septiembre 2002 
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crónicas

"La revisión de la Historia y los restos de Cristóbal Colón"

 

Por Mercedes Villar Liñán

 

"Donde hay un hombre hay historia".

Hegel.

 

El 18 de septiembre han sido exhumados en Sevilla los restos mortales pertenecientes a Diego Colón, hermano menor del almirante Cristóbal Colón. El historiador Marcial Castro, junto al profesor de biología Sergio Algarrada y al director del Laboratorio de Identificación Genética de la Universidad de Granada, profesor José Antonio Lorente, presentaron a la prensa un proyecto para analizar el ADN de los restos óseos pertenecientes a Diego Colón. Tales pruebas permitirán establecer el lugar de enterramiento de Cristóbal Colón, disputado actualmente por las ciudades de Santo Domingo, Sevilla, La Habana y Valladolid. 

Los trabajos, de gran dificultad pues deben determinar el ADN de huesos de más de 500 años, consistirán en los análisis de los restos de Diego Colón, para posteriormente hacer las pruebas a los de la Catedral de Sevilla, y se espera la autorización para comprobar los de el Faro de Colón de Santo Domingo. La última comparación se realizará con los restos de Hernando Colón, hijo del almirante, cuya tumba en la Catedral de Sevilla se encuentra intacta. Con los análisis se espera determinar si Cristóbal y Diego son hermanos de padre y madre o sólo de uno de ellos, así como si Cristóbal era hijo bastardo del príncipe Carlos de Viana, según la hipótesis de Marcial Castro. También podrá establecerse el lugar exacto del enterramiento colombino, tema que ha sido ampliamente tratado por la historiografía y sobre el que versan numerosas hipótesis y contradicciones. 

No hay duda de la veracidad de los restos de Diego, al contrario de lo que ocurre con los de Cristóbal. La exhumación se realizó en un acto público en los jardines de La Cartuja, ante la prensa, representantes de las autoridades y contó con la presencia de Anunciada Colón, descendiente del descubridor. La noticia ha sido difundida a nivel internacional. Se desenterró y abrió una caja de zinc que contenía una escápula, varias costillas y otros huesos. Diego Colón falleció en 1515 y fue enterrado en una capilla del monasterio de La Cartuja de Sevilla, donde fueron descubiertos en 1930. Desde entonces los restos han sido  custodiados por la fábrica de Cerámica Cartuja-Pickman, sita en dicho lugar, entidad que los ha puesto al servicio de los investigadores. 

 

Las nuevas tecnologías, los avances científicos, parece que podrán saldar las viejas polémicas históricas sobre el verdadero origen de Cristóbal Colón, y sobre su enterramiento. ¿Pueden aportar estos nuevos estudios elementos para reinterpretar la historia? Un protagonista, un hecho determinante, la simbólica fecha de 1492, tomada por la historiografía como punto de arranque de la modernidad europea, fecha que inicia una dramática novedad para los pueblos americanos. Conquista, explotación, destrucción, impulsadas por los nacientes estados europeos y el papado como un elemento más de su poder. Fecha con la que comienza, no obstante, un proceso de historia común, de aculturación, de unificación.

  Uno de los personajes cruciales de la historia de Europa y América, y por ello de la historia universal, no cuenta con un nacimiento conocido, y sus restos se hallan desperdigados por diversos países, confundidos con los de sus familiares y descendientes. Portugal, Génova y España reclaman su procedencia; Cuba, España y República Dominicana su enterramiento; diversas reliquias fueron además donadas a Génova, el Vaticano y Pavía. Su vida, por ende, estuvo marcada por la controversia sobre la llegada a la India, Cipango y Catay, o al Nuevo Mundo y los pleitos que de ello se derivaron, pues las Capitulaciones de Santa Fe se firmaron para alcanzar la India, y la posibilidad de que las tierras descubiertas por Colón no lo fueran negaba los derechos de gobierno y explotación en ella establecidos. En las últimas décadas numerosos historiadores hablan de un posible pre-descubrimiento de América por marinos onubenses que hablaron a Colón sobre un mundo desconocido más allá de las Canarias, hecho que invitaría a los Reyes Católicos a exigir la división del Atlántico por un meridiano a 370 leguas al oeste de Cabo Verde en el Tratado de Tordesillas, frente a los portugueses que pedían la modificación de las donaciones papales trazando una línea en el sentido de los paralelos. Los castellanos se empeñaron en buscar "Canarias ganadas e por ganar" mientras los lusos forjaron un imperio comercial amplio siguiendo la ruta "de Cabo Verde contra Guinea". Y recientemente, para engrosar la polémica en torno a la verosimilitud del descubrimiento de América, la historiadora Luisa Isabel Alvarez de Toledo, duquesa de Medina Sidonia, ha publicado un estudio documental (Africa versus América, la fuerza del  paradigma, Almodóvar del Río, 2000) donde explica que existieron relaciones comerciales naturales entre las dos orillas del Océano desde el año 1200. Según esta autora, han sido los historiadores al servicio de los estados y sus intereses imperiales y de explotación quienes han contribuido a la construcción de una historia oficial, aceptada y difundida, que ha dado a Europa y al catolicismo el poder del triunfo sobre el resto de los continentes.   

