octubre 2002
portada

fragmentos

Esquilo, Las Orestíadas. Dos textos de la misma obra. En el primero el Guardián que espera la llegada de su señor, el rey Agamenón, de la guerra de Troya. El segundo el discurso de Clitemnestra, su esposa, que urdió el plan de su asesinato y expresa ante los ancianos la confirmación de su crimen. La intensidad está en las palabras como reflejadas directamente del corazón. Así se construye la tragedia de Esquilo.

"Guardián. A los dioses solicito el fin de esta tarea, la vigilancia de un largo año en que tumbado, a manera de perro, en lo alto del palacio de los Atridas, he llegado a conocer la asamblea de los astros nocturnos y los que traen a los hombres el invierno y el verano, poderosos luminares que brillan en el éter, con sus ocasos y sus salidas. Y ahora espero la señal de la antorcha, el resplandor del fuego que nos traiga desde Troya la noticia de su conquista: así lo manda un corazón esperanzado de mujer de varonil propósito. Pero, cuando tengo el lecho húmedo de rocío que me inquieta durante la noche, sin visita de sueños -pues el miedo, en vez de sueño, me acompaña y no me deja cerrar sólidamente los párpados de sueño- cuando, digo, quiero cantar o silbar y conseguir así con el canto un remedio contra el sueño, entonces lloro lamentando la desgracia de esta casa, no redirigida sabiamente como en el pasado. ¡Ojalá venga ahora una feliz liberación de estos trabajos, apareciendo en la noche alegre mensaje de fuego![...]"

"Clitemnestra. No me avergonzaré de decir lo contrario de muchas cosas dichas antes oportunamente. Pues, ¿cómo el que prepara acciones enemigas contra sus enemigos que fingen ser amigos, podría tender los hilos de la perdición a mayor altura que su salto? Este encuentro no he dejado de meditarlo hace tiempo: la lucha del desquite ha venido a la postre y estoy donde he herido, sobre la obra realizada. La realicé de manera -y no lo negaré- que no pudiera huir ni evitar su muerte. En torno suyo extiendo una red sin escape, como la de los peces, una tela de fatal riqueza. Le hiero dos veces, y con dos gemidos se debilitan sus miembros; caído ya, le doy un tercer golpe, ofrenda votiva al Hades subterráneo, salvador de los muertos. Así, cayendo, exhala su alma, y lanzando con su aliento un vómito impetuoso de sangre, me alcanza con las negras gotas de sangriento rocío, alegrándome no menos que la lluvia de Zeus alegra a los sembrados en la maternidad germinal del grano."

Esquilo: Tragedias. (siglo V a.C.), Trad. Felipe Peyró Carrió, Ed. Edicomunicación S.A., Barcelona, 1999, págs. 125,157.

 

Puedes hacer comentarios en Foro Artegnos

 VOLVER A INICIO DE PÁGINA