septiembre
2002
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relatos

Mercedes Villar
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Remaba, remaba con todas sus fuerzas, incrustando palazos en el agua. Golpeaba furioso la corriente amiga y compañera de tantas tardes. La vía apacible y ondulada, donde aprendió a convivir con la lluvia, el picor del sol y las horas muertas. Agitaba con brusquedad la falda brillante de su aliada, que ahora se revelaba contra él. Llevaba unos diez minutos. Seguro que conseguía alcanzar el embarcadero, sólo quedaba el último kilómetro. Lo conocía de sobra. El más sombreado; los pasajeros slían pedirle que se acercara a la orilla y estuviesen un rato meciéndose al amor de la corriente. Pero ahora, ¡Tenía que llegar el primero!. Había esperado mucho tiempo el momento en que aquello ocurriría. Y sería inevitable. Se había retado y no podía renunciar. Mientras cortaba el camino diario, iba pensando en su primera barca sin motor. Los viajeros se subían con mucho trabajo. Desde popa había contemplado por unos segundos el tobillo más bello que podía existir. Y también el resplandor cómplice de los atardeceres acompañando al cansancio del fin de la jornada. Su segunda barca era mucho más amplia, y a veces llevaba excursiones del colegio hasta la playita. Un eco infantil le repetía corre, corre, corre!!! Y él, inconsciente, aligeraba ahora, pensando ganar la batalla. Un año habían tardado en construir la vía. Día a día, había ido comprobando cómo se extendía, irremediable, paralela a su río. El primer tramo, el segundo, los travesaños, las chinas.... Ya se perdía en el horizonte, junto al embarcadero; y su pena extendida llegaba más allá, mucho más larga que el camino que unía los dos pueblos y que conocía, como los demás remeros, palmo a palmo, ola a ola. En el recodo que hacía el caudal con el monte, allí donde esperaba ser sorprendido cada día por las mismas ramas colgantes y los niños coge-ranas, estaba el vértice de los dos railes. Salían del mismo punto y se abrían como una horquilla queriendo abarcar todo el reposo final de la loma. La loma tan suave, blanda, inclinada siempre a beber y refrescarse en el río se había endurecido; la habían encorsetado con aquellos hierros brillantes. Cuando se oxidaran perderían todo el encanto. Al menos así, bruñidos y limpios, le servían como señal cuando deslumbraba con destellos -chispas, estrellas a medio día avisándole del giro de la ribera. Un año había pasado; hoy se inauguraba la línea. No sabía si volvería a ver a los peones y oficiales, ya amigos de trabajo. Se había prometido ser el primero en dar la noticia en el pueblo. Sería el primero en ver la máquina. Apareció de pronto, cuando ya había empezado a remar previsoramente. Aligeraba, sabía que podía ganarle. Pero nunca había imaginado la sensación que podía acometerle al ver el aparato. Lo conocía de sobra en las estaciones, parado, bramando como un toro. Pero verlo de pronto surgir, de la bruma y la luz de copa que la mañana tenía, parecía un espejismo. Avanzaba, devorando su horizonte, veloz, era como un monstruo que se agigantaba a cada palmo, menos aún que a cada minuto; crecía como la habichuela gigante del cuento, sin parar, se avalanzaba hacia su barca empequeñecida. No tenía límite: más y más rápido el crecimiento, más y más pequeño esl espacio recorrido. No iba a amedrentarse por el monstruo. Por fin llegó al embarcadero, bajó de su barca y no se detuvo en amarrarla -con lo que disfrutaba atando los cabos a las estacas, como si dejase a su novia en casa al anochecer, seguro de que nada la estropearía- Corría cuanto le permitían las rodillas entumecidas por la postura en su casacrón de río. Costaba avanzar. La tierra no quería deslizarse bajo sus botas de goma. Se agarraba, le apresaba como un cangrejo. Iba quedándose atrás mientras el tren tragaba camino. Sufría. Tomaría el atajo. Sufría y lloraba mientras pensaba en su barca en el museo de la capital, con una nota al pie de la vitrina: "Última barquilla usada para el transporte de pasajeros por el río antes de la inauguración de la esperada vía ferroviaria" Al fin llegó a casa, jadeando, a punto de asfixiarse. Todo el camino había repetido la frase que diría a sus hijos al abrir la puerta. "Ya podemos buscar otro río. El tren nos lo ha robado. Los viajeros querrán llegar en un cuarto de hora y nuestro bote se pudrirá sin soltar amarras". Ansioso, atravesó el patio delantero y antes de llegar a la puerta salió un tropel de niños que se le avalanzaba, gritándole, noveleros, lo que él no quería escuchar: -¡Papá hemos visto llegar el tren al apeadero nuevo! ¡pita muy fuerte! ¡Mañana nos montamos! Y buscando entre el ruido de las voces la mirada de su mujer, sintió cómo los adelantos le habían arrebatado el tiempo.
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