En vida del almirante se puso en duda igualmente el buen gobierno que desempeñó en las islas, y Colón llega a su muerte después de caer en desgracia ante la corona. Abundantísima historiografía ha tratado este tema, en ambos continentes. La discusión sobre la figura en la historia de Cristóbal Colón aumenta si analizamos la realidad de los descubrimientos, conquista y colonización de aquel Nuevo Mundo que el Viejo pretendió hacer suyo. Los Justos Títulos de Conquista, el Derecho del Indio a recibir la Evangelización, el Derecho de la Corona castellana a explotar aquellos territorios que había descubierto, fueron problemas que intentaron resolverse en las Universidades de Salamanca, de Alcalá, en las Cortes de Castilla, y en la misma Roma. Toda Europa se contaminó de la fiebre exploradora: búsqueda de metales, de nuevas rutas comerciales, de materias primas y de mano de obra rentable, nuevas tierras donde poder asentar una población que en el viejo continente no hallaba su lugar; los más idealistas, quisieron llevar lo mejor de su pensamiento y su acción, mirando el continente con vistas de utopía, de Verapaz, de un verdadero mundo mejor iluminado por la bondad divina. El progresivo conocimiento de América fue revolucionando al viejo mundo, al tiempo que lo hizo evolucionar. 

 

Ante la noticia de los nuevos estudios de los huesos colombinos nos preguntamos qué importancia tiene el origen y el enterramiento en el imaginario colectivo, pues más que de historia, de interpretación, las discusiones generadas a lo largo de los siglos sobre la figura de Colón nos hablan de un cierto fetichismo, del culto a ciertos símbolos que pueden representar poder, modernidad, prepotencia, dominio, orgullo, rivalidad. Si consideramos a Colón como protagonista de un hecho relevante, no siempre ha estado bien visto. Podemos recordar que la celebración en 1992 del V Centenario reavivó la polémica sobre la justicia de la conquista de América, lo inapropiado del término descubrimiento y del tratamiento que este proceso de enorme trascendencia para la historia universal había tenido en los libros de texto. Mientras se erigía un monumento al descubridor en la Isla de La Cartuja se celebraban manifestaciones contra la conmemoración del inicio de la explotación indígena y la era de la esclavitud africana. Ambos actos tuvieron seguidores internacionales. Ambos fueron muestras de dos caras de la historia, dos lecturas enfrentadas. Una más pomposa; otra, más ética.  

El periplo seguido por los restos de Colón ilustra cómo los poderes fácticos pueden apropiarse a modo de bandera, tal garantía de validez como poder a lo largo de la historia, de lo que no son más que patrimonio de la humanidad, restos de personajes que de un modo significativo han contribuido a la historia universal. Cristóbal Colón falleció en Valladolid el 20 de mayo de 1506, ciudad en la que fue enterrado. Tres años después fue trasladado al Monasterio de  Santa María de Las Cuevas de la orden cartuja en Sevilla. En 1536 se permite a María de Rojas y Toledo, viuda de Diego Colón, trasladar los restos de su esposo y los del padre de éste a Santo Domingo, en la isla de La Española, como pareció lógico a la corona. En la Catedral de dicha ciudad fueron enterrados posteriormente los restos de su hermano Bartolomé, así como los de sus nietos Luis y Cristóbal II. Desde un principio no quedó claro en qué lugar exacto de la catedral se depositaba el féretro de Cristóbal, hecho que dio lugar a las posteriores confusiones. En 1795, con la cesión de la parte oriental de La Española a Francia, a la corona no le pareció apropiado que Colón continuara reposando allí y ordenó el traslado a la isla de Cuba. La ceremonia de exhumación fue presidida por el gobernador, quien supervisó el embarque. Las reliquias se depositaron en la Catedral de La Habana. Fue en 1877 cuando se puso en duda la veracidad de estos restos, pues unos obreros que trabajaban en la Catedral de Santo Domingo encontraron una cámara mortuoria debajo de la fosa, la cual contenía un ataud con una inscripción relativa al almirante don Cristóbal Colón. Quizás los restos trasladados a La Habana pertenecieron a Diego Colón (hijo), o a Bartolomé (hermano) o incluso a los nietos Luis y Cristobal II. La disputa por los restos colombinos comenzó, si bien la Academia de la Historia de Madrid constató como auténticos los que se hallaban en Cuba. Con la independencia de la isla, en 1898, los restos se trasladaron a Sevilla, en cuya catedral se exhiben en un monumental catafalco, muy del gusto de la época, donde cuatro pajes adornados con los escudos de los reinos que entonces formaban la corona española portan el ataud. Tales restos serán los que ahora vuelvan a estudiarse. Una vez aclarado el lugar de nacimiento de Colón, su filiación, y el verdadero lugar donde reposa conoceremos más detalles de su biografía que quizás nos ayuden a esclarecer la verdadera naturaleza de las relaciones entre el almirante, los monarcas españoles y los personajes de la corte que impulsaron la empresa colombina. Puede ser un hito en la historiografía, que quizás pueda ayudarnos a comprender la parte humana, subjetiva, primigenia, que reside en la apropiación de una "figura" por un colectivo, como antepasado ilustre, glorioso de un pasado que imaginariamente se representa como mejor. ¿Denigraremos a Colón cuando sepamos su origen? ¿Lo ensalzaremos si somos los afortunados de custodiar sus verdaderos huesos? Corren tiempos en los que, para muchos, el nacimiento en un determinado lugar puede llegar a tener más valor que el propio de ser persona. Cuidado no vayan a decirnos estos restos algo que no nos guste, algo que descuadre nuestra construcción del pasado. 

 

A menudo la historia oficial difunde una versión cómoda, justificativa de los procesos que pueden ser criticados, reinterpretados, a los que con frecuencia se suma la vox populi, creando entre ambas mixturas tragicómicas como esta del triple e incierto enterramiento. En la búsqueda de la verdad el auténtico historiador puede encontrarse muy solo, y ser, además, un personaje muy molesto.

  

     Mercedes Villar Liñán.

                                           

 


 

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