RELATOS
Título: EL LABERINTO EN CRISIS
Autor: Antonio Villar
Fecha: Agostode 2000
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-¿Puede alguien explicarme qué pasa?
Parece que no. El silencio es la única respuesta que recibo. Aparecí en medio de la nada después de salir de mi trabajo. Entre toda la oscuridad consigo distinguir seis luces allá donde se pierden las coordenadas. Se van acercando y a cada instante son mayores. Ahora las identifico. A mi izquierda, aquellos cuadros abstractos que nunca comprendí, pero que mi querida esposa se empeñó en colgar de la pared. Enfrente, la barra americana tan de moda cuando compramos el piso pero tan incómoda ahora que solemos invitar gente. A mi derecha, la puerta corredera que da al distribuidor y la escalera. Detrás mía, supongo, una pared vacía. Bajo mis pies, el suelo se acerca. Tiene un resplandor similar al de las paredes, aunque ninguna tiene una sóla bombilla. El suelo, cuando se una a las paredes, las amueblará: sillones, mesas, estanterías, todo lo que tiene patas viene con él. Como una lápida viene el techo, y las lámparas que cuelgan lo iluminan.
De repente, un fogonazo. Idéntico al de las antiguas cámaras de fotos. Todo el salón se ha formado ya, y yo estoy en un sillón. Las paredes han chocado y me siento encarcelado en mi propio comedor. Del calendario caen las hojas silenciosamente: 8 de abril, 8 de abril, ¿8 de abril?, ¿¿8 de abril??, ¡¿8 de abril?!, ¡¡8 DE ABRIL!!. Las páginas del diario pasan rápidas, movidas por una ráfaga imperceptible: sucesos, sucesos, sucesos, esquelas, esquelas, sucesos, esquelas.
Creo que me mojo. Me levanto y miro el cojín. Se derrite y el sillón se convierte en un amasijo tapizado y viscoso. Intento poner recto aquel cuadro que preside la pared. Al tocarlo, me mancho de pintura. El retrato que me regalaron comienza a gotear. Mi cara se desvanece del lienzo. Casi me caigo cuando iba a apoyarme en el sillón. Doy vueltas. Las paredes se funden y chorrean los muebles. Me parece ver un rostro en la pastosa mezcla de colores, pero se deshace al mirarlo. Ya no puedo distinguir lo que eran libros del televisor ni de los jarrones. Parece que aquel engrudo enorme toma un color oscuro, y se aglutina en determinados lugares. Se eleva sobre sí mismo.
-¿Puede alquien explicarme qué pasa?
Lo que antes era una mesita ahora es un escudo de armas. Estoy en una mezcla de caballerizas, calabozo y dormitorio para los siervos del castillo. Apenas hay una mesa raída, un montón de paja con moscas, un camastro duro y mugriento y un taburete incómodo. En la pared (una sola, circular) se escondían un par de ventanucos hasta que los delaté. De un salto me coloco en la mesa y escalo apoyándome en los huecos que hay entre los bloques de piedra. Afuera parece celebrarse un torneo. Las gentes gritan de furia y expectación. Bajo por una chirriante escalinata. Calderas y ollas hasta el borde de un caldo rojizo y burbujeante. Cuatro o cinco personas andan de aquí para allá, cortando hortalizas y cociendo carnes. Un par de fortachones van descargando grandes barriles de cerveza. Nadie parece verme, así que salgo al patio. Gentío alborozado. Damas con enaguas y trajes coloridos danzan con caballeros vestidos casi de guerreros. Atravieso todo el baile sin que me miren extrañados. No les parecerá muy raro un hombre con chaqueta y corbata en pleno medievo. Cruzo el puente levadizo. Alguien lanza un grito. Me arrepiento de haberme parado. Me llevan cogido de los brazos dos soldados. Supongo que es el señor feudal quien me condena a la decapitación. Toques de corneta y redoble de tambores acompañan la llegada del verdugo (y del vértigo). Cuando el hacha comienza su trabajo, otro fogonazo.
-¿Puede alguien explicarme qué pasa?
Es igual, estoy vivo. Un prado abarca la inmensidad de mi corta vista. Crecen vertiginosos arbustos y setos. Comienzo a andar mientras se forman recodos y giros bruscos. A la izquierda, otra vez a la izquierda, a la derecha, a la izquierda. No hay salida, vuelta atrás. De frente, izquierda, derecha, otra vez, de frente. Vuelta atrás. Parece que las plantas están más brillantes. Me detengo a mirarles. Creo verme en ellas. Sacudo mi imaginación. Derecha, derecha, izquierda, derecha, izquierda. Realmente me reflejo en la vegetación. ¿O ya no lo es?. Ha perdido su fría y ruidosa textura, su verde olor, su color penetrable. Su brillo, acaso por el rocío, no lo ha perdido. Me repito infinitamente en ella, o en lo que sea. Ahora va a ser más difícil salir de aquí, pues este juego de espejos móviles absorbe y elimina toda profundidad. Tal vez ahora, lesionándome contra todas estas falsas realidades, que enmarañan mi camino, consiga salir. Me ahorro el cuarto golpe inútil. Seguiré caminando. Si al menos mis huellas se marcaran contra el suelo (¿o es el cielo?). Un nuevo fogonazo que se va expandiendo por las paredes, las cuales dejan de retratarme para repetir una y otra vez a un coche chocándose contra un árbol.
-¿Puede alguien explicarme qué pasa?
Creo que no va a hacer falta. Empiezo a encajarlo (a admitirlo) todo. Después de dos años largos, alguien o algo me fuerza a reconocerlo. Quizá debí comprar el doble airbag. ¡Quizá no debió ponerme los cuernos!. Quizá no debimos ir al teatro en escenario natural aquel 8 de abril. ¡Quizá tendría que haberme dado menos explicaciones de vuelta a casa!. Quizá estaba obligado a ser más paciente. ¡Quizá no debió confundirme de salida! Quizá no fue buena idea desabrocharle el cinturón de seguridad con tanto mimo. ¡Quizá no debió disimularlo y después arrepentirse!. En definitiva, quizá no debí matarla. Todo el laberinto de conciencia ha caído en una profunda crisis y desaparece. Y vuelvo a caminar tranquilo por el asfalto apenas iluminado. Hacia esa casa, tan sola como antes de casarnos. |
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