo. Las farolas aún se reflejaban en la lámpara del dormitorio como siempre lo habían hecho. Y yo aún estaba viva. Me asomo a la ventana para despejarme. Aunque sólo fuera un sueño, la huida me había agotado. La brisa marina me refrescaría y tranquilizaría. No volvería a dormir esta noche. De pronto, una de las luces de la calle se apagó. El mundo que me rodeaba se había vuelto distinto en un momento. Pero ya puedo respirar tranquila. Enciendo un cigarro a la luz de la luna. Cierro los ojos y me calmo. Estoy aliviada. Siento algo clavarse entre mis costillas. Punzante y mortal, me agota el alma. Precipitado, me arroja por la ventana. El viento anuncia mi final gritándome al oído. Salpico de sangre y agua toda la piscina. Me rompo contra el suelo y comienzo a flotar. Buenas noches.

 

 

 

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